Efímera auroraVoz y verbo

Neptuna

Neptuna

Por:
Isabel Santos (Buenos Aires 1965)

La Tierra ya no es como era cuando estuvieron los sombranos que la secuestraron. La especie humana dejó de existir hace muchos miles de años.

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Por más que nos imaginemos diferentes, los celos familiares siempre son iguales. Y así fue que sufrió el desvelo de un secreto. Gracias al enojo por celos de su hermana, supo de golpe, en medio de una discusión, que era humana, que había sido raptada en la Tierra antes de nacer y que habían transformado su genética para que pudiera vivir en el planeta Sombra, el único habitado del sistema de la estrella Tabit. Todo esto me lo contó Neptuna en la Tierra, una vez que pudo salir de Sombra, al descubrir el engaño sobre su origen.

La confesión de su hermana fue devastadora para Neptuna, pero aclaró la confusión que tenían los astrólogos de su camada a los que había consultado siempre para curar su carácter melancólico. Ellos calculaban una y otra vez las coordenadas de su nacimiento, el momento exacto de la rotura de su huevo. Y ella me contó que muy inocente repetía el mismo versito: ustedes tienen el registro de ese momento. Nunca se hubiera imaginado que su embrión había sido expuesto a otras energías, que había nacido inmaduro y puesto en el huevo mutante sellado donde la trasladaron hasta Sombra. Allí los astrólogos designados tenían la posibilidad de tener el dato exacto, gracias al cálculo de la distancia que separaba el huevo de cada nacido y el primer contacto aromático impregnado en la cueva de aprendizaje, a donde trepaban por instinto. En ese preciso momento, localizaban la constelación que estaba detrás de Tabit, como hacen siempre los astrólogos. Acá, en la Tierra, también lo hacían. El primer satélite de Sombra, el más importante, se proyectaba sobre la constelación que ellos llamaban las nueve lágrimas. Esa era la causa de su melancolía, según los astrólogos: una predisposición anímica inventada por los creadores de la simbología para cada constelación que designaban.

La élite sombrana que creaba las camadas de experimentación dejaba los huevos entre las rocas marinas, justo debajo de la cueva de aprendizaje. Cada huevo tenía un objetivo, un pariente, un destino. Todo era programado por la camada anterior, que estaba obligada a morir cumpliendo un ancestral rito de paso. Un rito que también tendría que cumplir la camada de Neptuna y su amigo Kiron, a los treinta ciclos de nacidos.

Había una causa para la melancolía de Neptuna: el recuerdo inconsciente de la escena de su rapto. Ese recuerdo genético había sido borrado de la mente de ella, pero había sido informado a su hermana por la élite sombrana. Neptuna era el espécimen más valioso de ese grupo, cada acompañante de ella tenía un rol que cumplir y un secreto que guardar para protegerla. Solo así se llevaría a cabo el experimento mutante con el éxito esperado.

Ella y Kiron eran los únicos que tenían nombre propio, los únicos que no sabían la verdad sobre Neptuna.

Para Kiron, el diagnóstico lo era todo y estaba seguro de que Neptuna estaba mal diagnosticada, ya antes de que se descubriera que ella no era sombrana. Pero no se imaginaba el porqué. Él se preguntaba siempre ¿cuál es el origen de esa melancolía de mi amiga? Y en esa duda mostraba sus propias dudas. Si Neptuna estaba mal diagnosticada, toda la camada podría estarlo. El destino de todos podría ser diferente.

Parientes y sanadores, madres, hermanas, hijos, maestras, astrólogos eran parte de la misma generación, aprendiendo a conservar lo que habían heredado, registrando sus logros para que los próximos nacidos pudieran recibir esas experiencias y resignando el deseo de seguir viviendo más allá de los treinta ciclos.

