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Quimeras y UtopíasTrama y sinapsis

Criaturas (Monólogos)

Criaturas (Monólogos)

Camilo A. Rincón (Bogotá)

Estos monólogos nos llevan a lo más profundo de tres criaturas. Todas inmiscuidas en un mundo donde ya nadie los quiere, un mundo secularizado donde lo fantástico ya no tiene cabida.

Prólogo

¿Qué tienen en común Belcebú, un hada madrina y un vampiro? En esta obra teatral cargada de profundos monólogos nos encontramos con que los conecta la desgracia. A estos seres otrora poderosos ahora los vemos casi destruidos contando su desafortunada y nueva realidad. Monólogos que nos hacen cuestionar lo sucedido a cada criatura y el porqué han llegado a ese lamentable estado, nos preguntamos también a quién le están hablando y si somos dignos de escuchar estas sentidas diatribas.

Celebro la existencia de esta obra recordando con mucha felicidad cómo en el año 2009 Camilo Rincón realizó la adaptación teatral de mi primer libro Los diálogos con el Señor Plátano y el acertado rumbo que encontró para lograrlo fue mediante los monólogos. Ese formato era la forma perfecta de contar la extraña visión de dicho personaje. Ahora en Criaturas los monólogos nos invitan a sumergirnos en estos personajes que viven las radicales consecuencias de sus vidas, que ruegan por volver a tener sus anteriores facultades y añoran profundamente todo lo perdido.

Los invito a que disfruten esta obra de fascinantes criaturas que monologan desprovistas de su poder y que sucumbieron de forma terrible en algún momento de su pasado reciente.

René Segura

 

Criaturas

Los tres monólogos en el mismo espacio escénico: un potrero inhabitado, al norte de la ciudad de Bogotá, Colombia.

 

Luz tenue.
En el centro, hay una silla de poco valor.
Belcebú entra desorientado al potrero. Uno de sus cuernos está roto y su cola sangra. Da pasos torpes como si estuviera ebrio o le hubieran dado un golpe con un martillo en las piernas. Se detiene y respira hondo, con dificultad. Mira con interés la silla que está en el centro del proscenio y se sienta con sumo cuidado. Descansa, pero presiente que hay gente. Mira con cautela al público. Luego, desvía su atención y fija su mirada al horizonte, a un punto lejano del potrero.

 

BELCEBÚ: ¿Podrías devolverme la dignidad y la voluntad de hacer el mal? Tan solo me fui de allá y ahora estoy en esta urbe de cemento y de gente con rostro feliz. No te reíste, pero me expropiaste los vasos rebosados de azufre, cuyo olor me mantenía fresco como el agua diáfana que inunda los campos de maíz. ¿Por qué te vengaste en aquella mañana de abril? (simula estar tranquilo, pero respira con dificultad). Al amanecer huí con dolor, sentí mi cuerpo cansado, pero no dormí. Me retorcí de miedo y pensé en las almas turbias que vi desfallecer en los campos de algodón. Recordé sus caras afligidas, sus corazones cancerosos carentes de amor. Los ayudé, les di mi bienestar, pero ahora estoy aquí, igual de perdido que ellos, o, quizás, mucho peor (mueve la cabeza como si quisiera encontrar algo significativo en su vida en ese lugar tan particular). Las miradas de la gente me aquejan y da la impresión de que nadie se apiada de mi humanidad. Tampoco les causo compasión, ni mucho menos dolor. Solo me observan sin saber a ciencia cierta, lo que perdí en una mañana violenta de abril. ¿Podrías ayudarme un poquito? ¿Podrías darme la mano para volver a mi socavón? Si supieras quién soy, si supieras que ya no vivo allá, donde tomaba a escondidas café con las hienas de lenguas bífidas, daba de beber leche rancia a los búfalos y de comer a los lobos hambrientos, cuya piel me protegía del frío de las mañanas de junio. Aquí no hay nada que despierte mi curiosidad, tan solo veo una ciudad bordeada de montañas y hambrientos mendigos en busca de salvación. Esa no es mi cuna, pero acá tampoco es mi jardín. Si pudiera volver, dejaría mi cuerpo en manos de un muerto y me iría con el alma a mi terruño del dolor. ¿Podrías decirme si puedo dormir a tu lado en mi socavón? No me quisiste, arrebataste mi dignidad y la voluntad de hacer el mal, en mi propio hogar. Soy tan ingenuo, tan desprovisto de carisma que ni los buitres me voltean a ver (se da un golpe en la cabeza e intenta llorar). Todo se perdió, todo te lo llevaste aquella mañana cuando pensaba que tú me querías en los momentos más difíciles de mi labor. Maldita mañana de abril. ¿Por qué te burlaste y me dejaste sin dónde dormir? Dijiste que me querías en las vísperas de julio, hoy, es diciembre y, ahora, vivo entre la muchedumbre de una civilización rezagada de espiritualidad. ¿Por cuánto tiempo tengo que recordar este horror, a sabiendas que tuve el honor de honrar el odio y el dolor en un socavón? Lo lograste. Este era tu plan. ¿Qué hice para ser amenazado y rechazado como un ser que no tiene el poder de vivir? (se levanta de la silla y camina con pasos torpes como si estuviera ebrio). Me quitaré el traje negro raído por la lluvia y mostraré el cuerpo desnudo para que me den de comer. A fin de cuentas, vivo como un número más difícil de contar en una ecuación. No hay poder sobrenatural que me saque de esta urbe de cemento y de gente con rostro feliz. ¿Podrías sacarme de aquí, así fuera con el clamor de mi esclavitud? No sé si pueda soportar la noche, al igual que el día. No puedo llenar los pulmones de aire como solía hacerlo entre las cenizas del socavón. Maldita mañana de abril. Si no te hubiera conocido en el desembarcadero, quizás, en estos momentos, estaría muerto de la felicidad. Da igual, me echaste como los perros y supongo que tarde o temprano, tendré a cambio una buena distinción. No estaré allá, me verás aquí, con el ceño fruncido y el cuerpo vencido de tanto luchar (Belcebú cruza los brazos y le echa un leve vistazo al cielo. De repente, una nube gris le llama la atención. La sigue con su desconsolada mirada y camina con pasos torpes hasta desaparecer del potrero).

