Cantos AbisalesVoz y verbo

Monomito frustráneo de una diarista no empoderada

Monomito frustráneo de una diarista no empoderada

Arturo Hernández González (Colombia)

« Las groserías, los gritos secretos, las amenazas; los múltiples intentos por sobornar, disuadir, extinguir ese terco y anónimo propósito de secuestrar mi imagen sin riesgo ni violencia,»

«(…) cada recuerdo evocado
debe violentar en alguna medida sus orígenes».
Comarc McCarthy

Interior desamueblado. Algunas cajas cerradas en el suelo.
Luz azulada.
A la derecha, una pequeña ventana. A la izquierda, al fondo, una puerta abierta que deja entrar una leve luz amarilla.
En el proscenio, a la izquierda, una vieja silla de madera, junto a la que hay una caja que aún permanece abierta.
Una mujer: vestido azul, botas bajas oscuras, gabán gris claro, anillos, un collar dorado,  aretes. De pie, escribe en una libreta. Mira al público. Camina hasta la ventana.
Observa por un minuto. Camina de vuelta con la cabeza echada hacia atrás. Va a sentarse en la silla, de frente al público. Inquieta, mira por sobre el hombro, como si hubiese oído algo en la habitación contigua. Gira el torso hacia la derecha y se inclina ligeramente hacia el frente, gibada. Espera. Levanta la cabeza. Se levanta. Deja la libreta sobre la silla. Camina hasta la puerta. Observa el interior (que el público no puede ver). Apaga la luz. Avanza rápidamente hasta la silla. Suspira. Toma la libreta pero el lápiz con el que escribía cae al suelo. Suspira molesta. Comienza a leer en voz alta.

L MUJER (su mano derecha sostiene la libreta) —Lunes, 21 de octubre. (Pausa.) Querido diario (Pausa.). Mi soledad: vacío dolor en los bolsillos, esperanza de encuentros felices, apetito de tanta cosa incomprendida y esclarecida luego por el pensamiento del hambre. Todo esto a cambio de nada, de la siempre disponible vastedad del mundo y su consuelo fracasado. Está también por aquí, como ahorcado, el tiempo de la tarde que, por cierto, parece estar lleno de calles, palabras sueltas, significados extraviados, ciegas puertas clausuradas, baldíos y pequeñas madrigueras de lo humano, en cuya oscuridad se aplaza la vida como una deuda inoportuna. (Pausa.) En ocasiones así, de gorda fragilidad malentendida, volver a casa no parece una opción tan depravada. Y es que son muchos los que regresamos sobre nuestros pasos, cada tarde, después de trabajar. La única coordenada indispensable es la costumbre; lo demás, aburrimiento fijo, remiendo…

Da un par de pasos hacia la ventana. Niega con la cabeza. Suspira. Cambia de mano la libreta. Mete la mano derecha en el bolsillo. Continua leyendo mientras camina despacio hasta la silla.

Tampoco he podido escapar de las pequeñas cárceles del alma; la tradición, la incerteza, la procaz mitología de los beneficios propios. Todo sigue intacto, imperturbable, podridamente cotidiano; en fin, la procesión va siempre por dentro al igual que la inquebrantable medida de la angustia. (Pausa.) Nada más llegar a casa y comenzar a escribir, sin pretensiones ni aspavientos, lo que es ahora (estúpida palabra mentirosa) el modo evidente como calzo mi vida. Escribir, sí… pero ¿qué y qué no? Llegada a este punto me doy cuenta de que lo central pasa inadvertido: hoy es quizá mi último día de ser quien soy. Ya reconcilié la idea con los móviles del destino («nadie se baja vivo de una cruz», escribió Cortázar) aunque preferiría poder volver sobre estos párrafos más adelante, encontrar quien los lea o los ignore; los elogie o los olvide… (Bostezo)

Me parece que todas las entradas a mi diario hasta la fecha han sido directas y sencillas. ¿Entonces por qué perturbo aquí la sintaxis y el sentido con una poética extorsiva, cuasi rota? Será evidente tal vez, para otros más capaces, que la aparente sobriedad del testamento esconde siempre una vocación de poesía. (Pausa.) Yo no quiero ocultarla. Involucrar un poco de belleza con el nombre que hemos llevado con tanto desinterés sobre la tierra me parece una ambición discreta y excusable. Además, pretender ser objetivo es admisible únicamente cuando los hechos se observan en retrospectiva. Y lo cierto es que todo lo primordial es una suma absurda de cosas sin encanto. Comenzar por el inicio, por ejemplo, es patético pero crucial (en este caso al menos). Otra cosa no se puede…

