Alba inmarcesibleVoz y verbo

Los músicos de mi orquesta sinfónica

Los músicos de mi
orquesta sinfónica

Por:

José Aristóbulo Ramírez Barrero (Bogotá, 1980)

En nuestro bosque, envenenando con mercurio el agua de nuestros ríos y condenando a muerte por inanición a venados y monos aulladores

De menor a mayor, estos son los músicos de mi orquesta destemplónica dormilona que, a punta de rabietas, esfuerzos y crujir de dientes, día a día y antes de que sea demasiado tarde para mi ciudad, yo trato de convertir en orquesta sinfónica ecológica…

En los teclados, Sofonías Muriel, «Big Sofo», el amor de mi corta existencia y quien, llueve, truene o relampaguee, desde que el gallo canta anunciando la luz del día hasta que el mono de la tele lo hace también, aunque no tan bien, advirtiéndonos que es hora de cepillarse la boca y acostarse a dormir, valientemente, gallardamente oprime y oprime teclas y más teclas, las reales de su teléfono celular, su consola de juegos y su computadora, y las no tanto, las de su pierna izquierda y las de la barriga de su perro Lionaldo, qué nombrecito, el de ambos, para salvar a la princesa Bovia o Zenobia o algo así, un bicho de videojuego la mar de exasperante que, haciéndose la mosquita muerta, escapa de un peligro para meterse en otro, una y otra vez, qué vieja tan mensa y tan aburridora.

«¡Caracoles!», chilla Big, destemplado y descorazonado al ver a su damisela cautiva nuevamente, y yo chillo más todavía porque odio con alma, vida y corazón a la Bovia esa, por ser mi rival y por otras cosillas… «Compréndeme, Yisel, ella es la última de su especie. Si no la rescato y la siento en su trono esmeralda la raza de los Zeta desaparecerá para siempre de la faz de la tierra». «Qué Zeta, ni qué jeta, ni qué Zenobia. Ojalá todos ellos se desconfiguren y se viruseen para que tú, Big, qué Big ni qué ocho cuartos, para que tú, pequeño perico de los palotes, te dejes de utopías y de fantasías y en vez de empeñarte en salvar el mundo virtual hagas el deber de salvar tu terruño real que está desbarrancándose en tus narices», le espeto con rabia a mi amor, al tiempo que lo tomo de las orejas y lo obligo a que se asome por la ventana de su casa y le eche un vistazo a lo que está sucediendo a su alrededor, la empresa Gol talando guayacanes, carretos y caracolíes, envenenando el agua con mercurio y condenando a muerte por inanición a venados y monos aulladores…«Son ellos, además del mono tití, la palma amarga, los bagres y las babillas y no los Zeta jetas de paleta los que necesitan, para no extinguirse, de tu astucia y de tu concurso».

Pero mi discurso le entra a Sofonías por una oreja y le sale inmediatamente por la otra, sin mosquearlo y sin agitarlo. Y encogiendo los hombros, como queriendo decir “me importa un comino tu juego real”, se aplasta en su silla a oprimir botones.

En las cuerdas, Amanda Barreneche, “Sweet A”, mi mamá y quien más o menos igual que el dueño de Lionaldo, al son del mismo gallo y del mismo mono de la tele, se pasa la vida colgando afiches en las calles para alertar sobre la caza ilegal de focas en Islandia y de osos polares en Siberia, cartelitos en su muro virtual de Facebook para protestar por la inminente extinción de la nutria en Los Pirineos y del águila calva en Alaska.

«¡Caracoles!», chilla Sweet, afligida y entecada al enterarse de lo que le está sucediendo al tigre de bengala, y yo chillo más todavía porque no entiendo cómo, siendo tan piadosa con el sufrimiento ajeno, que es una actitud de admirar, sea tan indolente con el sufrimiento propio, que es una actitud de deplorar… «Compréndeme, Yisel, alguien tiene que abrirle los ojos a la humanidad. No podemos permitir que en la taiga y en la tundra sucedan ese tipo de cosas». «Qué taiga ni qué tundra ni qué ocho cuartos. Que perseveren por ella los tártaros y los cosacos para que tú, mamacita combatiente, te puedas dedicar a salvar a tu bosque nativo que está desapareciendo justo en tus narices», le espeto con ira a mi mamá, al tiempo que la tomo de las manos y la obligo a que se asome por la ventana de nuestra casa y le eche un vistazo a lo que está sucediendo a su alrededor, la empresa Gol talando guayacanes, carretos y caracolíes, envenenando el agua con mercurio y condenando a muerte por inanición a venados y monos aulladores…«Son ellos, además del mono tití, la palma amarga, los bocachicos y las iguanas y no los osos polares los que necesitan, para no extinguirse, de tu astucia y de tu concurso».

