Alguien se tiene que salvar
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"La boca era inequívocamente humana, un sensual pimpollo rojo bajo una pequeña nariz de botón; en cambio, los ojos en ángulo a los lados de la cara eran como gemas, mudas piedras de zafiro que se robaban la luz"
La criatura devoró de un mordisco al astronauta y Wilde, a treinta y seis mil kilómetros de altura, dio un brinco de espanto en la estrecha butaca de navegación.
— ¡Aaaah! — exclamó aterrado, mientras otra parte de su mente calculaba estrategias para el resto de los tripulantes desperdigados en la superficie. El ataque había sido súbito y devastador: de Almeida sólo habían quedado las botas, envolviendo aun los pies que habían vuelto a hollar el suelo después de tanto tiempo. La criatura (ahora Wilde la distinguía bien, maldita fuera) había regresado a su camuflada inmovilidad en el campo de coníferas que parecía integrar.
Aunque coníferas no era el término correcto: semejaban más bien enormes morillas de ciprés, o anémonas de mar con sus tentáculos plegados en una copa, que se había abierto de improviso y la criatura (pues Wilde no podía pensar en ella como un hombre) había doblado su cintura inclinándose sobre Almeida, sacudiendo su gorda y gris lengua espinosa, para arrebatarle en un instante la carne abotargada por el hipersueño. Wilde reposicionó el ojo del vehículo de aproximación superficial sobre la cota de diez mil metros. Las pampas de la antigua época estaban irreconocibles. Donde las suaves ondulaciones precámbricas habían sabido dar paso al lodoso delta fluvial, una abigarrada selva multicolor se extendía ahora hasta perderse en la lejanía: domos, doseles, macizos de inflorescencias inmensas, serranías azulinas de foresta hamacándose en la trémula tarde terrestre. Pero ninguno de esos colosales helechos, frondas y polipodios era una planta: todos eran seres humanos, devenidos en criaturas gigantescas por un proceso de especiación sumaria contenido en su programación genética. O al menos eso afirmaba Alicia. A Wilde le resultaba inconcebible. Naturalmente, Alicia no tenía esa limitación.
—Necesito que localices instalaciones capaces de dar refugio inmediato a la tripulación— dijo, dirigiéndose a la inteligencia artificial que comandaba el módulo orbital. Y como si no terminara de dar crédito a lo que ya sabía, preguntó una vez más: — ¿Estás segura que son humanos?
— Humanos estándar—. La distinción no era ociosa: concebidos para la colonización galáctica, los protoplastos mejorados podían recurrir a diferentes etapas del desarrollo evolutivo a fin de garantizar sus metas reproductivas, y adoptar por tanto formas infrecuentes y bizarras.
—¿Estándar? ¡Pero están prohibidos en la Tierra!
—Quizá no lo saben— observó Alicia, con ironía.
—¿De dónde vienen, entonces? — inquirió angustiado. Tenía treinta y nueve años o veintiséis mil, según cómo se mirara, y había alcanzado el corazón del cosmos desgarrando la pasta anonadante del vacío, pero jamás había sentido tanto miedo.
—Según las bases de datos, fueron liberados accidentalmente mucho después de finalizarse los lanzamientos de veleros estelares. — respondió Alicia. — Un cargamento remanente, almacenado en el polo. — y cambiando súbitamente de tema agregó: — He localizado un edificio que puede servir de protección, al norte de la posición de Lumbardi. Estableceré un sendero electrónico.
Wilde había logrado configurar una órbita geosincrónica sobre el estuario del Río de la Plata, en el centro de la anomalía magnética del Atlántico Sur, único punto donde el ruido proveniente del cinturón de Van Allen no hacía imposible el funcionamiento del instrumental. Las pautas de funcionamiento magnético terrestre estaban tan alteradas que los intentos de establecerse en una órbita ecuatorial de reconocimiento, tras el retorno del estatorreactor al sistema solar, habían sido equivalentes a conducir por una carretera montañosa durante un temporal de viento blanco. La tripulación había descendido sobre la costa bonaerense, separándose para una exploración más amplia, en compañía de un enjambre de autópteros, algunos armados. Pero el ataque de la cosa había sido tan rápido y pavoroso que dejó a Wilde alelado, sin reacción para ordenar los disparos. Su atención había pasado instantáneamente a los otros astronautas, que eran todo lo que importaba ahora.
