Catas y degustacionesDesesperación vital

Beber de las aguas del Estigia

Beber de las aguas del Estigia

Por:
Juan Merchán (Miraflores, Boyacá 1988)

Estos momentos aterradores donde el espíritu infame ataca hierven la sangre del que, como yo, no tolera la injusticia.

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Hay un espíritu infame que gobierna las sociedades donde abunda la condena a la mujer que hace lo que quiere o que decide por sí misma hacer lo que quiere con su cuerpo, con su vida. Ese espíritu se manifiesta desde el inicio del viaje, intentando salpicar a todo el que nada. El espíritu ejerce su fuerza gracias al ambiente y se alimenta de cientos de años de estar contaminando la vida del que cruza las aguas del Estigia. 

*

Una mujer hace la visita rutinaria al cementerio para visitar a su abuelo. Estas visitas con esa alma ya ida alegran su propia alma que pasa por muchas penas.

Después de la epifanía del encuentro con lo ya ido, un hombre y dos mujeres se acercan a la mujer para robarla. En el deseo de evitarlo, ella opone resistencia dentro de sus posibilidades, lo que precede a una andanada de golpes en el cuerpo que ella no logra resistir y que la hacen sucumbir hasta el suelo. Le roban su celular, su epifanía y ahondan más las ganas constantes que tiene de no seguir viva. Aprovechan una vulnerabilidad que está impuesta pero que también es manifiesta dada la diferencia de fuerzas. Es una vulnerabilidad que les permite relamerse el sabor cínico de la impunidad. 

Para coronar con aún más alevosía, los atacantes ahondan su odio. Unos minutos después del robo, el hombre, o quizá una de las mujeres, almas nefandas las tres finalmente, actualiza uno de los estados en una red social: son mensajes de tipo sexual sobre la mujer que dejaron tendida en el piso, mensajes que explicitan su misoginia. Su hijo, en casa, desconoce la situación.

Ella amanece sobre la cama de un hospital. Amanece, no hubo cierre, aun su vida sigue. Habrá que seguir esperando a la Parca porque la noche anterior no logró llegar. Se cree que la ahuyentaron las repetidas oraciones y llanto del pequeño crío en casa.

*

Otra mujer llora de odio y desespero porque ya sus lágrimas de dolor parecen haberse vertido todas ya. Sus dos hijos, a su lado, la sujetan con fuerza. De frente la mujer tiene a su madre y a su padre, los dos gritándole improperios buscando que con ello la mujer abandone la casa de la familia pero que deje a los niños a su cuidado.

«Ellos no tienen la culpa de que usted sea una mala madre»

Frases hirientes unidas a gritos y a manotazos, todos unidos en un ensamble de odio que retumba en toda la casa. Todo hace parte de un juicio sumario que se inició porque la mujer no llegó a dormir a la casa la noche anterior.

Los niños gritan y piden calma. En medio de la pavorosa escena, la niña es quien somete a un juicio racional toda la situación y hace las preguntas debidas. La impulsa el amor a su madre.

La mujer llora y pide que la dejen salir con sus hijos; pasan por su mente los más de 12 años que estas escenas la naufragan en un mar oscuro que no la deja tocar la tierra firme de una vida independiente, una vida viviendo con sus hijos fuera de la casa de sus padres. 12 años de naufragio que iniciaron con un esposo maltratador, y que se perpetuaron con unos padres que no impedían las agresiones, sino que, muchas veces, las justificaban.

Y, en medio del naufragio, ella, ella y el arte, ella y su escape, ella y la literatura y ella el cine. Ella quisiera ser personaje de ficción como la mujer de «La Rosa Purpura del Cairo» para salirse de la pantalla y cambiar su realidad.

*

Estos momentos aterradores donde el espíritu infame ataca hierven la sangre del que, como yo, no tolera la injusticia. Pero su acontecer también trae preguntas que me confrontan: ¿Qué tanto de esa rabia misógina que los ladrones blandieron sobre el cuerpo de la primera mujer corre también por mis venas? ¿He sido yo otro vergonzante individuo que ante la frustración de no poder tener sexo con una chica procede a comentar su supuesta exacerbada sexualidad? ¿He yo juzgado la capacidad maternal de una mujer porque ella salió a consumir alcohol y sus hijos se quedaron en casa? ¿Obvié o si quiera me pregunté dónde estaban los hombres, los padres de esos hijos? ¿Me importó por qué al hombre padre se le permite ser Dionisio y por qué la mujer debe seguir el orden y obediencia de Apolo?

Está claro que el río Estigia lo atraviesan almas putrefactas a las que la empatía humana les fue desconocida. Pero ese viaje en la barca de Caronte puede ser tumultuoso, y quizá, en el torbellino de esas aguas que son la sociedad donde me formé y me formo, esa putrefacción tocó mi cara, mojó mi boca, y la saboreé en mi lengua. Y me gustó.

El autor

Juan Merchan

Juan Merchán​

Filólogo de la Universidad Nacional de Colombia,

Juan Merchán​

Filólogo de la Universidad Nacional de Colombia,

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2 Comentarios

  1. El texto expone la presencia de un espíritu infame que contamina las sociedades, condenando la autonomía de las mujeres. A través de descripciones vívidas, se relatan encuentros violentos y situaciones opresivas que cuestionan la capacidad maternal y perpetúan la injusticia. El narrador reflexiona sobre su propia implicación en actitudes misóginas, creando un contraste estético entre la repulsión hacia la putrefacción moral y la atracción hacia la misma.

  2. Conmovedor relato, lleno de sensibilidad ante una realidad qué nos golpea a diario. Muchos atraviesan por las corrientes del río Estigía con plena indiferencia, existen otros seres con capacidad de asombro y potencial creativo que pueden observar, sentir y describir el dolor como si fuera propio.

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