Sombra era un planeta acuático gigante que nadie lograba explorar antes de tener que morir. Esta camada estaba concentrada en los fríos mares a orillas de las cuevas de nacimiento. Una zona estratégicamente poco amigable para la exploración. Pero Kiron siempre se había sentido ajeno en ese destino natal. Irse de allí era lo único que intentaría por cualquier medio. Y la confesión de la hermana de Neptuna le dio el impulso para desobedecer las enseñanzas de sus predecesores, para no cumplir con la función que le habían encomendado. Quizás hasta lo supo desde el primer momento de su vida, desde la salida heróica de su huevo y la llamada instintiva que lo había hecho reptar hasta la cueva, siguiendo el peculiar aroma que lo unía a la específica caja impregnada con las directivas dejadas para él. Así me lo transmitió en una de las tantas conversaciones que tuvimos y seguimos teniendo en las costas de la isla de Tasmania, cerca de la desaparecida ciudad de Hobart.

Kiron y Neptuna sobreviven hoy entre las cuevas de lo que queda de la isla. Poco a poco se van adaptando a la vida en la Tierra. No sabemos cuánto más podrán vivir, pero no tendrán que morir a los treinta ciclos.

Los raptores de Neptuna son una civilización avanzada que esclaviza a algunos de los individuos de su propia especie en Sombra para cuidar a los especímenes que secuestran. Los convencen genéticamente de la necesidad de morir y los hacen convivir con los individuos de las especies secuestradas de los planetas que visitan. Neptuna había sido extraída del vientre de su madre cuando aún era lo más parecido a un pez. Un experimento que no había tenido un efecto en su madre, ya que ella ni se había enterado del embarazo y tampoco de su perdida. Pero los conquistadores se llevaron a Neptuna en ese estado temprano de gestación, protegida en un huevo mutante artificial que la transformaría en lo más parecido a una sombrana.

Una vez develado el secreto, Neptuna y Kiron convencieron a su camada de emprender una odisea, de explorar los alrededores de su asentamiento y llegar a la zona de control de la élite sombrana. Toda la camada quería vivir más de treinta chicos, rebelarse al destino impuesto y ver quiénes eran y cómo vivían los que los habían manipulado.

Por otro lado, Neptuna quería conocer la Tierra, saber todo sobre su origen. Y Kiron la acompañó en su propia odisea: robar una nave interestelar y dirigir su viaje hasta la Tierra.

Así fue que Neptuna y Kiron llegaron al planeta buscando a los verdaderos padres de ella. Pero yo soy lo más cercano a una familia humana que puedan tener. La Tierra ya no es como era cuando estuvieron los sombranos que la secuestraron. La especie humana dejó de existir hace muchos miles de años. La Tierra los aniquiló. Los seres humanos fueron víctimas de sus propios experimentos climáticos. No pudieron remediar el mal que habían hecho. Y la Tierra se defendió subiendo la temperatura, para sacarse de encima algo que percibió cómo un virus. Nosotros sobrevivimos, somos varios los testigos automatizados que pudimos conservar la historia de la especie humana.

Cuando vimos llegar a Neptuna y Kiron, creímos poder crear nuevos seres vivos con la genética de Neptuna. Hicimos muchos intentos de fertilización, pero ya nos dimos cuenta de que nunca podremos ver crecer un ser parecido a lo que pudieron haber sido sus padres biológicos y, menos aún, reproducirlos para volver a poblar la Tierra. Neptuna fue raptada demasiado pronto, el contacto con su madre humana no fue lo suficiente para evitar la mutación irreversible que lograron sus raptores sombranos.

Temo que vengan a buscar a los culpables de la rebelión, quizás también intenten llevarnos a nosotros para experimentar. Pero nosotros sabemos cuidar el planeta y protegemos a todos los seres vivos que lo habían.

Tengo la convicción de que podemos cambiar el diagnóstico adverso y que Neptuna y Kiron podrían reproducirse y poblar nuestro planeta.

Mientras tanto, todas las presencias automatizadas de la Tierra vigilamos. Esta vez los habitantes del sistema de Tabit tendrán que ser más eficientes, si quieren llevarse nuestros dos tesoros.

La autora

Isabel Santos

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1 Comentario

  1. ¿Es un cuento para niños?

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