Silencio de la realidad inasibleVoz y verbo

Abelardo

Abelardo

Isabel Santos*

     

      Cuando Abelardo llegó a la clínica de adaptación, respiró profundo y sonrió. Un aroma a jazmín le dio la bienvenida. Era el primer paso en la búsqueda de las endorfinas que necesitaba. Miró su brazo recién instalado y abrió los dedos de la mano. Los puso cerca del aparato del perfume y, cuando la máquina accionó el rocío de la fragancia, dejó que se mojara su piel sintética. Era un diseño que ocultaba a la perfección los engranajes de sus dedos y al mismo tiempo podía absorber el aroma sin producir daños.

      Ya dentro del sector elegido, fue por su sensación oceánica: el primer shock de endorfinas. Era el salto más profundo hacia el lugar de su cerebro que todavía rechazaba el implante.

Había pagado un desplazamiento. El edificio elegido simulaba un barco, un velero en realidad, decorado con velas de colores llamativos que imitaban el movimiento de un viento inexistente.

       Abelardo salió a proa a mirarlas. Pero cuando giró para ver el entorno, se desilusionó. El edificio barco parecía estar siempre llegando a un puerto que se veía a lo lejos. Se notaba la puesta en escena.

       A babor y estribor se veían islas paradisíacas de distintos tamaños y apariencias: paraísos verdes, montañosos, con playas y con costas acantiladas. Siempre las mismas islas. Pasaban en secuencias aleatorias para disimular, sin conseguirlo. Una decepción que tendría en cuenta para reclamar cuando terminara su cura. Ese diseño programado lo mareó un poco. Las islas simulaban un recorrido que no lograba acercar el puerto que estaba como pinchado sobre el paisaje, siempre a la misma distancia del barco clínica. Sabía que lo más importante para la adaptación no era el paisaje, y quizá por eso el descuido en esos detalles.

        Lo más importante era la sensación oceánica. El océano era imitado con movimientos de mar calmo, pero con ciertos sacudones que disparaban adrenalina en un margen seguro para los internados.

       Abelardo agudizó el oído para percibir lo que más necesitaba de esa sensación: un latido casi imperceptible que recordaba los momentos humanos intrauterinos. Y lo pudo escuchar entre el zumbido del viento y el ruido de las olas barriendo el espacio donde flotaba el edificio. Entonces se quedó conforme.

       Ya dentro de la clínica recorrió los otros lugares preparados para su cura. Los manjares del salón comedor no le llamaron la atención. No era su estilo. Fue directo al teatro en sincro. Había elegido participar en una historia romántica con una mujer. El personaje femenino se acercó a cumplir su rol, no bien Abelardo activó el pago. Ya con ella fueron juntos a conocer el salón de masajes. Él todavía tenía un torso y espalda intactos, y un brazo. Con el otro, el que venía a acoplar, sostenía a la actriz intentando no lastimar las manos de ella, midiendo el contacto y la presión adecuada. Los artistas se conservaban sin implantes, por su profesión.

       Abelardo, en apariencia, era un hombre completo, y se preguntaba, mientras caminaban a las camillas del spa, si la actriz había descubierto o sospechado su porcentaje de recambios, su estado ciborg de piernas y brazo. ¿Habría adivinado qué mano tomarle? ¿Se habría dado cuenta de que esa mano de ese brazo, que ella sostenía, era el que él necesitaba calibrar?

       La respuesta fue un grito de ella, que miraba horrorizada su propia mano. Abelardo le había incrustado un dedo en la palma. Desesperado quería salir de adentro de la mano pero, por la falta de experiencia con el implante, conseguía el efecto contrario. Una arritmia repentina le produjo una emoción.

      Así lo expresó el otro Abelardo en el cuento “Patrón”: Súbitamente, una sensación que nunca había experimentado antes. De pronto le perforó el cerebro como una gota de ácido: el miedo. Un miedo solitario y poderoso, incomunicable.

       Resuelto el episodio gracias al seguro por daños que había pagado previamente, el médico cardiólogo lo recibió en su despacho de la clínica de adaptación, para hablar de la consecuencia de esa arritmia.

      Después de verificar que todo estaba bien con su corazón, y ya cuando Abelardo salía de la sala para seguir con su tratamiento, el médico le hizo una pregunta.

       —Abelardo, ¿quiere un marcapasos? —Y sacando un aparato de un cajón, se lo mostró.

      Antes de que Abelardo preguntara para qué lo necesitaba, el médico lo prendió.

       El latido armónico y sincronizado con el ritmo oceánico del barco clínica lo calmó al instante. Esa madre electrónica, ese sonido programado, le dio la cura para el miedo que había surgido de repente.

       El marcapasos siempre funcionaba. Lograba clientes esclavos por el resto de sus vidas.

 

 

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