Lumbardi se encontraba al borde de una laguna verde y gris bajo el sol, el viento encrespaba las aguas y hacía brillar bandadas de ojos en la superficie rizada. No se había quitado el casco a pesar de encontrarse en el planeta natal: estaba claro que las cosas habían cambiado mucho. La voz de Wilde casi atronó en sus oídos:
— ¡Amigo! Necesito que conserves la calma y te apegues estrictamente al protocolo.
— ¿Qué ocurre, Wilde? ¿Qué pasó con Almeida?
—Estamos rodeados de estándar por todos lados. Tengo una ruta hasta un refugio para ti, necesito que sigas las balizas.
—¿Estándar? No entiendo. ¿Qué hay de Almeida?
—Humanos estándar, Lumbardi. Cubren el maldito planeta. Y están hambrientos
—¿Estándar? —repitió Lumbardi. — ¡Pero están prohibidos!
—Han conquistado la Tierra, Lumbardi. De los sapiens no hay más rastros.
El viaje del estatorreactor había sido un fracaso, o un éxito, según cómo se mirara. Para evitar la colisión con una imprevista nube de escombros, la nave había tenido que mantener la aceleración subC durante un tiempo mayor al programado, llevando a los dormidos tripulantes a un largo rodeo de varios años-luz. La dilatación temporal resultante había provocado que a su regreso hubieran transcurrido más de veintiséis mil años, mientras que para los astronautas el lapso transcurrido había sido sólo de un siglo. La circunnavegación en torno a la estrella de Barnard no preveía el aterrizaje sobre ningún cuerpo planetario, y Alicia ni siquiera había despertado a la tripulación hasta la proximidad de la órbita terrestre, para economizar recursos. Por ello las botas del traje de Lumbardi eran las reglamentarias de caminata espacial, con suela gruesa de polímero flexible, sin blindar.
—Eres un idiota, Wilde. Sólo me estás asustando más. ¿Dónde está Almeida?
Wilde no contestó. Desde el puente de mando podía distinguir, a través de los autópteros, el movimiento de varios tipos de humanos estándar que se acercaban a la posición de Lumbardi: gente de fideos, parásitos volantes, altos y pálidos rostros arrastrando largas túnicas de pelo, haciendo resonar las zarpas desmañadas: el olor del hombre estaba en el viento y parecía inflamar la fronda de un apetito primal. Todo en torno, los gruesos árboles aguardaban. Wilde pensaba en Munster, que aún estaba en la inopia de todo, y en la propia Kozak, al otro extremo del largo tubo telescópico que formaba el módulo. Un tintineo crepitó en el exterior del casco, como una aspersión de guijarros, o un granizo de metal.
—Wilde— reclamó Lumbardi. —La ruta me marca un sendero que cruza por la laguna.
Wilde miró las pantallas.
—Es el camino más rápido— respondió. — No hay más que un palmo de profundidad en esa parte, puedo ver el fondo desde el tóptero Tres.
— ¿Estás seguro?
—Adelante, amigo— replicó Wilde. —Ya vuelvo contigo— agregó, reubicando los sensores de los tópteros para buscar a Munster.
Lumbardi vadeó el agua ambarina, receloso. ¿Dónde estaban los malditos estándar?
Los gusanos piraña brotaron del barro ribereño, escupiendo ácido, y atravesaron en un instante la suela de las botas reglamentarias, subiendo por el interior de las pantorrillas de Lumbardi hasta llegar a sus entrañas. Lumbardi se llevó las manos engarfiadas al pecho, y luego a la garganta, mientras el torrente de gusanos manaba de su boca y de sus ojos, disolviéndolo, esparciendo por la selva un olor acre y horroroso, y los altos rostros blancos himplaron en la siesta.
