Inexorable nefelibataVoz y verbo

Los monstruos acechan entre la hierba

Los monstruos acechan entre la hierba

Diego Maenza (Ecuador)

Las formas más oscuras de la naturaleza humana, están allí, esperando a que se abra la puerta.

DANIEL CAMARGO BARBOSA
El asesino de vírgenes escapa de Gorgona
(Fragmento tomado del capítulo uno)

 

F Finalmente llegó el momento que tanto había anhelado: las corrientes marinas cambiaron hacia el sur, y el flujo coincidía con el arribo de la embarcación. Era el viernes veintitrés de noviembre de mil novecientos ochenta y cuatro y me encontraba en el patio número dos de la isla prisión Gorgona en las costas del océano Pacífico, el cuerpo de agua más extenso del mundo. De la manera más inadvertida posible me rehusé del almuerzo: ratas asadas, una de las pocas posibilidades de proteínas dentro del presidio, un banquete que solo podíamos degustar una vez por mes, pues a pesar de que la fauna acuática de Gorgona era generosa, la actividad pesquera era un privilegio casi prohibido para nuestro grupo, no solo por el temor de los gendarmes y personal administrativo a los tiburones, sino y sobre todo como norma disciplinaria, como castigo para nuestros cuerpos bastardos que no merecían el consumo de alimentos más excelsos que aquellos insípidos potajes que nos brindaban dos veces por día en raciones insignificantes. Fui confinado en Gorgona el veinticuatro de diciembre de mil novecientos setenta y siete para purgar una pena de veinticinco años de prisión. Las autoridades de mi país me habían detenido hace tres años, en el setenta y cuatro, cuando me encontraba intentando ocultar el cuerpo de la niña. Me juzgaron por ese y por varias decenas de crímenes que los juristas y la opinión pública han catalogado como atroces. El día que me deportaron, me introdujeron a una embarcación con las extremidades atadas y los ojos con vendas, junto a varios infelices desterrados, y nos afirmaron que todos los sentenciados a la terrorífica prisión habíamos cometido los crímenes más execrables que mente humana hubiese podido imaginar. Sabíamos que estábamos navegando debido al vaivén de nuestra superficie, el olor marino y las constantes náuseas producto del mareo.

Dentro de la prisión se especulaba secretamente que la arquitectura del penal estaba basada en los campos de concentración nazis. Solo así se explicaría el desgarrador lamento en forma de poema que ostentaba una de sus paredes: «Maldito este lugar… maldito sea. / Aquí solo se respira la tristeza, / aquí se bebe el cáliz más amargo / que nos brinda el dolor y la pobreza. / Aquí la vida no tiene primavera, / aquí el alma no tiene sensaciones, / aquí el amor no tiene compañera / y pierde el corazón sus ilusiones».

Pero Gorgona no solo era ese gueto angustiante de aislamiento y martirios, esa cárcel que mantenía en cautiverio a oscuros seres, delincuentes sanguinarios, integrantes de bandas delictivas brutales, asaltantes de baja ralea, homicidas a sueldo, forajidos muy temidos, asesinos despiadados, violadores, profanadores, estafadores, sino que también era el gran oasis del Pacífico sur debido a su fauna única y a su flora exuberante con la que cualquier naturalista podría quedar embelesado. Darwin se hubiese maravillado del mismo modo que lo hizo en las Galápagos.

Hace poco más de cinco meses de mi escape, el rígido y ortodoxo director del penal que manejó nuestros movimientos con manos de hierro había sido reemplazado por alguien con ideas menos inflexibles. A quienes manteníamos una disciplina progresiva basada en buenos comportamientos nos empezaron a premiar con tres horas de baño en la playa durante un par de días a la semana. Fue así como empecé a planear mi fuga. Me preparé mental y físicamente. Me impuse una rutina de ejercicios corporales diarios. Aproveché los recesos que me otorgaban para bucear entre las zonas rocosas de aquel paraíso del litoral y perfeccionar mis técnicas de natación. Reparé en que las corrientes fluctuaban, día a día, en un noventa y ocho por ciento hacia el norte y en apenas horas o minutos hacia la dirección contraria. Aprovecharía estas contadas excepciones con el propósito de despistar a mis futuros persecutores y empujarlos a que no me buscaran hacia el sur. Me dediqué al estudio de los vientos y las mareas, de los cambios climáticos y las estaciones. Calculé la distancia hasta la costa continental y los tiempos de navegación según la violencia o pasividad de los flujos. Lo estudié en los libros y lo comprobé de manera empírica en cada atardecer de recreación semanal. Debí portarme bien para acceder permanentemente al privilegio. El espacio administrativo poseía una pequeña biblioteca. Allí envolvía mis tardes tórridas con las desdichas del joven Raskolnikov en las gélidas calles de Crimen y Castigo. Allí me fascinó la novela de Henri Charrière, Papillon, y en cierto sentido me obsesioné con la fuga de su protagonista, injustamente condenado en la Isla del Diablo. Allí frecuenté a Steinbeck y lo leí en español. Mucho tiempo atrás había leído At the East of Paradise en su idioma original en el lapso de mis tres años de estudios en una academia de Bogotá, donde perfeccioné mi inglés con un profesor llegado de Londres.

