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Viaje en menguante

Diego Valbuena*

 

       El sol hace grandes intentos por aparecer entre las espesas nubes de aquel despertar sórdido. Algunos rayos débiles se asoman por el balcón del apartamento. Doblada sobre sí misma, sentada al borde del sillón de cuero negro, la veo retorcerse en sollozos que no me conmueven en lo más mínimo. Camila se desahoga. Habla sin tomar aliento explicándome todo lo que siente por mí, ya que según ella, se moriría si desaparezco de su vida.

        Parlotea con desesperación. Trato de sostener la mirada pero ella se trasparenta y termino viendo el desorden de la sala. No comprendo el sentido de su consternación. La nube de humo que flota por todo el lugar le da a este momento un toque de patetismo que me enferma. De nuevo me cruzo con su mirada y esta vez siento que mi cuerpo vibra.

       Me mata el cansancio. Quiero dormir unas horas antes del viaje. Aún hay bastante licor en mis venas. Camila se levanta y se me acerca. Se apoya en mis piernas y llora. Sigue hablando pero poco le entiendo entre sus gimoteos. Veo caer gran cantidad de lágrimas en mis piernas y de nuevo emerge esa sensación de distancia con el mundo y las cosas, con la humanidad y sus arrebatos de emotividad.

        El tener aquel cuerpo tembloroso en frente le recuerda las noches de insomnio de su hermano menor que, cada vez que llovía de manera incesante, entraba desconsolado a su cuarto buscando el calor de las cobijas y de su cuerpo, envuelto en la humedad de la noche. Ese pequeño manojo de carne y huesos, firme como acero forjado, de cabellos lacios y piel incólume, arribaba con el corazón brioso, agitado por la confusión de algo que no era capaz de comprender. Lo observaba con una mezcla de ternura y admiración. Le pasaba las manos por su pequeña espalda bañada en sudor, mientras sentía cómo la sangre se le agolpaba en sus sienes, y el chiquillo, con suave gesto de temor, se aferraba a su brazo como el ancla de su salvación. Duermo mejor contigo, le decía su hermanito siempre en las noches cerradas, apretando los párpados como no queriendo abrirlos nunca más. Y, como tantas otras veces, le recordaba que no debía temerle a los truenos ni a la oscuridad. Al ceñirlo contra su cuerpo, el ardor de ese cuerpecito se centraba en su miembro, abrasivo como metal fundido.

        Mis piernas, su cabellera, roja como el fuego antes de extinguirse, como el sol antes de desaparecer. Otro cuerpo menudo. Levanto su rostro y Camila entorna sus ojos por tanta luz. Tomo una lágrima que cuelga del borde de su barbilla con la punta del dedo índice. La observo como si fuera la primera vez que viera una. La dejo en sus labios. La saborea, la degusta. Camila tiene una mirada de confusión. Me recuerda mucho a mi hermanito.

       La mañana enciende la calle y el aire de la sala caldea los ánimos. Por primera vez Camila deja de llorar. La angustia denotada por su palidez se convierte en ansiedad, mejillas ruborizadas y manos sudorosas. Tomo su rostro entre mis manos y bebo la sal de sus ojos. Recorro su rostro con mis labios. Camila sonríe con un gusto pueril que me incomoda. Busca mis besos pero le rehúyo para ver qué actitud toma hacia mí. Cierro sus ojos con mis dedos y tomo uno de sus senos con fiereza. Al pasar mis yemas, ambos pezones buscan desgarrar la delgada tela de franela de cuadros azules y blancos que cubre ese cuerpo exiguo. Camila se monta sobre mí, me abraza con las pocas fuerzas de sus brazos aniñados y me besa, mordiéndome el labio inferior hasta hacerme sangrar. El sabor metálico en mi boca me anima. Roza su pelvis contra la mía mientras me susurra al oído: no te vayas, por favor.

        Camila está totalmente embriagada de mí, o tal vez de sí misma viéndose sobre mí. Siento que el calor de su entrepierna la domina y necesita desprenderse de lo que lleva puesto para descargar todo ese deseo que ha acumulado en las tres semanas que no nos hemos visto. Su humedad transparenta la ropa interior. Me animo más. Las prendas quedan esparcidas por toda la sala.

        La mañana entra por las ventanas como un ser gelatinoso que no me permite respirar. Camila toma mi mano y se introduce tres dedos. Inhalo lentamente. Su humedad se desliza por mi mano hasta la muñeca. Recojo un poco con mi lengua. Exhalo. Recuerdo la primera vez que nos vimos. Camila llevaba el pelo muy corto y prendas que la hacían ver como un niño. Un niño escuálido que dedicaba sus días a los deportes. Un niño que entró al baño y que, al bajarse la pantaloneta, fijó su mirada en mis ojos que observaban atentamente la manera como orinaba, con todo el descaro de la puerta abierta como sus piernas. Camila quiere tener sexo todo el día. Yo la miro con indiferencia. Por qué, dice como para sí, por qué me haces esto.

      Varios rayos del sol golpean con fuerza la mesa de centro, llenando todo el lugar de un blanco que hace arder los ojos. A Camila la enciende. A mí me desespera. Camila ha conseguido por fin lo que ha buscado durante su corta vida: alguien que le dé compañía y sexo sin que le haya pedido compromiso, una relación, vivir juntos o firmar contratos. Ha conseguido la vida ideal. Eso la hace feliz. Yo he encontrado en esta una mujer lo que pocas veces consigo: unos senos firmes con los pezones pequeños y carmesí, un pubis muy bien depilado y una boca que hace un sexo oral intenso. Me siento miserable. Por eso me voy.

       Observo mi mano con los dedos arrugados por los orgasmos de Camila. Saboreo otro poco. Es amarga. La tomo del pelo y le introduzco mis dedos llenos de ella en su boca, hasta el fondo de su garganta. Tiene ganas de tragarse mi mano, mi cuerpo, mi alma para después devolverlo todo en un espasmo de bulimia emocional. Suelto su cabellera y la tomo del cuello y corto su respiración. Cómo le excita. Camila, en principio, sonríe con una mueca que se confunde con deseo, luego se angustia, trata de quejarse, se sacude para intentar soltarse, pero el cansancio de la jornada le ha robado su energía. Poco a poco deja de moverse. Ahora soy yo quien sonríe.

       Voy a mi cuarto, me ducho, me visto con lo primero que encuentro, hago una maleta con lo imprescindible, paso de nuevo por la sala. Sigue ahí, tendida sobre sus miasmas. Por lo menos ahora tengo una razón de peso para irme y no volver.

 

 

 

Diego Valbuena
Colombiano.Bogotá

Magíster en Comunicación Educación. Director de talleres en la Red de Talleres Locales Escrituras de Bogotá (2013 – 2019). Escribo cuentos. Dirijo el Colectivo No Escritores.

http://palabrasflotantes.wordpress.com

Instagram: elcartografo1977

 

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