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La santa erótica

La santa erótica

José Alberto Capaverdes (España)

«Hoy llueven arco iris dopados, nubes multiformes, polvos cósmicos, y un sinfín de meteoritos ebrios.»

E El cielo está encapotado, y este día parece que él mismo, intenta dejar de ser la bóveda celeste, como que de tanto “estar ahí”, sufre de soledad perpetua. Hasta muestra en su “rostro índigo”, ese descontento eterno, y de vez en cuando cambia de color, y llora tormentas eléctricas. No se come a sí mismo, sólo porque se encuentra tan fastidiado, como para intentar semejante actividad, que requiere sin duda de un gran esfuerzo. Allá a los lejos el sol escondido, sufre de calosfríos dolorosos, y en ese estado, ni siquiera intenta mostrar alguna parte de su cuerpo de fuego. La luna ebria, se está desmoronando toda, entre sus “pasiones desmedidas”, pues extraña tanto (hasta la locura), a su siempre amado: El astro rey… Todo el universo está como colérico. Hoy llueven arco iris dopados, nubes multiformes, polvos cósmicos, y un sinfín de meteoritos ebrios. Esto lo pueden ver, sólo quienes miren hacia arriba, allá donde “empieza lo posible”, y donde los hombres con “esperanza” nunca dejan de lanzar sus ojos, con la ballesta de su ser… Pero existen algunos hombres que siempre están “como pegados”, “enraizados”, a la tierra, y jamás, nunca, elevan su mirar hacía las alturas siderales. Hay como una zozobra peligrosa, que invade el todo.

Las pasiones de los hombres son tantas y de todas clases, que acá, en el cuadrilátero de la vida, se dirimen, de buena o mala lid, se piensa (la mayoría) ¡qué no importa cómo!, pero se debe de cumplir con sus expectativas de origen. Por ese motivo es común y hasta frecuente, que la forma más eficaz, para lograr su bienaventurada “empresa”, sea la mentira vil, la traición en todo su esplendor, y hasta la puñada trapera… Humanos agrestes, pendencieros, forajidos, rústicos, que en combate desiguales, se tratan de aniquilar unos a otros, para caer heridos o “victoriosos”, en el lodo de su sangre plebeya…

La vida grita, aúlla, gime, y hasta se come así misma.

Los comunes no tienen otra perspectiva. Son “hombres” en blanco y negro…

Acá cerca de una laguna se levanta una pasión (encendida), que vuela entre las paredes pintadas de blanco, luego revota inquieta, por doquier, en busca de un receptor (con talento), que la atrape, y la consuele… Arde todo el pueblo, y huele a pura sexualidad. Es María Helena, que llena de voluptuosidad, se mueve “enloquecida” a todo lo ancho (y largo) de la cama, mostrando su perfecto cuerpo, el cual, necesita un poco… de amor. Sus piernas se entrelazan, sus pezones se endurecen y se ponen firmes, su piel se eriza, y las palpitaciones de su corazón parece que gritan: ¡Ven, ven… aquí te espero amado mío! Sus manos delgadas (como falos erectos), recorren cada centímetro de su cuerpo anhelante, desde los dedos de los pies, hasta la nuca blanca. En ese lecho de fogosidad, se encuentra la más bella melodía de gemidos, que jamás oídos hayan escuchado. Las gesticulaciones de su rostro, cambian como las nubes, a su puro capricho, y con mayor intensidad, aparece una mueca como de una Santa Erótica. Ella es la iglesia, y los gritos, gemidos, aullidos, son la letanía necesaria, para rendir tributo al Dios Lúbrico. Ahí donde ella realiza la misa amorosa, no hay soledad, hay un canto de ángeles excitados, que con sus presencias imperceptibles, cuidan tan sagrado acto. Cuando termina su actividad sexual, y corren los líquidos entre sus piernas, y lanza el último grito bendito, es como si fuese (el sonido), de una límpida campana llorona.

Allá afuera los “hombres” juegan a los negocios, para incrementar sus riquezas materiales, y así encontrar la felicidad… Otros se entretienen levantando la copa de Dionisos, con sus amigos, mientras comentan tantas, tantas, cuestiones triviales… Un grupo de “deprimidos” se esconden dentro del hueco de su cerebro, llorando toda su vida, como unos cobardes. Algunos pierden su tiempo (de una manera que espanta) en hacer planes para el futuro, y “así” intentar de mejorar su situación actual. Y la mayoría toma el transporte urbano (presurosos) para llegar a sus trabajos insulsos, y mal pagados.

Mientras, hay miles de camas con mujeres encendidas, como cirios, esperando mucho, mucho amor…

Miles de gemidos (de mujeres) vuelan sobre el lomo de la tierra/Los gritos de las féminas se pegan sobre la cara de la luna eclipsada/Las pieles erizadas y cálidas de damas excitadas, están prestas y dispuestas, para ser tocadas con manos de fuego/Los pezones erectos de las divinas hembras, se encuentras en su punto, para ser lamidos, y succionados, siempre…/

El autor

José Alberto Capaverde

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Poeta y escritor

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