Mujer disfuncional sueña
Un homenaje a El sueño de un hombre ridículo de Fiódor Dostoyevski. Un viaje por el tiempo, la distancia, las lenguas y la naturaleza humana
Soy una mujer disfuncional…
descolocada… extemporánea… desolada.
Sé lo que piensa la gente cuando me ve, si me ve, no siempre lo hace. Sé lo que piensa la gente cuando me conoce, si me conoce, no siempre les deja mi muro de hormigón. Sé lo que piensa la gente cuando me escucha, si me escucha, veo perfectamente la línea curva y luego recta que trazan mis palabras entrando y saliendo de sus oídos, sin que ni una se quede dentro. Soy una mujer descolocada, no arraigo en lugares, corazones, personas o tiempos, soy como una gótica victoriana aterrizando en MundoTartadeFresa.
Intento evitar el orballo de opiniones, miradas, normas que me rodean, pero consiguen calarme y llenarme de aguanieve. Mi vida ha sido siempre como el juego de las sillas cuando eres la que no se sienta.
En el colegio no era ni lista ni guapa ni llamaba la atención por nada que no fueran mis pañuelos de tela llenos de mocos y mi condición de secundaria, de las que palman enseguida y sin frase; no todo era chungo, recuerdo que tenía amigas y que les parecía simpática (casi todas las veces).
A mi alrededor orbitaba cierta preocupación por mi falta de espabile y por mis cualidades enfermizas: Asma, pruebas de alergia, ventolines, inyecciones, jarabes, vacunas; solía llevar varias capas de ropa, motivo por el cual todavía hoy me siento aprisionada si mis sudaderas no tienen cremallera. Mi adolescencia creció en descoloque y fue una romería de psicólogos, test de inteligencia, psiquiatras y medicaciones varias que continuaron en la treintena larga añadiéndose sexo a esgalla, alcohol a cascoporro y barra libre de libros. Drogas no, esas se las dejaba a mis colegas, yo con el alcohol iba sobrada.
Pensaba a menudo si la vida era eso tan incompleto, si la peña también se sentía así, si era normal solo estar bien con Bécquer y sus movidas de golondrinas, con Lorca y su Núyork surrealista o con Allende y sus planes infinitos. Soportaba tanto dolor y decepción como causaba y cada palabra que no decía y cada palabra que me decían caía sobre mí como gota de tortura china, horadando y desbrozando, dejando un surco preparado para la siembra de cierta idea que apareció, no como definitiva, no como solución, sino como pensamiento que todavía no se queda a dormir, pero que acabará por hacerlo.
Evitaba el amanecer, incluso en mi cabeza; beber lo despistaba durante un tiempo siempre breve, huía de esos mordiscos implacables que sentimos las desesperadas, las apátridas del amor, las descolocadas; continué disfuncional durante lustros llenándome de gotitas hasta que una noche de noviembre, de un año que no puedo ni quiero especificar, completamente enchoupada[1] en licor café (no solo de Lorca vive la mujer) la semilla floreció bien regada, alimentada con alcobas húmedas, callejones, cigarrillos Lola y tugurios casi subterráneos.
Esa noche estaba en la Quintana tumbada bajo un aguacero de mil pares de ovarios, la lluvia caía a caldeiros[2] y yo impávida, laxa, como si estuviera tomando el sol. Pensaba que qué carallo[3] hacía allí, sobre las piedras acuosas y más sola que un ácaro en una convención de Roombas; las gotas de lluvia eran del tamaño de cachelos[4] y yo me sentía más disfuncional que nunca y una idea, aquella de la que os hablaba antes y que me había acompañado cada día de los últimos putos dos meses, vino a socorrerme, como una estrella que se me lanza a los brazos, en esa noche de un 3 de noviembre, la noche en la que decidí suicidarme.
Tenía en casa dos cajas de pastillas para la depresión que me habían recetado, ya había tomado siete, pero no alcanzaban a desdisfuncionalizarme ¿Por qué no tomarlas todas juntas? ¿Por qué no? Me pareció una idea magnífica, un alivio largamente esperado. Estaba decidido; llegaría a casa, me sentaría como siempre en la mecedora y en lugar de quedarme allí las horas de costumbre sin dormir, escuchando el barullo que los estudiantes hacían en la habitación de al lado como si me esperaran —Yo me acunaba, vegetaba, miraba el cristal sucio mientras los oía gritar, beber, arrastrar muebles, trolleys, ver La isla de la tentaciones aullando en los momentos cumbre y venga a mover sillas y a romper vasos todos los días con puntualidad mecedórica— me tomaría las pastillas que estaban delante de mí en la mesa, pero… no sucedió así.
Me quedé traspuesta como jamás «me había ocurrido antes»[5], un sopor plúmbeo como parrafada de Heidegger me derrumbó. Fue extraño porque nunca me dormía al mecerme, me caía al suelo a las cinco o seis de la madrugada cuando ya la ginebra del Lidl me noqueaba, pero justo esa noche en la que había decidido suicidarme teniendo muy claras todas las consecuencias, —para la gente que me amaba el dolor sería como depilarse con cera las piernas, intenso, pero fugaz y para mí, al fin el fin, mi mundo evaporándose; dejaría de ser una decepción con patas, una página no encontrada, acabaría la fatiga de tener que relacionarme de manera insatisfactoria hacia dentro y hacia fuera—, justo esa noche en la quería desaparecerme, me dormí como una niña tras leerle un cuento, arroparla y cantarle una ninna nanna[6].
Me dormí y tuve un sueño como tantos en el que situaciones, personas y lugares conocidos se mezclan con cosas no reales, hechos insólitos, pero con detalles precisos que los llenan de cotidianidad.