Munster avanzó entre los helechos, empuñando a la altura de los ojos el cálido policarbonato del rifle multipropósito SAMP-19U, que disparaba partículas de tungsteno a velocidad hipersónica. Era el único miembro militar de la tripulación, y tenía la misión no revelada de ponerse en contacto con la cadena de mando, o lo que quedara de ella. Suya había sido la idea de separarse tras el descenso desde la órbita, y había logrado alejarse un buen trecho del módulo de aterrizaje para activar el localizador de las instalaciones subterráneas.
La señal isotópica marcó un punto situado a veinte kilómetros: en el sitio de la antigua Buenos Aires, pensó Munster. Apartó un matorral de lirios de sangre, tiznando de dorado el traje espacial al pasar entre las áureas cabezas. La niebla que flotaba entre las plantas estaba colmada de voces: chillidos, zureos, gañidos que parecían provenir de los árboles mismos, de la hierba, del esponjoso suelo tapizado de musgo. Notó calor en el traje y al mismo tiempo reparó en que los instrumentos habían cesado de responder.
— ¿Wilde? —llamó por el intercom en vano. — ¿Estás ahí, Wilde?
El traje estaba apagado. Qué extraño, se dijo. Los sistemas del traje eran inmunes a una gran cantidad de fallos, exceptuando quizá los debidos a una masiva proyección de partículas cargadas. El visor se perló de rocío y Munster sintió que se ahogaba. El pesado traje, diseñado para la ingravidez del espacio exterior, se le antojaba un vetusto artefacto de inmersión, encajado en el lodo de una ciénaga victoriana. Manteniendo en alerta la caja del rifle, liberó el precinto de la escafandra y se desprendió del casco.
Ahora la música sonaba como un gorjeo, como el pelaje del viento agitando los senos de la fronda: la ruta de un ser alado en la pizarra arenosa del estío. Munster inspiró profundamente, saboreando el retorno a la Tierra por primera vez desde el fin del hipersueño. Había dormido un siglo mientras el estatorreactor circunvalaba Barnard, un sueño sin sueños que lo había dejado frío, como muerto. Pero ahora la calidez de la vieja Tierra lo embriagaba, como un licor ambarino que irisaba sus sentidos, una libertad entera, vibrante de melodías. Munster se quitó el traje. Avanzó algunos pasos por la hierba, los pies desnudos, mientras el arma desactivada se deslizaba de su mano hacia el suelo.
A poca distancia, sentada en un tocón cubierto de liquen, una mujer alabastrina parecía mirarlo fijamente. Munster dudó. La criatura tenía grandes ojos elípticos, pechos generosos y un par de antenas que salían de la pálida piel de su frente. La boca era inequívocamente humana, un sensual pimpollo rojo bajo una pequeña nariz de botón; en cambio, los ojos en ángulo a los lados de la cara eran como gemas, mudas piedras de zafiro que se robaban la luz. Removiéndose inquieta en su asiento, se inclinó inquisitivamente hacia adelante, haciendo latir las antenas. A su alrededor el aire onduló con suavidad, recordando a Munster los espejismos de las carreteras americanas. El aroma de las plantas era delicioso. Sus labios esbozaron un mohín, revelando una hilera de pequeños dientes nacarados.
— ¿Brr? — preguntó con voz de abeja, ladeando la testa en gesto interrogante.
Algo hurgaba en el cerebro de Munster, delgados dedos fantasmales que presionaban sus gónadas y riñones. El soldado sintió que algo iba mal.
— ¿Grbz? — insistió la mujer sentada. Parecía llevar un velo sobre su cuerpo, un vestido de blanca gasa que envolvía su cuerpo con dos alas plegadas sobre el pecho. Su mano izquierda reposaba sobre el borde del tronco, su actitud era a un tiempo altiva y despreocupada, como una diva. Munster se acercó.
—No entiendo— atinó a responder. Las guadañas de hueso se proyectaron desde la espalda de la mujer y lo despedazaron en un instante. La mujer se pasó el borde del ala dentada por los labios, pero no se levantó del pedestal, mientras el olor de las entrañas palpitantes frente a ella se esparcía por el bosque.
