Desesperación vitalVoz y verbo

Ahora

Ahora

Por:
Juan Pablo Goñi Capurro. (Argentina 1966)

Yo vivo a diario ese sueño desgastante, ese sueño ácido que desaparece lo mejor de nosotros, extingue las pulsiones vitales e impone a Tánatos como gobierno de nuestros deseos.

D Debe ser antes que oscurezca, no quiero soportar otra noche de cerebro chirriante y oídos lastimados; lo he probado todo, no hay manera de conseguir que se detenga la pensadera, que cesen los augurios del dolor y del espanto escondidos en la aparente abulia de las jornadas que transito. Debe ser antes que oscurezca, antes de encerrarme en esa trampa de cuatro patas, cabecera y colcha, esa celda que me engulle y me sostiene con la vista en la blancura tenaz del cielorraso. Antes que baje el sol, antes que mis piernas tiemblen ante la vista del cuarto para escapar hacia la botella de turno, hacia el veneno que intentará en vano cerrarme los ojos. Debe ser hoy, el coraje acumulado no puede ser desaprovechado. Hoy debo completar mi decisión, terminar con el infierno que se filtra apenas las sombras desdibujan las falsas figuras que componen el día. Hoy, que he dado el primer paso, hoy, antes que el Mar Rojo vuelva a cerrarse y me ahogue en la sangre de las pesadillas que socaban mi lucidez.

Hoy he sido valiente, mi acción merece anotarse en el libro de agradecimientos que me impulsa a llevar el sicólogo. Puedo hacerlo, no supondrá una demora de más de cinco minutos, cuatro dedicados a buscar el dichoso cuaderno casi en blanco y otro para escribir: «hoy me agradezco a mí mismo haber reunido el valor para adquirir el revólver con el que me quitaré la vida». ¿Llamarán al sicólogo cuando encuentren el cadáver?, ¿le mostrarán el libro? No recuerdo donde lo guardo, tres veces escribí en este año y medio de terapia, tres cosas hice por las que merecí un agradecimiento en más de quinientos días. Esta será la cuarta, si encuentro el cuaderno. Aunque debo redactarla con propiedad, no me quitaré la vida con el revólver; haré que me la quiten. El objetivo era dispararme, pero no lo conseguí. Tuve el caño casi adentro del ojo derecho, lo apoyé en el entrecejo, en las sienes, me lo metí en la boca. Mantengo el sabor a metal que me dejó, el frío donde contactó mi piel, y el temblor en el dedo índice que no se atrevió a pulsar con fuerza el gatillo.

Se siente bien el arma, un 38, pesado, masculino onda patovica. Trasmite poder. Me ha hipnotizado, lo tengo sobre la mesa para cogerlo rápido, una vez que mis piernas acepten que debo hacerlo hoy mismo. Ya que no puedo matarme, debo hacerme matar. Es más complicado hacerse matar; de no ser por el maldito catecismo hubiera terminado rápido con mis tribulaciones, estaría en paz y no me revolvería la mente esta serpiente insidiosa. Fue el catecismo, fueron los sermones de la niñez, los guantes blancos de mamá, el rosario de la abuela Teodora; el pasado cristiano se coligó para impedirme disparar contra mí mismo. Pecado mortal, condena eterna, ¿qué peor condena que este tormento continuo, este taladro que penetra el cráneo al punto que escucho como la mecha quiebra las neuronas? Es más difícil hacerse matar, pero no imposible. Se trata de coger el arma y marchar hacia la comisaría; una vez enfrente, disparar contra el edificio, hasta que los policías reaccionen y me abatan en una balacera. Suena sencillo, quizá sea sencillo para la mayoría de los mortales; para mí, no lo es, me resulta imposible delinear una acción sin pensar en el fracaso.

Pueden detenerme antes de llegar a la comisaría, ¿qué hago si me apresan y me meten en una cárcel? Quedaría a merced de los demonios las veinticuatro horas, allí no hay más que un jergón, no hay otra posibilidad que entregarse a la noria constante que corroe el discernimiento, a la avanzada de la locura que todo hace doler. Quizá sería más efectivo atacar un regimiento, lástima que no haya uno en la ciudad, tendría que viajar para ello, más riesgo de ser atrapado con un arma antes de lograr el objetivo. Ese miedo al fallo me tiene atado a la silla, el dolor en mis brazos crece a medida que circulan imágenes de mi derrota, siento en las muñecas la abrasión de las esposas. Morir, dormir, tal vez soñar, decía Hamlet, y decía también que el miedo a soñar era el que nos impedía eliminarnos de una vez para librarnos de las torturas de la existencia. Él lo decía con mejores palabras, pero viene a ser lo mismo. ¡Cómo te comprendo, príncipe de Dinamarca!

Yo vivo a diario ese sueño desgastante, ese sueño ácido que desaparece lo mejor de nosotros, extingue las pulsiones vitales e impone a Tánatos como gobierno de nuestros deseos. Me digo basta, me empujo, me aliento, pero continúo con el culo adosado al forro de tela, con los dedos lejos del revólver que brilla sobre el hule. Debe ser ahora, debe ser antes que oscurezca, ¿cuánto más me lo repetiré? El fracaso no me dejará peor; si creo en eso, tendré una chance. Y lo creo, ¿qué puede ser peor que este estado de ignición interna, esta alma consumida en un envase decrépito que corre por las veredas para evitar ser alcanzada por la oscuridad? Lo creo, claro que lo creo. Lo creo y lo consigo.

Tengo el revólver en la mano. Corro antes de arrepentirme. Estoy en la calle, el viento me da en el rostro. Mi vecina, la señora Vega, deja caer la manguera y se toma la cara; se le inundarán los geranios, pero yo no la oiré quejarse por ello. Ya estaré en otro sitio. O ya no estaré. Habré terminado con los esbirros de Belcebú y flotaré en la nada, lejos de este fuego asfixiante. Si consigo sostener el arma en alto y llegar a la comisaría, si me atrevo a dispararles, si venzo al miedo por una vez en la vida.

El autor

Juan Pablo Goñi Capurro​

Juan Pablo Goñi Capurro

Escritor y actor argentino

Juan Pablo Goñi Capurro

Escritor y actor argentino

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1 Comentario

  1. El texto expresa una intensa angustia y desesperación a través de un monólogo interno. El protagonista anhela liberarse de su sufrimiento, describiendo su existencia como un infierno y su mente como un taladro. La idea del suicidio se entrelaza con imágenes de poder transmitidas por el revólver, mientras reflexiona sobre hacerse matar. A pesar de las dudas y temores, persiste en su determinación, buscando escapar de su angustia y tormento.

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