Bicipapaya

Bicipapaya

Por Julián Reyna


Para Andrés, a quien le tocó sufrir esta historia más de una vez

Ese día salimos a montar temprano. El sol apenas era un recuerdo que se extendía perezoso tras los cerros y el frío se me metía por todos lados en el trayecto al apartamento del Flaco. Antes del amanecer llegué a la cincuenta y uno con trece: desde la bici (mientras te vas acercando ves un edificio robusto con ventanales amplios, antes blanco pero ahora de un gris cenizo por la polución) frente a este, una iglesia inmensa rematada con pináculos y gárgolas que reposan en la parte alta; vistas desde el piso del Flaco y casi a la misma altura, me recordaban a las monjas el día en que amanecimos tomando y desde la ventana el Flaco les gritaba “¡Batman!”, las monjas giraban sorprendidas sin saber exactamente de dónde venía la voz “¡Sálvame, Batman!” ahora miraban en nuestra dirección, el Flaco reía y las saludaba con el movimiento de su mano. Mientras yo me escondía, las gárgolas reían o gruñían misteriosas en sus pedestales.

Con el Flaco a mi costado nos dirigimos hacia el Parque del Virrey. El frío se quedaba aletargado por el sol que ya despuntaba, sumado al pedaleo constante que calentaba el cuerpo. El clima auguraba una salida de-li-cio-sa.
En el Virrey nos esperaban los de la “Escuelita de Patios” que escalaban todos los días la montaña como si esto fuera una obligación o parte de un ritual. Me sentía nervioso porque era mi primer intento y la leyenda rezaba que era verraco llegar hasta el peaje, lo que para los entendidos se consideraba el punto final del recorrido. El Flaco me decía que fresco, que apenas eran 7 kilómetros y los “patacones” eran los únicos que se quedaban colgados, lo que me ponía más nervioso porque no quería ser un patacón.

Después de los saludos y presentaciones salimos en pelotón hacia la séptima con ochenta y cuatro; me sentía rodando en una unidad de escalada de alguna milicia urbana, todos, al unísono haciendo girar las bielas y moviéndonos en formación de avanzada hacia el objetivo: llegar a Patios en menos de una hora para que no me tildarán de patacón y poder regresar a casa con la frente en alto. A la vanguardia iban unos tipos estrenando pinta, bicis carísimas y trajecitos de ciclista, se debían creer Lucho Herrera o Fabio Parra, hasta el Cochise Rodríguez iba despuntando el pelotón (pero yo no digo nada porque subiendo montaña me siento como Nairo Quintana y el Flaco se jura Rigoberto Urán). A esos tipos sí me los conocía y fueron mi primer objetivo en lo que ya se había convertido en competencia sin siquiera haber iniciado. “Duro es ganarle a un ruso por la Treinta o la Trece en horas pico, pero a estos que son pura pinta si me los saco rapidito”, eso pensaba intentando quitarme los nervios que traía pegado a la bicicleta.

Al empezar a subir, el pelotón se mantuvo compacto aunque algunos le daban más duro a la pedaleada, de forma que le salían garras a la formación. El Flaco no se me despegaba (mas por acompañarme que porque él no pudiera subir más rápido). A la retaguardia venían los veteranos haciendo acompañamiento y dándonos apoyo a los novísimos. Me sentía en forma (apenas el primer kilómetro), andando parejito, en las piernas esa sensación sabrosa de la tracción del camino, dejándome llevar por la máquina simbiótica que me fundía con la bicicleta.

Quién lo creyera, los tipejos de la pinta reluciente le daban parejo a la bicicleta, subían y subían y se alejaban de a poquitos; yo seguía en el medio del pelotón pero comenzaba a perder terreno pensando en el por qué no había desayunado bien, por qué no me había acostado temprano y sacando otras excusas al por qué me sentía cada vez más cansado. El Flaco empezó a darle duro y me costaba seguirle el ritmo, los veteranos nos habían pasado y abandonado en medio del trayecto; el pelotón se disgregaba y no había forma de evitarlo.

Después de  una de las curvas apareció una recta inmensa y de mayor pendiente, larguísima, que apenas al verla me hizo flaquear las piernas “Acá si me quedé” fue lo único que se me pasó por la cabeza. Me aferré ansioso al manillar de la bicicleta pidiéndole ayuda, aún sabiendo que era una plegaría perdida: los dioses de las bielas me habían abandonado.