 

Luz grisácea.
Entra el hada madrina al potrero. Está despeinada. Su traje y sus alas están rotas como si se las hubieran cortado con tijeras. Camina con lentitud y se detiene en el centro del proscenio. Mira desilusionada varias veces el cielo raso. Da la impresión de que estuviera buscando el sol. No lo encuentra, pero escucha ruidos e intenta esconderse en el espacio vacío. Se sienta en el empolvado suelo y mira temerosa al público. Luego fija su mirada al horizonte, a un punto lejano del potrero.

 

EL HADA MADRINA: Te lo llevaste porque sabes que ya no te quiero. Te lo llevaste cuando celebraba su cumpleaños. Te vengaste porque una noche te dije que no quería acostarme contigo en la cama de los espejos. Lo raptaste y te lo llevaste de este mágico lugar. Me exalté, pero no grité. Te dio risa. Destrozaste los candelabros de barro y te tragaste las cenizas de la chimenea de piedra, convencido de que todo había llegado a su fin (gesticula el rostro como si fuera a llorar). Me pegaste en la cara, me despojaste el alma, me quitaste parte de mi sangre y no supe si esconderme en los escombros de la casa de cristal (mira desconsolada el cielo). Se fue él y quién sabe cuándo vendrá a desayunar croquetas de trigo o a cenar tortas de maíz. Te lo llevaste porque lo viste tierno y de ojos nobles como los pétalos de una rosa, te lo llevaste porque te servirá de carnada para alimentar a las arpías de aquella tiniebla desconocida por Dios. Si buscabas mi soledad o mi destierro, obtuviste el triunfo sin mi consentimiento. Que tristeza tan infinita. ¿Qué haré sin ti, hijo mío, a quien te di alas de mariposa para volar? Entre súplicas y ruegos, espero verte, hijo mío, para huir de esta tierra, poblada de pinos de eucalipto, donde el viento te vio nacer. ¿A dónde te puedo buscar? ¿A qué lugar te llevó el mal? Si supiera lo que hay alrededor de los bosques que colindan con las montañas, viviría contigo, ahí, feliz porque allá podrás visitar las sirenas del mar. Te necesito, lo sabes, pero siento que el miedo me sacude el alma. Duele y no quiero volar. Tampoco quiero quedarme aquí y que me dejen sin aire para respirar. ¿De qué me sirve dar tiempo al tiempo, si la soledad se parece al miedo o al desarraigo de no tenerte en mis brazos? (se arregla con dificultad el traje). ¿Dónde estás? Por lo menos envíame una señal ¿Me escuchas? ¿Vendrás como te lo enseñé al momento de nacer? (el hada intenta volar. Repite esa acción cinco veces sin conseguir resultados. Desilusionada, intenta arreglar con sus manos temblorosas las alas). Creo que ya no tengo fe. Duda es lo que me queda para soportar el dolor. Quiero que el viento arrastre mi cuerpo y me lleve a las tinieblas, donde todo el mundo se evapora como el agua. Esto no es una quimera, es una ofensa que me quita el sueño. Vamos, hijo mío, aparece o déjame ir tras de ti. Que vivacidad de mundo, pero que tristeza no tenerte junto a mí (El hada toma con sus dos manos las alas y las limpia un poco. Luego, las pone en dirección al sol y espera que le cicatricen las heridas. De un momento a otro, fija su mirada en el horizonte, a un punto lejano del potrero. Se levanta del suelo con cautela, intenta correr, pero se detiene).