Deja caer el brazo sin soltar la libreta. Carraspea. Saca la mano derecha del bolsillo del gabán y con ella un pequeño pañuelo rojo. Se limpia la comisura de los labios como si hubiese tosido. Alza la mano derecha un poco más y se golpea suavemente la frente. Suspira. Guarda el pañuelo.

Hace no más de una semana, el sábado pasado, me llamó Martín. Se quejó -con esa su voz de bestezuela dañada y choneta- de que yo no contestaba sus mensajes. Demoré un poco las palabras, buscando en mi interior algún registro de la cosa vista e ignorada, la nota de voz, la imagen, la etiqueta. Hace mucho cerré mis redes sociales, parce…, intenté explicarle, pero respondió en seco que hacía tan solo un par de días que habíamos hablado y que de un momento a otro yo había dejado de contestarle. (Lee con enojo, rápidamente.) Pedí disculpas. Colgué. Abrí en mi celular uno de tantos oráculos infinitos y escribí mi nombre. Un raro perfil con mis datos fue lo primero (casi lo único) en aparecer. La fotografía no era reciente, tampoco vieja; robada seguramente de algún perfil auténtico y ahora por demás, inexistente. Me sorprendió la facilidad con que se acumulan noticias de una vida: mujer, 24 años, soltera, nacida el 22 de diciembre, graduada en periodismo, trabaja en la radiodifusora Abel Rontil Necho. En ‘información de contacto’ reposaban la dirección de mi casa, mi número telefónico y mi correo electrónico. Llenaban la perversa galería decenas de imágenes en las yo aparecía caminando hacia el trabajo, almorzando en restaurantes, sentada bajo árboles del parque o comprando por ahí variadas e inútiles pendejadas (Pausa.)

Hace caer la silla de una patada. Refunfuña. Niega con la cabeza. Camina hacia el público. Suspira y lee en silencio, para sí, la página. Luego comienza a leer con amargura.

Le pedí a Martín que enviara un mensaje a la cuenta, haciéndole saber al acosador que estábamos al tanto de su práctica repugnante, que habíamos notificado a las autoridades. Limpiamente sola, rodeada de los muchos tiestos sin uso que colecciono por manía, me di a la tarea de ubicar posibles rostros en el lodazal de la memoria. Luego, tras mucho echar cabeza, una cara verosímil. Un otrosí de la vaga rareza de la vida. Una substancia contra-todo-pronóstico escapada de los negros agujeros del azar. Un auténtico animal mecánico, como pensó Descartes. Una alta máquina desportillada por días de pasada enfermedad. Un insólito síndrome del alma con el que tuve un desliz temprano, antes de enterarme de que tenía esposa y un hijo pequeño…

Cambia de mano la libreta. Toma aire. Gesticula con la mano izquierda. Lee de manera irónica pero habla cada vez más fuerte.

…Y que me voy a buscarlo. Y que lo encuentro. Y que me dice que ahora está viudo. Y que me extraña. Y que quiere que sirva de mamá sustituta. Y que él no sabe nada de las fotografías ni de la cuenta. Y que todo (antes) fue un malentendido. Y que mejor haríamos juntándonos. Y que él está entrado en años, que teme envejecer. Y que la vida es un cortocircuito que más temprano que tarde nos revienta el cuchuflí con que nos desastró la voluntad universal haciéndonos humanos y no checheres decentes…

Nada más. Hoy es hasta aquí.

Se agacha. Levanta la silla y el lápiz. Coloca todo sobre el asiento. Se quita el gabán. Lo guarda en la caja que permanece abierta. Camina hacia la puerta del fondo a la izquierda, cuya luz sigue apagada. Sale de escena.

Pausa.