Pero mi discurso le entra a Amanda por una oreja y le sale inmediatamente por la otra, sin conmoverla y sin preocuparla. Y encogiendo los hombros como queriendo decir “me importa un comino tu provincia y sus monos”, se sube en su escalera a colgar carteles.

En los coros, cantando el mismo bolero… «Que se marchó quien nos quería, que todo tiempo pasado fue mejor», y roncando cuando no están cantando y contándose una y otra vez las anécdotas de hace mil años, las abuelas Oliva y Elvia, qué nombrecito, el de ambas.

«¡Caracoles!», chilla la abuela Oliva, horrorizada e indignada al enterarse del salario anual que percibe el Lionaldo ese… «Lionaldo no, abuela, Lionel. O Ronaldo», le aclaro su confusión futbolística al tiempo que me horrorizo también y me indigno y le señalo que en todo caso esos millones que se embolsan los jugadores son poquita cosa comparados con los que recibe la empresa Gol por desconchinflarnos… «¿Cuál gol, Yisel, el que le hizo Piqué a nuestra cantante?», mete la cucharada en la conversación la abuela Elvia. «No, abuela. Me refiero a la empresa que viene talando guayacanes, carretos y caracolíes en nuestro bosque, envenenando con mercurio el agua de nuestros ríos y condenando a muerte por inanición a venados y monos aulladores». «¿Cómo?», chillan ambas, frunciendo el ceño y poniéndose en guardia, y yo aprovecho la situación para sumarlas a mi causa levantándolas de sus mecedoras e invitándolas a que se asomen por la ventana de su casa y le echen un vistazo a lo que está sucediendo a su alrededor».

¿Quién dijo miedo?… «Malandrines, bellacos y monicacos», gritan las abuelas señalando con el dedo el campamento de nuestros verdugos y yo me uno a sus gritos y las tres salimos a la calle, rumbo hacia el sitio donde se escenifica nuestra tragedia, para tratar de evitar, no sabemos cómo todavía, el autogol que propiciamos al dejar que esos rufianes de la Gol sigan destrozando nuestro patrimonio.

Entonces ocurre lo impensable. Al vernos marchar y protestar, aullar y clamar por los derechos de nuestros guayacanes, carretos, caracolíes, palma amarga, venados, monos aulladores, monos tití, bagres, babillas, bocachicos, tigrillos, iguanas y otros cientos de especies animales y vegetales, primero los niños, luego los abuelos, luego el mismísimo Lionaldo y luego un montón de entusiastas desconocidos se van uniendo a mi orquesta destemplónica, con pitos, gaitas, flautines y chirimías, con tambores, oboes y panderetas, con pulmones y voces que claman a voz en cuello… «Ni un árbol más talado, ni un animal más muerto, ni una especie más extinguida. Ya se van, ya se van, ya se van. Los de la Gol ya se van».

En medio de esas voces que cantan y reclaman el derecho a la vida creo identificar las de “Big Sofo” y “Sweet A”, pero mejor no miro hacia atrás. No quiero desilusionarme si constato que no hay tal, que se trata tan sólo de una ilusión auditiva.

Por supuesto que los de la Gol no se van a ir de nuestra región así porque sí, no van a abandonar a su gallina de los huevos de oro porque mi orquesta sinfónica ecológica así se los solicita. No, mijiticos, la pelea será peleando. En todo caso y como un tanto a nuestro favor, nuestra protesta no ha sido en vano. Cada día nos llega más apoyo del exterior. Visto en perspectiva, las cosas van mejorando, golpe a golpe vamos ganando la contienda.

La abuela Oliva jura y jura que en la distancia y a su modo, echando flores y raíces, reproduciéndose y siendo felices a pesar de todo, nuestros guayacanes, carretos, caracolíes, palma amarga, venados, monos aulladores, monos tití, bagres, babillas, bocachicos, tigrillos, iguanas y otros cientos de especies animales y vegetales nos agradecen nuestro concierto multitudinario.

La abuela Elvia, por su parte, jura y jura que allá atrás, donde marchan los últimos de la orquesta, tocando el güiro, ha visto a una muchacha más rara que un perro a cuadros, de nombre Bovia o algo así y que es igualita a esos muñecos de computador que tanto cautivan al niño Sofo.

El autor

narrativa

José Aristóbulo Ramírez Barrero

Economista

José Aristóbulo Ramírez Barrero

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