Quimeras y UtopíasTrama y sinapsis

Tomates en Marte

Tomates en Marte

Por:

Luisa Fernanda Luque Collazos (Bogotá, 1987)

Recuerdos vagos llegan a mi mente, mi primera tormenta de tierra, las lágrimas de mi madre por las plántulas muertas.

Monique esto jamás debió ocurrir. No en este momento y mucho menos de esta forma, pero sucedió y tengo miedo.

«Soy Tom Grand, 31 años» me digo a mi mismo estos datos ahora innecesarios con el único fin de mantener la cordura, esperando que quizás alguien venga a rescatarme. Monique, el espacio es terriblemente abrumador, hay estrellas azules como el océano, blancas como el invierno y rojas enanas como chispas ahogadas; el tiempo pasa y a pesar de todos mis esfuerzos mis sentidos se están durmiendo al punto de que hago analogías que desconozco, nunca he visto el mar y tampoco una estación. Las yemas de mis dedos han dejado de percibir el recubrimiento de algodón de mi traje, al menos aún estoy tibio.

Descolgado a la deriva, me aproximo a un cúmulo de densas nubes de gas azul violáceo y polvo marrón escarlata, cuya forma me recuerda un caballero con lanza; tanto el jinete como el caballo tienen por ojos dos enanas blancas lejanas, lo que me hace pensar que es mas viejo que nuestro sistema solar. Podría colocarle un nombre épico, pero en este momento no se me ocurre ninguno.

Monique, me he quedado dormido, la turbulencia dentro de la nebulosa es suave quizás así se sienta nadar, no estoy seguro de querer intentarlo, quema.

«Soy Tom Grand, Capitán del Hejmo» digo al comunicador que llevo en mi traje, «Soy Tom Grand, Capitán del destrozado Hejmo», nadie escucha.

No sé en que cuadrante estoy o si aún sigo en la Vía Láctea. Ya he dejado atrás la nebulosa y desconozco si la radiación afectó mi equipo o si la electricidad que produce bloquea las ondas. Monique, todas estas dudas me causan cosquillas en el pecho, me rascaría, pero ya no puedo tensar los músculos de mi cuerpo.

Recuerdos vagos llegan a mi mente, mi primera tormenta de tierra, las lágrimas de mi madre por las plántulas muertas. Solo hay uno nítido y es la vez que apunté al cielo nocturno con mi linterna pensando que podría existir otros niños apuntando al cielo en ese momento, bajo ese pensamiento agité mi linterna esperando una respuesta, obvio ninguna estrella se movió, pero el titilar de una de ellas me hizo pensar que había otros niños afuera. Monique, estoy solo, no hay vida aquí afuera.

«Soy Tom Grand, ¿alguien?» pregunto al escuchar un leve chasquido en el comunicador. “Sí alguien me escucha la detonación de Fobos ha sido un fracaso, cambio de ruta, ¡cambio de ruta!”. Nada, de nuevo el silencio abismal.

Supongo que ya no podré decirle a la misión espacial que la detonación de Fobos va mas allá de un procedimiento estándar. Nadie habría podido imaginar que detrás del inmóvil, hueco y descendente satélite se ocultaría una singularidad tan poderosa como un agujero de gusano. Solo espero que la próxima misión encare la luna de frente, dos hogares perdidos son demasiado para una especie tan frágil.

Marte parecía un lugar perfecto para una nueva civilización o por lo menos, aceptable, pero en cuanto a colonización espacial nada esta escrito; se suponía que Fobos colisionaría contra el planeta en miles de años, dándonos suficiente tiempo para mudarnos de colonia o trazar un plan menos arriesgado que el de partirlo a pedazos. Sin embargo, el maldito resultó ser demasiado liviano para soportar los objetos que escapan del cinturón de asteroide. Monique, ahora cae sobre el planeta que carece de fuerza electromagnética o atmosférica para rechazarlo, ¿Monique, estarás a salvo?

«Telluris» suspiro mientras una gota de agua rebota dentro del visor de mi casco, así se llamaba la última terrestre, creo que su nombre real era Adriana. Ella solía decir “la tierra siempre estuvo en buen momento, siempre a la distancia correcta, siempre a la temperatura adecuada, siempre armada como las fieras que amamantan», yo solo podía creerle, desde Marte la Tierra se ve como un iracundo remolino de polvo abrasador, más similar a Venus que al azulado Neptuno. Como me hubiera gustado ver las mariposas amarillas de las que tanto hablaba.

–Don Tran… digo Grand, Capitán 31–, creo que han pasado un día o dos, mi tanque de oxígeno antes a la mitad se ha reducido a un cuarto. Sigo avanzado o quizás retrocediendo todo depende de la ubicación de la vía láctea, el caso es sorteo el espacio como un proyectil humano.