Se escuchan los pasos que la mujer da en otra de las habitaciones del lugar. Leve sonido metálico, como el de dos cucharas cuando chocan entre sí. La mujer entra a escena atravesando la misma puerta por la que salió. Viste ahora pantalón blanco, camisa roja. Gafas oscuras colgadas del cuello de la camisa. Carga cucharas y cuchillos en las manos. Deja caer los cubiertos en la caja en la que depositó el gabán. Se quita anillos y collar. Cuando está por quitarse uno de los aretes, hace una pausa, suspira. Niega con la cabeza mientras se lleva las manos al cabello. Camina hasta la silla. Toma el lápiz. Lo observa por un segundo. Lo deja caer en la caja. Toma la libreta. Estira el brazo con la intención de arrojar también la libreta en la caja pero no lo hace. Se sienta y comienza a leer.

MUJER —Lunes, 28 de octubre. Diario. Las fotografías siguen apareciendo sin falta. Desde hace una semana me encuentro a diario con la que fui en los lugares donde mi silueta aparenta tranquilidad y sosiego. (Pausa.) Las groserías, los gritos secretos, las amenazas; los múltiples intentos por sobornar, disuadir, extinguir ese terco y anónimo propósito de secuestrar mi imagen sin riesgo ni violencia, se tuercen y quiebran contra la más detestableindiferencia. He releído bruscamente los mensajes que el perseguidor intercambió con Martín. (Pausa.) Conoce mis palabras, el arte y la ciencia de mis expresiones queridas, la tibia y pastosa dulzura de mi carácter. Su ajedrez de confirmaciones y dudas no basta para reconstruir sus intenciones. Su interés no parece ser una sabiduría efectiva de mi condición o de mi esencia. Su oficio no guarda relación con la costumbre paranoica de la identidad, el caos o la injusta melancolía de la venganza. El éxito de su obra, creo, redunda en sí misma.

Pausa.

Vuelve a mirar hacia la puerta del fondo. Refunfuña. Se pone en pie. Arroja la libreta al suelo. Camina hasta la puerta del fondo y la cierra de un portazo. Respira profundo mientras se dirige a la ventana. Arruga el rostro en un gesto de desprecio. Luego se acerca, decidida, a la silla y coloca la mano sobre el asiento buscando algo. Busca con la mirada la libreta que está cerca de la caja abierta. La levanta con cuidado, como si fuese un ave moribunda. Comienza a leer sin volver a sentarse.

Reúne, sí, (¿para sí mismo?) facetas de un rostro que yo, como cualquier otra persona, ensayo en público desprevenida, ciegamente. No obstante, en todo esto hace falta el orden compulsivo -común entre sociópatas-, que previene el decidido, próximo golpe. (Pausa.) No se verifica aquí el juego equivocado de la manipulación o del chantaje. No se aspira al miedo, al asombro, a la indignidad de la culpa. Este perseguidor no reclama una víctima, un sacrificio, un mártir. (Ríe con ironía.) Cuido de no romantizar su oscuro, su diligente trabajo. Me esfuerzo por adivinar los caminos que conducen a su treta, a su amor patente y desinteresado, a su bostezado divertimento sin fines. (Con tristeza.) Cada una de las horas que esta vida mal escogida me obliga a pasar afuera, incrusto la mirada en la jeta ocasional de los transeúntes, ensucio mi fantasía pervirtiendo la sombra con rostros inexcusables e ideas siniestras. Ignoro, aunque no puede ser demasiado grande, el número de mis conocidos que para este momento habrán sido timados. Hace mucho que murieron mis padres. Hermanos no tengo.

Me desnudo frente al espejo del baño de mi pequeña casa. Intento descubrir, como en esos juegos infantiles que consisten en hallar diferencias entre dos imágenes aparentemente iguales, el insípido adjetivo que pueda esclarecer el arcano pasatiempo de mi perseguidor. (Colérica.) A veces me parece que ha intensificado la simetría de mi rostro en las imágenes. Sospecho que ha igualado las dimensiones de ambos lados de mi cara. No puedo estar totalmente segura sin embargo; los ángulos, la luz, la siempre lejana cosa indispensable que soy a la distancia y en medio de la fotografía me lo complica innecesariamente. Esa mujer que aparece retratada tres mil doscientas ochenta y cuatro veces carece de naturalidad. (Entrecortadamente; titubeando.) Los artistas visuales han aprendido que la perturbación más duradera y profunda resulta de la distorsión, la omisión o la exageración de la imperfección humana: el sutil desbarajuste de las medidas corporales, la tendenciosa imaginería del lóbulo occipital, la gula frecuente y evocadora del desgaste: los poros abiertos, la sonrisa de piezas ausentes, el insalubre exceso de grasa, los cabellos faltantes, la atractiva disminución de la tensión epidérmica. Y en contraste, la medida mejor y más deseable es la armonía. (Pausa.) Eso es precisamente lo que echa una de menos en esta galería de existencias fabricadas.

