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Finalmente llegó el momento que tanto había anhelado: las corrientes marinas cambiaron hacia el sur, y el flujo coincidía con el arribo de la embarcación. Era el viernes veintitrés de noviembre de mil novecientos ochenta y cuatro y me encontraba en el patio número dos de la isla prisión Gorgona en las costas del océano Pacífico, el cuerpo de agua más extenso del mundo. De la manera más inadvertida posible me rehusé del almuerzo: ratas asadas, una de las pocas posibilidades de proteínas dentro del presidio, un banquete que solo podíamos degustar una vez por mes, pues a pesar de que la fauna acuática de Gorgona era generosa, la actividad pesquera era un privilegio casi prohibido para nuestro grupo, no solo por el temor de los gendarmes y personal administrativo a los tiburones, sino y sobre todo como norma disciplinaria, como castigo para nuestros cuerpos bastardos que no merecían el consumo de alimentos más excelsos que aquellos insípidos potajes que nos brindaban dos veces por día en raciones insignificantes. Fui confinado en Gorgona el veinticuatro de diciembre de mil novecientos setenta y siete para purgar una pena de veinticinco años de prisión. Las autoridades de mi país me habían detenido hace tres años, en el setenta y cuatro, cuando me encontraba intentando ocultar el cuerpo de la niña. Me juzgaron por ese y por varias decenas de crímenes que los juristas y la opinión pública han catalogado como atroces. El día que me deportaron, me introdujeron a una embarcación con las extremidades atadas y los ojos con vendas, junto a varios infelices desterrados, y nos afirmaron que todos los sentenciados a la terrorífica prisión habíamos cometido los crímenes más execrables que mente humana hubiese podido imaginar. Sabíamos que estábamos navegando debido al vaivén de nuestra superficie, el olor marino y las constantes náuseas producto del mareo.
Dos asistentes ingresan con el animal atado por el cuello. Portan camisas largas para amortiguar los rayos solares de este caluroso día, y botas impermeables de media pierna para proteger sus pantorrillas del fango y minimizar las posibilidades de mordidas venenosas. Ostentan sombreros de fibra de caña flecha, un material proveniente de la nervadura de las hojas de esta hierba cuyo tallo también es empleado para cercar las viviendas, la espiga de la inflorescencia es usada para labores de pesca, y la panoja como elemento de ornamentación para la casa, ya sea en su estado natural o pigmentada con tintes sintéticos. Los oficiales sacuden su calzado húmedo y enjuagan generosamente los cascos lodosos del animal. Por lo demás, la bestia ya se encuentra higienizada. Ingresan el robusto ejemplar a la zona delimitada para la faena, aplican una técnica de derribamiento y atan sus extremidades. Desplazan el pestillo en la puerta de seguridad y abandonan al animal en el punto de muerte. El piso de concreto con capa de mortero se muestra aséptico. La res muge lastimera como anticipándose a su inminente y fatal destino. Manuel Patiño, el encargado de la central de sacrificios de El Espinal, municipio ubicado en el departamento de Tolima, a ciento cincuenta kilómetros de Bogotá, pueblo cercano al río Magdalena, prepara los implementos para la inmolación. Aguza el filo del cuchillo al friccionar constantemente el acero contra el instrumento de afilar que sostiene sobre sus guantes de mallas. La hachuela y los serruchos esperan en sus lugares, ordenados y limpios. La vaca remudia, pero se encuentra muy lejos de su rodeo y su berrido no puede ser entendido. Patiño acerca el filoso objeto al cuello del animal, listo para el degüello, y de un solo corte preciso y contundente cercena las arterias vitales. Finalmente, el bovino deja de bramar y exhala su último resoplido. Un poco más allá, el joven Pedro Alonso López abanica una sonrisa de complacencia, regocijo o deleite (cualquiera que lo mirase con atención ratificaría que es de placer) mientras la sangre proveniente de la evisceración se escurre con lentitud por las rejillas del desagüe del camal.






