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Cáscara de nuez

Alfredo Daniel Copado Vences (México, 1990)

Licenciado en Arte y Patrimonio Cultural (UACM) y Maestro en Ciencias Sociales (UACM). Escritor de relatos bélicos, fantásticos y de terror que han sido publicados en diversas revistas literarias en América Latina y Europa.

 

Aquí comienza la historia de Sara, una menuda adolescente de cabellos cortos y rojizos. Ella tenía un suéter amplio color nuez, tenis decolorados, uniforme escolar desalineado con blusa blanca y unos anteojos inmensos que ocultaban el rostro de una tierna mozuela de hermosas facciones. Así lucía aquella pobre cáscara antes de que la tempestad la azotara. Una verdadera tragedia.

Cierto día, una triste figurilla de andar patizambo se paseaba ansiosa por las calles huecas de aquella ciudad ruinosa. Su suéter guango, el cual le llegaba hasta las rodillas y cubría completamente la falda entablillada, se le metía travieso entre los muslos mientras batallaba por seguir avanzando en la acera. A cada palmo del camino tenía que ajustar con una mano trémula sus enormes gafas de armazón reforzado que le cubrían gran parte del rostro.

Esas grandes ventanas no se podían mantener muy bien sobre aquella pequeña naricita respingada. Una mochila algo vieja le abrumaba penosamente el paseo a causa del gran peso de libros, libretas y otras chucherías. En sus oídos yacían unos audífonos enredados los cuales reproducían una conocida obra de Wagner. Sus tenis, claramente más grandes de lo que requería, se atoraban entre las hendiduras de la banqueta a causa de las suelas estropeadas. De esta forma se esforzaba la pobre desdichada para llegar la esperada cita, la primera de todas ellas con su anhelado Ruiseñor. Soñolienta y encantadora avanzaba esa chiquilla sin precaución de los peligros que acechan a ambos lados de las calles crueles. En realidad, sí había razones para ser tan cuidadosos en aquel día en particular.

Las calles estaban desiertas en todas direcciones donde se pusiera la mirada. Los anuncios, siempre luminosos, ahora parecían dormitar en un ambiente gélido. No había vehículos ni otros transeúntes, además de la muchachilla. Nada de niños, mujeres, hombres o animales. Ni siquiera se veían aquellos indeseables vendedores que uno suele encontrarse en todos lados. Solamente se escuchaban los pasos presurosos de esa niña torpe que deambulaba entre calles resecas que desconocía. El aire parecía bullir extrañamente como si una exhalación espectral hubiera arrasado con la vida sobre aquel páramo. La razón era simple: se había pronosticado un fenómeno extraño, una batalla próxima a estallar en aquella zona céntrica de la ciudad. Todos los comerciantes y gentes de los alrededores, percibiendo tal peligro, habían huido con la cola entre las patas dejando sobras y despojos para que sirvieran los testigos de la masacre pronta a iniciar.

Pero para la pequeña Sara, inocente, despistada y confiada, esa soledad no la inmutó de ninguna manera. ¡Tonterías! Ella había agendado con su Ruiseñor un exquisito paseo con la intención de concretar una mera formalidad, un lindo y largo noviazgo. Sara nada sabía de advertencias o del sonar de los cuernos de guerra próximos. Ella solo batallaba con aquellos enormes anteojos que se balanceaban en su cara, y con aquel suéter inmenso que le enredaba los muslos y con el tremendo peso de su mochila que la fatigaba.

Cuando estuvo por llegar al lugar de encuentro, sus manos pasaron de sostener los inmensos armazones para enmendar con ansiedad el pequeño moño rojo que descansaba sobre su pecho. De pronto, a lo lejos, vio recargado sobre un viejo poste a su amado Ruiseñor. Él sí parecía impaciente y hasta angustiado, pero Sara estaba lo suficientemente ilusionada para comprender que todo aquello había sido una estúpida idea. Enseguida notó que no podía detener sus torpes pies y en su lugar comenzó a caminar más rápido. Fue entonces cuando pasó del temor a la culpa. ¿Por qué había escogido aquel sitio para coquetear con el Ruiseñor? ¿Por qué estaba tan nerviosa por verlo? Sus ropas ahora le parecían ridículas y en su interior nació un odio inmenso por ellas. ¿Por qué se afanaba en usar ese suéter tan grande y feo todavía? ¿Por qué usaba siempre un uniforme tan desalineado? Sus propios tenis la avergonzaban. El moño rojo yacía ahora desecho sobre su busto prominente, pero bien disimulado debajo del suéter color nuez. ¡Demonios!, pensó ella, hubiera escogido un atuendo más adecuado. El peso de la mochila y la humillación le obligaron a avanzar con la mirada sobre el suelo.

