Murmuración espasmódicaVoz y verbo

Dicotomía del discurso

Dicotomía del discurso

Wafi Salih (Venezuela 1966)

Poeta y escritora nacida en Venezuela de ascendencia libanesa. Dedicada principalmente la escritura poética, y en menor medida al relato y ensayo. Se le reconoce por el desarrollo del genero poético haiku en Venezuela.

E En el autobús, camino a la oficina, 7:30 A.M. Cada uno carga silencio y odia la jornada.
—Armando. Habla de tu vida pendejo ¿Vas a arrugar, no vas a saber que decir?—

Gritaban en mi cabeza sus ojos de degenerado. Reaccioné, me arranqué a contar mi vida de autor, yo que pensaba que no tenía vida, me la inventé; saqué dos hojas del manuscrito, encendí el detector de mierda y me puse a tachar.

Aunque la frase que me perseguía, el techo que me había puesto como escritor, era la frase más genial de la literatura latinoamericana.

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo»

Luego, el consejo de Armando: mi frase dramática sacada de las canciones que cantaba mi padre, cada vez que llegaba borracho, golpeándose con todo y golpeando a mi madre. Pero eso es parte de mi historia, no de la que quiero contar. Y aquí Armando ha sido traicionado en su consejo.

No diré a nadie, nadie tiene que saber lo patética que fue mi vida. El niño que temblaba debajo de las cobijas y ahogaba el llanto, y hoy la culpa, por nunca haberla defendido de las injurias de un hombre celoso. Prefiero seguir escribiendo mentiras.

Queda poco tiempo para llegar a la oficina, no gano nada recordando cosas que ya nada tienen que ver conmigo. Empezaré a leer lápiz en mano:

Sin la facilidad de escribir, cercado por la ajenidad de la ficción, la primera persona del singular, era ella. Más allá del desgano del nihilismo, ella. Texto hecho cuerpo.

Cuando nos encontramos en la misma historia, una historia natural, diría que sin importancia, ahí éramos iguales en eso de no terminar nada, de no ansiar nada, ni esperar, ni reparar en nada; carne para atisbar el mundo, eso éramos.

Su destino estaba ligado, ¿quién sabe por qué al mío?

Era ella un par de ojos crucificados. Sin embargo, soterradamente mostraba todas las formas de la alegría.

Aquí, en las calles de una ciudad que me resulta desconocida, transporto en la espalda, en los pies, en el cansancio, cada recuerdo. La memoria los enciende en el humo del cigarro, en los avisos publicitarios, y los ladridos de neumáticos que se alejan en la noche, servida en el cáliz sagrado de la soledad.

Supo la rutina relamerse en los sabores de la derrota, al sátiro lúgubre que resguarda en la secuela la impertinencia. El don alquímico de sentir que la naturaleza es deber y castigo.

Viuda de las horas, ella se contentaba con narrar reyertas de guerra. De guerras que jamás se librarán, porque, despojada de la ilusión, se repetía como la gota desquiciante de un lavamanos cuando la noche abre sus fauces, y muestra el oscuro laberinto de la soledad.

La sombra no encuentra paz, sólo se recubre y se descubre en los símbolos que nos organizan la existencia. A veces basta una pésima canción de despecho: «El preso número 9, era un hombre muy cabal, al ver a su mujer en brazos de su rival, la mató, y a un amigo desleal». Sentir que algo nos regresa al cuerpo. Sí, eso pasa. Es buena una esquina con un pedazo de muro sobresaliente para sentarnos desgajando el etéreo fruto de las traiciones. Es al instante de asumir que estamos expulsados, que hemos caído en el «no lugar». Que es normal, casi necesario el rechazo. Es tiempo de recomenzar la búsqueda de eso de nosotros que le entregamos. En mi caso a ella, a Carmen.

No la miraba para no ceder ante su provocación. La seducción es un concepto vago atribuido a los débiles y yo estaba débil, cercano a lo incorpóreo. Toda ella parecía decirme: Tardaste en darte cuenta de la tribulación que eres. Igual a los perros, percibía en mi boca, en el paladar, el sabor excremental de las palabras podridas. A fuerza de silencios, estas salían de mis labios, arrastrándose, semejantes a la clemencia, a la autocompasión, al perdón. Me convertía en una autopsia. Algo del universo me anulaba a su aliento.

No está tan mal.

Ahora que el autobús me está acercando finamente a la oficina, y no lo leo a medianoche de un fin de semana, me percato que podría ser el comienzo de mi novela. Hay que acumular horas de trabajo para asegurar experiencia. A los 26 años un abogado no tiene oportunidad de viajar en primera clase, ni tiempo para escribir, ni cumplir sus sueños de escritor. Los clientes piensan que aún eres una suerte de adolescente en pasantías, no te entregan casos, a lo sumo firmas y redactas documentos de alquiler, separación de cuerpos, limpieza. Cachifadas legales.

A las siete y treinta no hay desolación. Las paradas están llenas de sin sentido, de expectativas, de lunáticos que aman sellar un pacto entre su trasero y la silla de la oficina.

Al fin la Torre «David», el elevador, piso nueve, oficina del Doctor Merton. La secretaria mira el reloj, ocho y diez. Si, diez minutos tarde. Pero ella es un perro y te ladra, toma nota, lleva el registro de tú vida. Amable, ahora te ofrece café; imperativa, la carpeta con las tareas del día.

Lunática. Es una maldita lunática que tiene como artículo de salvación cazar un error en uno de tus documentos. Luego guardarlo en un archivo. A clickear, abrir y mostrar a los demás abogados, para hacer de ti la expresión maloliente de la crisis educativa.

La oficina que comparto con el Júnior de Merton tiene escasos doce metros cuadrados. Me gradué con él, me encontró el chance, pero a partir de ahí la amistad empezó a tener evacuaciones de hielo.

No se discute lo existente con otra cosa que no sea la existencia. Esta puede ser la piedra angular para sacudir las lágrimas trágicas y graves del absolutista. Lugar en que, cancelada la deuda con la verdad, encontramos el posible labio tangible de la palabra (como tema y argumento).

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La autora

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Wafi Salih

Es profesora de literatura y magíster en Literatura Latinoamericana

Wafi Salih

Es profesora de literatura y magíster en Literatura Latinoamericana

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