Al Flaco, que llevaba una camiseta amarilla, cada vez lo veía más lejos. Conmigo venía un gordito que estaba que se reventaba y sumado a eso, a su bicicleta le sonaba el marco, las ruedas y el asiento que lo sostenía haciendo eco con el ruido de sus jadeos, cual quijote me sentía mientras atrás nos dejaban los escarabajos.

Casi llegando al final de la recta ya no veíamos a ninguno del grupo, yo seguía con mi escudero marcándole el ritmo y dándome ánimos, avergonzado pero dispuesto a terminar montado en la bicicleta, darle despacito pero sin bajarme; eso sería la muerte, la burla máxima, la peor condena. En esas nos rebasó un camión que hizo tambalear a mi compañero de lo cerca que nos pasó. En el platón y recostados en las estacas venían dos tipos que nos miraron sonriendo y con los ojos clavados en las bicicletas; me hicieron sentir rabia con esa burla en silencio, luego giraron y desaparecieron en la siguiente curva. No me dejé desanimar y por el contrario le imprimí potencia a los pedales.

Al sobrepasar la curva por la que unos minutos antes se había perdido el camión, la imagen era bastante extraña: a distancia, en un punto donde la vía se tornaba oblicua bordeando la montaña, se veía parte del grupo gritando, eso nos pareció pues no se alcanzaba a escuchar nada. Los reconocimos por la pinta, alzaban las manos y se cogían la cabeza, andaban de un lado a otro y discutían con los veteranos del grupo (me imaginaba el sonido de tacón que hacían sus zapatillas en el pavimento). La vanguardia y la retaguardia parecían no estar de acuerdo, caos total, rompan filas, sálvese el que pueda. El Flaco se veía más atrás, montado en su bici pero sin involucrarse en el asunto. Lo más curioso de todo era que faltaba un detalle, un punto importante en toda la escena: las bicicletas. Solo el Flaco estaba montado, los demás se veían ligeros y ridículos en sus trajes sin el vehículo que hacía de complemento.

-¿Qué pasó Flaco? -le dije jadeando cuando llegamos a su lado, parecía nervioso.

-¡Que loquera parce! ¡Les robaron las bicicletas!

-¿Cómo así? ¿A qué horas? -miro a mis costados, adelante, atrás, al cielo y hacia el barranco, debajo de mi bicicleta. No me lo podía creer.

-¡Las montaron en un camión que me acabó de pasar! Algo les dijeron y fueron subiendo las bicicletas, pasándoselas a unos tipos que venían en el camión. Cuando iba llegando, el camión arrancó, corrieron detrás pero ya ni modo, salieron volados y tirándoles piedras desde el platón.

El fantástico robo fue el siguiente: los tipos del camión (que me habían pasado y luego también al Flaco) adelantaron al grupo pero quedándose cerquita, igualando la velocidad de los que iban más adelante. Con dramatismo les dijeron que tuvieran cuidado porque estaban robando bicicletas en la vía. Así, primero se ganaron su confianza. Les aconsejaron que mejor subieran las bicicletas al camión y ellos los llevaban hasta el pueblo, de forma que no corrieran riesgos. Confiados les pasaron una a una las bicicletas pero, lo que no intuyeron, fue que estos iban a arrancar sin ellos a bordo, dejándolos sentir el duro asfalto y puteando como vacas hambrientas, mugiendo desesperados sin que nadie pudiera ayudarlos, todo en una fracción de tiempo inverosímil para efectuar un acto de semejante calibre.

Nosotros, es decir, el Flaco, el gordo y yo, proseguimos camino hasta el peaje para avisar a la policía pero con la verdadera intención de terminar el trayecto y vencer la montaña. Hora y media después de la salida en el Parque del Virrey llegamos al peaje que estipulaba la tan anhelada meta. Me sentí dichoso porque, aunque ahora calificaba como “patacón” (teniendo como excusa el robo que nos demoró en la subida), podía regresar en mi bicicleta deshaciendo el trayecto recorrido. Los verdaderos ciclistas tuvieron que regresar en buseta con la cara gacha y el corazón descontento, llenos de rabia por la forma poco usual en que los habían engañado, sabiendo que en este país al que da papaya lo dejan sin silla, no, así no era, al que da papaya se le rumbean la novia, no, así tampoco, en fin, termina uno cargando la culpa por pendejo y al ladrón se le celebra la inventiva.

Impactos: 71

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.