(Frustrada) Expliqué mi situación a los pocos conocidos que tengo. Al igual que las autoridades, ellos piensan (han dicho) que esto que sucede, sin origen ni motivo, es mi culpa. Y sin embargo, nadie se ha molestado en interpretar para mí este juicio tan popular y absoluto, esta rara condena autoevidente, esta cruda verdad incuestionable. Así las cosas, no me quedan más que mis propias tesis aburridas y alienadas. (Pausa larga.) De nada sirve la monotonía si no puede salvarnos del desastre. (Pausa.) Por eso escribo, para aplazar el corto silencio de las fotografías que otro me ha hecho ser. Siempre hay algo diferente en las palabras. Su raro milagro consiste en ser una sola, inagotable y despierta bienvenida para olvidados símbolos del tiempo y la belleza. Cada entrada de mi diario, ésta misma, es como la obra de un pequeño dios que se muere. Lo demás es el descanso, aborrecible y atroz, al que nos obliga la contemplación de lo que hemos creado.

Se sienta en el suelo y recuesta ligeramente el peso de su cuerpo sobre el asiento. Lee desde ahí, incómoda y triste. La libreta está abierta sobre su regazo.

El acoso, su mecánica despojante, briega por agravarse como un animal sin destino, por hacerse más de sí mismo. No busca reproducirse, ni perdurar, ni ser otro. A esta única conclusión me ha traído la confusa reflexión solitaria que he aventurado en estas páginas amarillentas y breves. Hoy es el último día de mi vida. Me buscaré un lugar apartado para darme a luz otro nombre. Me encargaré de sustituir mi pasado por mi pasado y su recuerdo. (Pausa.) La memoria debe ser también gobierno de sí mismo, ¿no? (Pausa.) Cuando escriba de nuevo, con la misma mano que ahora se aleja y escapa del papel, seré otra y la vida será diferente. Por eso no puedo llevar conmigo los párrafos que describen este drama diminuto. La doble vocación de mi libertad aparece frente a mí ahora: una verdadera armonía de la escritura. A ella me debo.

(Se pone en pie, decidida) Decido no consumar el sombrío simulacro de la transformación que moldea a los héroes… (Esperanzada.) Me iré. Seré otra. Lo que busco ser (¿y quién no?) es también un habitáculo susceptible de mejoras. (Irónica.) Estoy convencida de que al final de los tiempos habrá mamarrachos que exigirán al cielo un pago por las deudas de dolor contraídas a través del mero ejercicio de estar vivo. Una indemnización porque la subsistencia fue más real de lo que anunciaba la publicidad del mundo, una compensación porque no incluía tontos privilegios accesorios ni garantizaba devoluciones o sustituciones. (Sarcástica. Ríe ligeramente.) Habrá quienes arrojen en la última caja de sugerencias del planeta, un papelito desequilibrado con estas palabras: …y para colmo, la felisida no benía incluida; (Pausa.) yo me niego a despotricar de mí, de lo que me ha tocado en suerte. Mi queja silenciosa es únicamente un lugar donde poner en marcha la maquinaria del futuro.

Cierra la libreta. Parece que ahora sí va a arrojarla a la caja pero en lugar de eso la abre y arranca algunas de las hojas que ha estado leyendo. Deja caer al suelo el papel.

(¡Triunfal!) Nada más. Hoy es hasta aquí.

Toma la caja. Camina hasta la puerta y la cierra tras de sí.

 

El autor

Arturo Hernández González

Arturo Hernández González

Escritor, docente, traductor y poeta colombiano.

Arturo Hernández González

Escritor, docente, traductor y poeta colombiano.

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