Cuando estuvo frente al Ruiseñor, sus pies vacilaron y con un movimiento brusco plantó sus pies en el suelo, dejando caer la mochila estrepitosamente. El Ruiseñor, un poco desconcertado, la inspeccionó un segundo y en su rostro se dibujó una sonrisa divertida. La pobre Sara malinterpretó esta señal. Al subir la mirada sintió el peso agobiante de las gafas que se le deslizaban de la pequeña naricita. Con pena y frustración las sujetó con la punta de sus dedos, y arremetió con toda su furia contra ese par de anteojos. Eso era lo que más le irritaba en ese momento. Nunca antes había tenido que usar anteojos. Justamente aquel era su primer día como cuatro ojos a causa de una miopía sin atender. Aquellas lentes eran inmensas, descuadradas y muy pesadas y le costaba acostumbrarse a ellas. Se avergonzaba que el Ruiseñor la contemplara así, fachosa y desalineada. Casi se sentía impura.

Tantas horas de coqueteo y atrevimientos online le parecían infértiles ahora ante ese berrinche. Estuvo a punto de abandonarse al llanto, dar media vuelta y desaparecer entre las calles solitarias tal y cómo había llegado. Pero en el último instante el Ruiseñor suavizó sus facciones al ver que detrás de las enormes gafas comenzaron a brotar unas gotitas aperladas que amenazaban con desbordarse por aquel rostro infantil. Sara trató de contener con sus manos las lágrimas traidoras al mismo tiempo que luchaba por encajar los lentes sobre su nariz ya irritada. Al final unos sollozos le salieron de lo más profundo de su pecho, no pudo evitarlo, y comenzó a agitar la cabeza intentando ocultar su rostro enrojecido. Un viento lejano pasó frente a la pareja y refrescó la escena por un instante. El Ruiseñor pudo ver cómo los cabellos cortos de Sara se movían sensualmente mientras acariciaban aquel pálido cuello desnudo. Eso le excitó y lo animó. Repentinamente soltó una risa franca y cubrió con ambos brazos a la jovencita, la cual apenas le llegaba a la altura del pecho. Fue un momento intenso. Ambos corazones parecieron detenerse por un segundo. Había surgido lo que ella tanto esperaba al fin.

Sin embargo, la semilla del mal crecía y se había vuelto imparable. De pronto, esa malignidad se desencadenó abiertamente y se arrancó todos los velos. Con furia e indolencia surgieron dos enormes turbas enardecidas a uno y otro lado de la avenida principal. Por el norte llegaron gruesas filas de manifestantes radicales, armados con botellas, explosivos caseros y toda clase de artilugios desafiantes. Por el sur marchaban las fuerzas policiales armadas con tanquetas, escudos, gases, cachiporras y otras armas de represión. Parecía que todo el tiempo estuvieron ocultos entre esas mismas calles, esperando el momento adecuado para el choque.

En un pestañeo ambos bandos comenzaron presurosos su embestida final. El cielo y la tierra se fragmentarían por la fuerza de aquel impacto. Los enamorados, conmocionados, llenos de terror y hasta enfurecidos, se apretaron en un abrazo dramático. A sus pies rodó algo metálico y enseguida una cortina de humo espeso y asfixiante se desparramó por todos lados. El Ruiseñor soltó a Sara y Sara ya no sintió al Ruiseñor. Después, se pudo sentir el funesto dolor del primer golpe. Hubo gritos, pánico, llanto, confusión y muerte. Surgieron sonidos horribles de huesos quebrados, carne incinerada y heridas que se abrían. El asfalto fue azotado por la muerte y el aire puro se disolvió con el olor a carroña. Aquel arrebato culminó así en medio de una ceguera sofocante. Ahí se perdió el Ruiseñor y Sara, la pequeña ensoñadora. Horas, días y años pareció durar todo aquello.

Al final del día, cuando la batalla pereció, llegó la rapiña que observó enmudecida los estragos de la guerra. Debido a que la bruma cegadora se había elevado al cielo y ahí se había esfumado en medio de un resoplido agobiante, ahora podían verse los restos de la carnicería. Pese a lo que podría suponerse, a un lado y a otro no se veían cadáveres de ningún tipo. Tampoco se veían los restos de cierta muchachita distraída o de un alto y guapo Ruiseñor. Más tarde, casi a media noche, la luz de una luna llena reveló algo desconcertante. Justo donde el gran abrazo final había sucedido, yacían una mochila abandonada, un par de enormes gafas feas con los vidrios quebrados y debajo de todo un suéter guango color nuez hecho jirones y totalmente impregnado con manchas de sangre coagulada. Nada más se supo del cuerpo de Sara, ni mucho menos de su enamorado. Solamente quedaron esos despojos como testimonio de una batalla cruenta y estéril. Ese fue el día que la humanidad pudo quebrar por fin esa hermosa cáscara de nuez en medio de edificios altos y calles contaminadas con publicidad.

Alfredo Daniel Copado Vences

Licenciado en Arte y Patrimonio Cultural (UACM) y Maestro en Ciencias Sociales (UACM). Escritor de relatos bélicos, fantásticos y de terror que han sido publicados en diversas revistas literarias en América Latina y Europa.

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