Acontecía en aquel estanque donde siendo adolescente me habían lanzado a la salida del instituto, era también un mar-espacio en el que no te hundías; la palabra idílico se había vuelto palpable, estaba rodeada de pinos, castaños, camelias, magnolias, carballos… Me sentía bien, sin pastillas junto a mí, sin preocupaciones ni desaliento y algo desconocido —felicidad germinando— me aclaraba la vista.
Había allí personas amables que escuchaban activamente y aceptaban a las demás en sus infinitas peculiaridades. Una madre le decía su hija que se sentía muy orgullosa de ella y su hija preguntaba: ¿De mí? y se tocaba el cuerpo para comprobar que aquello era verdad —tal vez aún no asentada en lo onírico— ¿Pero si soy una borracha y muchas cosas más que no puedo ni pronunciar en esta dilaitful-atmósfera?, la madre le acariciaba la mejilla y ante tal escena no pude evitar conmoverme hasta que manaron de mí lágrimas de alegría, orondas como rosquillas de feria ¡Tales lágrimas existían!!
Y soñé que Enzo corría y ladraba y se lanzaba a la búsqueda de bocadillos en las mochilas infantiles; Tara hermoseaba el mundo con su revuelo de Pompón y nubes; Nena era carbón que no quema, pero da calorcito buscando apapachos y pelotas de tenis lanzadas al aire; Poppy y Cara desfilaban con distinción en sendos ternos color antracita y Mincha con sus pequeños y errabundos pasitos parecía un viejo coronel retirado de una novela de Agatha Christie. No me preguntéis cómo sé que esos perriños se llamaban así pues lo sabía en mi sueño con total certeza. Paseaban a los perros mujeres con las manos llenas de viento y el pelo de lava, caracoles, cornalinas, plata, galenas, pirita, ónices, ceniza, desfiladeros, ondas, obsidiana, azabaches, granito y bucles.
Completaban tal estampa revuelos de querubín dorado en patinete, infancias en bicicleta y subidas a los árboles; sucias de fango, de nenúfares, de renacuajos, de contento; Llenos sus oídos de buena vibra y conciertos de ranas.
Las mamás hablaban de cosas importantes: de la forma de violín de tal nube, de dorayaki o menhir de tal otra; de cómo construir y volar una cometa; de esa sensación que da el pescar con el agua hasta las rodillas; de lo bien que estaría que los hombres tuviesen una habitación propia; de lo divino en María Zambrano; del efecto de los rayos gamma sobre las margaritas y escuchaban con afecto a los papás que se intercambiaban recetas y debatían acerca de si la tortilla de patata tenía que hacerse con o sin cebolla y hasta uno dijo que él le ponía chorizo a la paella y ¡NO PASÓ NADA!! Nadie lo juzgó ni lo llamó loco o hereje y él continuó tan tranquilo tejiendo una falda púrpura para su hijo Andrea.
Comenzó a llover y no se dispersaron como la grasa bajo el Fairy, se quedaron saboreando la lluvia, bailándola y como en las películas una ventana se abrió, de ella salía una música celestial mezcla de Bach (¡Magdalena, ofcooss!), satélites, electrónica, panderetas, batucada, elfos y guitarras eléctricas.
¡Qué cosas más disparadas se le antojaban a la sinrazón en mi sueño![5]
Yo observaba con una dicha y una calma «grandiosas, renovadas y fuertes»[7] y vi a una niña, yo la vi, subida a un hermoso Ginkgo en ese momento en el que siendo verde comienza a volverse precavido, se movía en él con tal seguridad como si fuera su casa y cuando ella me miró… mis ojos se abrieron.
Nunca salgo a la calle antes del atardecer, no acostumbro a estar en condiciones de ver la luz diurna sin sobresaltos o sin gafas de sol, pero esa mañana rabiosamente radiante no tenía resaca pese a los innumerables tragos que me había pimplado antes de dormir. Me sentía despejada, radiante también yo y salí a caminar, llegué hasta el estanque soñado que, aunque cercano, no había pisado en más de veinte años. Allí estaba el Ginkgo, del mismo color que en mi sueño y subida a él moviéndose con tal seguridad como si fuera su casa —¡No me vais a creer, pero yo la vi, ¡Yo la vi! — la niña que me miró justo antes del despertar; su madre leía en un banco cercano, levantó la vista, sonrió y dijo: «Cosima, nos vamos en diez minutos», ella se asomó entre las hojas, su mirada me encontró y supe que me reconocía.
En cuanto a aquella idea del suicidio se alejó tanto que ya no la pienso. Una chispa de algo nuevo me atrapó ¿Esperanza? sí, lo era y aunque pequeña crecería, sin duda crecería.
Notas:
[1] Gallego. Mollar [unha cousa] de xeito que quede totalmente penetrada dun líquido. A chuvia enchoupa a tona da terra.
[2] GAllego. Recipiente máis pequeno ca a caldeira, cunha asa que vai de lado a lado da boca, que se usa xeralmente para quentar a comida dos animais.
[3] Gallego. Emprégase na fala popular para manifestar sorpresa, dor etc.
[4] Gallego. Pataca cortada en toros, cocida coa pel.
[5] Mujer disfuncional sueña, es un claro homenaje a El sueño de un hombre ridículo de Fiódor Dostoyevski, por ello aparecen citadas textualmente algunas palabras o frases y otras que no menciono tal cual, pero que sí contienen el poso de lo narrado en dicho relato.
[6] Italiano. Canción de cuna
[7] El sueño de un hombre ridículo de Fiódor Dostoyevski.
La autora
Silvana Lameiro Micciche
Escritora
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