Me da la impresión de que estás aquí. ¿Eres tú o la voz de un niño perdido en el espacio infinito? Si estás cerca, deja una huella en el firmamento o háblame con el corazón. Tienes cómo hacerlo porque tienes la voluntad y la convicción. Si vuelas sobre aquella montaña, te esperaré en este vasto lugar. Mantendré el cuerpo recto, mientras miro aquel umbral. De allá vendrás (el hada madrina fija su mirada a un punto lejano, va hacia él, da pasos rápidos sin detenerse y sale del proscenio).

 

Luz azul.
En el centro, hay una silla de poco valor.
En la silla, está sentado un vampiro. Está amarrado con una soga de pies a cabeza. La cara del vampiro está pálida y se le ve algo de sangre en la comisura de sus labios. Sus ojos se ven perdidos. Intenta moverse, pero no puede. Luego, intenta romper con sus dientes la soga, pero desiste. Se da cuenta de que hay público. Lo mira con asombro.

 

VAMPIRO: Con dientes no puedo cortar la soga, ni puedo chupar la sangre de la golondrina que me da de beber. Si te conmovieras un poco ¿me dejarías salir para regar las flores de tu jardín? ¿Qué he hecho para merecer esto, si apenas te aruñé para defenderme de ti? No soy un holgazán, tan solo un humilde trabajador. Vuelo en la noche y chupo como las fieras que alimentan a las hienas de esa frontera que hay entre el bien y el mal. A fin de cuentas, soy un ser imprescindible en las fiestas de brujas, un personaje que se deleita con la risa de la gente desventurada. De hecho, un sábado muy ameno, caí en tu trampa, pues te disfrazaste de mujer con piernas de atleta y te mordí en el cuello tatuado de corazones verdes. Me dio risa al escucharte entre dientes, pues querías tener un oficio ejemplar. Entonces, te di las alas de murciélago para que volaras mejor que las cigüeñas, te afile los dientes con una piedra para que chuparas mejor la sangre de las ratas, pero de repente, te creíste un ser sobrenatural, un ente capaz de subyugar a un mandril. Enceguecido, me amarraste con una soga de pies a cabeza y me dejaste a la deriva en este inhóspito terreno. ¡Triunfaste!Ahora desangras a las bestias que bordean los caminos de herradura . ¡Ganaste, me raptaste! ¿Por cuánto tiempo tendré que soportar este olvido? De verdad, eres un depredador, un valiente raptor. ¿A quién le interesa mi retención? ¿A ti? Eres un iluso, un ente que no vale la pena mirar con aprecio en las entrañas del infierno. Todo lo tienes, eres gracioso, muerdes cuero para probar tu dentadura postiza y hasta escupes sangre sin coágulos como símbolo de tu eternidad. ¿Eso era lo que querías? ¿Quitarme la reputación y raptarme a tu voluntad? Ya lo tienes, pero te ruego en voz baja: déjame en libertad o, de lo contrario, quítame esa estaca que apunta mi corazón que aún mantiene viva la esperanza de verme renacer. Si me muevo hacia ese punto reprimido, me la puedo clavar. ¡Sanguinario! Amarrado, no creo que me pudra, pero cuando me desates y obtengas tu recompensa, pensarás que me voy a vengar con una disparatada escena cinematográfica. No creo que llegue a hacer eso tan aburrido. No tengo tiempo para burlarme de un ser tan pretensioso. Te has preguntado, ¿a qué lugar puedo escapar? De hecho, cuando salga de aquí, compraré una mansión en Madagascar, tomaré vino francés y fumaré tabacos rubios en la madrugada de semana santa. Es una afición que tengo desde hace mucho tiempo y no la quiero dejar, por ningún motivo, pues son placeres que amagan las ansias de soñar. Todo aquello te puede producir malestares estomacales. ¿No? Eres omnipotente y hasta el momento, no creo que nadie te baje de esa nube de quimeras. Sería divertido verte desnudo e indefenso, tal como me encuentro en este deshabitado lugar. Te sentirás incapaz de generar ideas. Tan solo podrás mirar de reojo a las lombrices de tierra o echar leves vistazos a las cucarachas que se esconden bajo las piedras. Por eso, estoy a tu disposición. Convencido de que mi libertad no tiene precio, que no puedo salir, ni chupar la sangre de los sumisos. Así me siento yo, resignado a cortar la soga que me tiene atado, pensando cómo escapar (el vampiro mueve el cuerpo y espera que la soga se desate. Luego, mira temeroso a su derecha, después, a su izquierda y fija su desorientada mirada en el horizonte, a un punto lejano del potrero).

Camilo A. Rincón

Es maestro en Artes Escénicas. Llevó a escena como director obras de Tennesse Williams, Samuel Beckett, B. M. Koltes, G. Bernard Shaw, Luis Enrique Osorio, Rene Segura, entre otros dramaturgos. En 2019, publicó su primer libro de cuentos llamado Mas allá del infortunio con Calixta Editores y participó en dos cortometrajes bajo la dirección de Juan Pablo Martinez Q. (Luxury photo films).

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