Después del tacto, son el sentido del gusto y del olfato los he perdido, lo que no me afecta de momento. Es más, me siento aliviado, el sabor a sal en mis labios y hedor a orina me tenían drogado.

Por un momento llegue a pensar que también había perdido la audición, el espacio es un lugar muy silencioso, tan silencioso que ya no sé si me hablo a mí mismo o si estoy pensando lo que estoy diciendo. De nuevo he sido cobijado por las estelas gaseosas del caballero no sé por qué se mueve conmigo debí haberlo dejado hace mucho, pero él esta tras de mi como una sombra cauta. Sea como sea, su polvo interestelar me envuelve y escucho brevemente el susurro de las estrellas.

Es difícil describirlo, es una mezcla entre estática y murmullos; aguzo el oído en un intento de procesar lo que está pasando. El oído humano no es muy sensible y sin un medio elástico estamos prácticamente sordos. Ahora que recuerdo, Telluris contaba que en la tierra un grito se podía escuchar a un kilómetro de distancia tanto así que en algunas ciudades la gente se sentaba en los bares a escuchar los conciertos de los estadios. En Marte las cosas son más serias supongo, yo apenas escucho al repartidor de diarios.

El sonido no para, es realmente bajo, pero ya mi cerebro les está dando forma, ¡es una canción­!, una canción que se forma como un collage de imágenes de plantas que alguna vez vi en un libro de texto arcaico.

Monique, no es la nebulosa la que canta, es una estrella de neutrones la que me llama. Me siento extraño, quisiera llorar, pero no puedo hay algo placentero en todo esto, el azul, el azul de su fuego. Monique, no dejo de pensar en ti, fuiste mi prioridad y guardaba la esperanza de volver. No menosprecio lo que he visto, pero realmente no había nada ajeno a mí, desde hace tiempo hacemos simulaciones que corroboramos a través del telescopio o de un satélite, pero esto es totalmente nuevo, verdaderamente bello, como tus ojos Monique.

Veo mis manos, se están disolviendo partícula a partícula, No soy lo único que desaparece, cometas y asteroides hacen lo mismo, aunque no todas las experiencias son las mismas. Los cometas parecen ser halados por sus cabelleras mientras los asteroides se convierten en meteoros incandescentes, ya no hay lunas y los planetas giran rápidamente amenazando con perder su equilibrio; el planeta que parece estar hecho de hierro brilla a llama viva mientras el acuoso emana un vapor que es rápidamente digerido por la estrella. Es el caos es una expresión pura.

Lo lamento tanto Monique, nunca podre cómprate ese domo blanco que tanto querías, ese que incluía un pequeño jardín terráqueo, tampoco veré otra vez tus negros rizos sobre tu tez morena. Me hubiera encantado probar esos tomates en los que tanto trabajabas, espero que algún día logres engrosar su piel para no comerlos ya cocidos por dentro, no es agradable esa pulpa amarillenta. Seguramente la hibridación con piel de naranja de la que tanto hablabas será la respuesta, perdóname por no conocer más que papas y rábanos.

La radio de mi traje se enciende, al parecer la estrella está emitiendo radiación electromagnética, por breves momentos escucho estática, no sé qué digo, mis labios se mueven, pero no me escucho. Pronto la estática del intercomunicador desaparece y la cuenta regresiva de mi sensor de oxígeno aparece en un costado de mi casco.

Monique, 10 años de estar juntos, 9 si descontamos las pequeñas peleas, 8 planetas solares, 7 inhabitables y jamás sabremos si el satélite de Saturno sería habitable, 5 son mis dedos, aunque alguna vez no fui más que 4 células, 3 veces más pequeño que la punta de un alfiler, puede haber 2 similares a mí, pero soy el primero hombre en ver un pulsar de cerca. El aire se ha terminado.

Debería dormir, pero siento todo lo contrario, creo que es la primera vez que estoy realmente despierto, mi mente se siente como pequeños cubos cargados de recuerdos que se contraen y se dilatan. Mi cuerpo se alarga, se estira al punto que mis brazos podrían abrazar incluso a Júpiter. Mis sentidos casi todos muertos reviven en una explosión sensorial y se libera de toda limitación, pero entiendo lo que conlleva convertirse en el todo. Aun así, «Soy el Capitán Tom Grand y esto a pesar de todo, ha sido perfecto»

Pasados mil años, en un satélite artificial que gira alrededor de Marte, el sonido de un pulsar distante se entremezcla con un extraño sonido.

–H…o… ga…r …–

La autora

Luisa Fernanda Luque collazos

Ilustradora

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