Aquel atardecer de despedida, al levantar mi cabeza para otear el horizonte, pude ver, a lo lejos, una yubarta o ballena de gibas emerger hacia la superficie en su legendario ritual de apareamiento. Me escondí tras las mantas nuevamente. Dormí.

 

 

 

 

PEDRO ALONSO LÓPEZ
El Monstruo de Los Andes es despojado de su inocencia
(Fragmento tomado del capítulo cuatro)

D Dos asistentes ingresan con el animal atado por el cuello. Portan camisas largas para amortiguar los rayos solares de este caluroso día, y botas impermeables de media pierna para proteger sus pantorrillas del fango y minimizar las posibilidades de mordidas venenosas. Ostentan sombreros de fibra de caña flecha, un material proveniente de la nervadura de las hojas de esta hierba cuyo tallo también es empleado para cercar las viviendas, la espiga de la inflorescencia es usada para labores de pesca, y la panoja como elemento de ornamentación para la casa, ya sea en su estado natural o pigmentada con tintes sintéticos. Los oficiales sacuden su calzado húmedo y enjuagan generosamente los cascos lodosos del animal. Por lo demás, la bestia ya se encuentra higienizada. Ingresan el robusto ejemplar a la zona delimitada para la faena, aplican una técnica de derribamiento y atan sus extremidades. Desplazan el pestillo en la puerta de seguridad y abandonan al animal en el punto de muerte. El piso de concreto con capa de mortero se muestra aséptico. La res muge lastimera como anticipándose a su inminente y fatal destino. Manuel Patiño, el encargado de la central de sacrificios de El Espinal, municipio ubicado en el departamento de Tolima, a ciento cincuenta kilómetros de Bogotá, pueblo cercano al río Magdalena, prepara los implementos para la inmolación. Aguza el filo del cuchillo al friccionar constantemente el acero contra el instrumento de afilar que sostiene sobre sus guantes de mallas. La hachuela y los serruchos esperan en sus lugares, ordenados y limpios. La vaca remudia, pero se encuentra muy lejos de su rodeo y su berrido no puede ser entendido. Patiño acerca el filoso objeto al cuello del animal, listo para el degüello, y de un solo corte preciso y contundente cercena las arterias vitales. Finalmente, el bovino deja de bramar y exhala su último resoplido. Un poco más allá, el joven Pedro Alonso López abanica una sonrisa de complacencia, regocijo o deleite (cualquiera que lo mirase con atención ratificaría que es de placer) mientras la sangre proveniente de la evisceración se escurre con lentitud por las rejillas del desagüe del camal.

En varias ocasiones Patiño ha puesto en manos del muchacho las herramientas de desposte; el chico, aparte de solícito, se ha mostrado muy competente para estos menesteres y ha aprendido en poco tiempo las más elementales técnicas del matarife y los secretos de su oficio. Conoce las zonas vulnerables de las reses y cerdos, los órganos vitales, los vasos de menor y mayor sangrado. No obstante, Pedro parece disfrutar mucho más que los rituales monótonos de descuartizamiento, el singular instante en que se les escapa el aliento final a los animales, ese momento casi imperceptible entre la vida y muerte en el cual fijan hacia alguna eternidad indeterminada los ojos desorbitados.

Aunque sus rasgos anuncien su no tan alta estatura, la contextura de Pedro perfila a un hombre vigoroso. Mantiene su agilidad y entrena sus grandes manos a diario con ejercicios de escalada en el árbol de mango más robusto y cercano a casa, y no le resultan para nada complicados. Sus insólitos dedos de wendigo, transformados en un poderoso puño, impactan hasta dos o tres ladrillos para convertirlos en fragmentos inservibles, en otro de sus insólitos entrenamientos habituales.

En un atardecer adornado por las nubes azafranadas del ocaso, encuentra, quizá extraviada desde algún patio vecino, un ave de corral. Exhibe el espécimen ante algunos miembros de su barriada, saca una navaja y ejemplariza sus conocimientos de carnicería. Ante la mirada aterrada de su joven audiencia, cercena de un solo tajo el pescuezo del pavo. Inspirado en la naturaleza sangrienta de su representación (al sentirse en su elemento), deglute un poco del plasma emanado del gollete del animal. Pedro Alonso López tiene tan solo nueve años.

 

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Diego Maenza

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