En las plantas de los pies sintió un rumor, acercó la mano derecha al suelo, tocándolo con la punta de los dedos y sonrió: ahora sí. No separó el trasero del tocón, no podía. Estaba unida a él del mismo modo que un globo ocular a su cráneo, que una lengua a su boca. Exhalaba una variada gama de feromonas y sustancias similares, podía emitir un cono de interferencia electrónica a través de sus antenas, y de noche brillaba levemente, con ritmo propio.
En la linde del claro aparecieron dos personas de fideos, luego tres, husmeando el rastro del hierro en la sangre derramada. La mujer aguardó, volviéndose de un tono ceniciento como el liquen que florecía detrás de sus muslos. Los fideos se echaron sobre la carne: uno de ellos, hozando con el morro en el derrengado traje espacial, esperó el ingreso al claro de una piara de retoños desconfiados que ronzaban al marchar. Toda la tribu se unió al banquete. La mujer había desaparecido entre el follaje.
De golpe fue como si el cielo se hubiera abatido sobre los viandantes: la tierra se hundió como una enorme bolsa y una boca que recordaba a la de una ballena, o quizá a un pelícano, engulló a todo el grupo de estándar. En el interior de la boca, con gesto virginal brillaba la mujer, como una úvula abisal.
La tapa se cerró sobre la escena. La bestia era la colina misma, poblada de árboles que tal vez no lo fueran. Cubría un área de dos acres en cuidada comunión con su entorno, desplazándose sistemáticamente por la selva iridiscente, para no agotar los recursos que necesitaría más tarde. Echó a andar muy lentamente, moviendo sobre pies de barro su carapacho de quelonio encostrado de quitridios y percebes. Casi no se percibía su paso.
Wilde se levantó de la butaca, horrorizado, debatiéndose entre sus instintos y emociones. Escuchó otra vez ese ruido en el caso, como uñas arañando el aluminio. Por un momento permaneció distante, pellizcándose la barbilla mientras se perdía en su espíritu. Luego arribó a una decisión.
—Alicia— ordenó al sistema —Despacha a Kozak rumbo a Europa. Alguien se tiene que salvar.
Kozak permanecía en hipersueño y podría remolcar más tarde el estatorreactor, anclado por seguridad en la posición orbital L5, desde la pequeña luna joviana. El colapso de la misión era inminente, y Wilde debía asegurarse que los componentes de la nave interestelar no cayeran en manos de los monstruos que habitaban la Tierra. Programó las instrucciones para que el ojo eléctrico guiara el sarcófago de emergencia hasta la estación automática de Europa, cuyo reactor de plasma preveía una vida útil de doscientos mil años.
—Así que esto es el futuro— murmuró, mientras la nave expelía la diminuta bala negra de Kozak rumbo al espacio —. La guerra de todos contra todos.
—Señor— respondió la inteligencia artificial. —Creo que intentan penetrar el casco.
— ¡¿Qué?! — vociferó Wilde —¿Cómo es posible?
—Me temo que los patrones magnéticos inusuales que envuelven el planeta responden a una actividad deliberada. Un gran organismo colonial de base eléctrica, quizá un coloide de tamaño planetario…
Pero no llegó a terminar la frase. La nave se abrió como un cacahuete y al instante cesaron todas las funciones, mientras el chorro de partículas que constituía el humano estándar sorbía su contenido rico en electrones. Más tarde lamentaría haber despanzurrado el vehículo, porque diversas piezas se habían perdido en el espacio y la nave misma había quedado inservible; no obstante, un racimo de nódulos había logrado incrustarse en la portilla del artefacto saliente antes que abandonara el módulo orbital. Los cristales germinales llegarían intactos a destino.
Inquieta en su ataúd congelado, el alma de Kozak se revolvió en sueños. El artefacto la conduciría a través de las nubes de asteroides hasta posarse en la craquelada faz de Europa, donde el periscopio que se asoma sobre el hielo abre el paso a la pecera candorosa del océano interior. Un estremecimiento recorrió a la mujer dormida. A un palmo de distancia de su rostro, los parásitos se anticiparon al festín.
* Ilustraciones realizadas por el autor bajo técnica de arte e ilustración digital
El autor
Maximiliano E. Giménez
Músico y artista plástico
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