Alba inmarcesibleVoz y verbo

Apocalipsis según San Juan

Apocalipsis según San Juan

Por:

Cristian David Gutiérrez Martínez (Medellín 2004)

Una mirada a la vida humana en tiempos de desconsuelo, de paisajes desolados y una inconmensurable indiferencia

De repente, viéndose despertado de un profundo sueño, Juan fue enviado a la tierra.

Alrededor suyo, un paisaje nunca antes visto por esos ojos: estructuras gigantescas, caminos construidos a la perfección, artefactos inentendibles, pero sobre todo, nubes grises y paisajes lúgubres poblando el cielo.

Era esa la situación cuando el cielo se rasgó en dos. Un fuerte estruendo retumbó los oídos de Juan, pero al parecer este fue el único oído afectado, pues no se oyó ningún otro berrido.

«Juan, siervo del altísimo, he aquí has sido puesto una vez más sobre la tierra para que proclames las malas nuevas. El señor se ha encolerizado, el tiempo del fin ha llegado, he aquí el apocalipsis, anota todo lo que veas pues testimonias el fin de los tiempos». Estas fueron las palabras que brotaron del cielo rasgado, y Juan supo que ahí estaban las voces de veinticuatro ancianos, veinticuatros reyes sabios que con lágrimas en los ojos anunciaban el fin de los tiempos.Bastón en mano Juan se dispuso a caminar. No encontró nada. El paisaje estaba realmente desolado, pocas eran las almas que se veían en las calles. Por cualquier lado había artilugios nuevos que llenaban las pupilas de Juan, pero pocos atisbos de vida humana. Los escasos cuerpos que pudo contemplar cargaban en sus hombros y en sus brazos bolsas llenas de comida, papeles, revistas y en cualquier caso, la cantidad de los productos era tan grande que Juan no podía creer lo que veía. También habían unos pocos que no iban en estas intenciones, los había algunos que empujaban carritos llenos de frutas, vegetales o algún comestible, y estos eran abucheados, humillados, apedreados y tratados de inconscientes. Estas eran las almas más nobles.

La mayoría de estos hombres llevaban cubiertas sus caras, desde la nariz hasta el mentón, dejando solo ver unos ojos oscuros, malvados y podridos, ojos que penetraban almas y doblegaban al más noble. No habían signos de vida humana entre tal monotonía. Juan no podía entender lo que estaba viendo, pero aun así anotó.

Acercándose un poco, Juan se dispuso a escuchar una charla entre dos de los hombres cubiertos. El tema de conversación no fue más que la preocupación por un virus mortal, pero en sus voces Juan supo que no había temor sino envidia, maldad y rabia como pocas veces se presenciaba en los tiempos antiguos. Supo así Juan que se había cumplido la profecía, pues todos los reyes de la tierra, grandes y ricos, capitanes y poderosos, todos los siervos de este putrefacto mundo se escondían como vulgares ladrones en las cuevas y las peñas.

Siete trompetas estallaron de repente, una tras otra, y luego todas juntas. La tierra permaneció inmóvil, siendo solo perturbada por los humanos que dentro se destruían a sí mismos.

Y así Juan lo encontró todo: niños que con lágrimas en los ojos, miraban afuera desde sus ventanas; mujeres y hombres que dentro de sus moradas discutían y su golpeaban; también encontró a los desahuciados, los que no tenían hogar, acurrucándose en una esquina, encontrando calor entre hermanos y descubriendo consuelo en el tabaco. Juan lo vio todo y sin embargo no hallaba muestras de amor.

Entonces el paisaje desierto y tenebroso se vio alterado de repente por el rugido de un dragón. Todos dejaron oír sus miedos y, egoístas, se escondieron bajo sus lechos esperando hallar protección en un Dios que no tenía participación en aquella matanza. Y el dragón fue la mayor de las naciones, que por profanar la palabra y no atender al llamado sería destruida; y de repente una bestia respondió, anticipando el mayor de los enfrentamientos; y la bestia representaba a sus hijos, los hijos de la macabra nación, las ideologías que alabadas toda una vida serían arrancadas de raíz y arrojadas al eterno fuego como mandan las enseñanzas.

Los hombres chillaban, y suplicaban vanamente al cielo con palabras que faltas de amor no llegaban a los oídos del eterno. Y es que ni así, después de presenciar el comienzo del fin, los hombres se arrepintieron de las obras de sus manos, tampoco dejaron de adorar demonios y artefactos de oro; ninguno de aquellos a los que ellos alababan podían oír, hablar o abrazar, mucho menos entregar consuelo. La respuesta estaba entre ellos, el mal también, pero continuaron ciegos, y así continuaron y morían a miles mas ninguno era a causa de esta plaga.

Entonces avanzaron los tiempos y el temor creció. El dragón gritaba y echaba culpas a otras naciones, y a otros imperios, a otras almas, y continúo en su eterna lucha contra la bestia. Es por eso que aquellos que tenían la marca de la bestia, o más bien las marcas; aquellos quienes consumidos por la envidia, la avaricia y las ansias de poder llenaron sus almas de estas marcas empezaron a ser destruidos por sus propias vías, atormentados por sus propios métodos.

Y ya finalizando, cuando no podía haber una súplica ni un acto de maldad más, apareció la gran ramera, expuesta a la vista de todos. Sin embargo, no era hombre ni mujer, sus carnes no eran humanas. La gran ramera llevaba por nombre capitalismo, y cuando la veían todos caían postrados a sus pies chorreando babas, e incluso el más mísero y sufrido pobre deseaba rozar la planta de sus pies. Ella lucía despreciable, de sus pechos pendían jirones de carne, su vientre estaba hecho cenizas y su sexo, desgarrado como solo lo puede estar la vulva que dio paso a todos los placeres malignos de este mundo.

Las gentes se postraban a sus pies, y los magnates lloraban y se flagelaban a sí mismos, pues ya nunca más disfrutarían de sus mercancías. Oro, plata, piedras preciosas, diamantes, marfiles, jade, mármol, mirra, vino, casas, carros y esclavos; todo sería arrojado al fuego eterno.

Juan no podía hacer más que llorar en un rincón, sosteniendo la pluma con fuerzas quebrantadas, sus manos sudorosas y temblantes apenas lograban trazar palabra. De cualquier forma Juan no tuvo que escribir mucho, la raíz del problema era evidente y con ello bastaba.

Y así fue como los seres faltos de caridad y empatía sellaron su propio fin. En ningún momento Dios movió un solo dedo.

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Cristian David Gutiérrez Martínez

Comunicación social periodista

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