Efímera auroraVoz y verbo

Algo ocurrirá

Algo ocurrirá

Por:
Juan Pablo Goñi Capurro. (Argentina 1966)

Ella creció cerca, recuerda las arboledas sin fin, el agua clara del río serrano. Recuerda también las promesas de un futuro mejor cuando se instaló la procesadora

T

Tobías no regresa, Clara pide a sus hijos que no se ensucien. Los niños se miran, el polvo se ha convertido en una costra sobre sus pieles. Se ríen y vuelven a correr. Clara les dice que no salgan al sol, está fuerte. Hay viento, la mujer se pregunta hasta cuando resistirá el techo; el galpón es el último cobijo disponible en kilómetros, teme que no conseguirán llegar a otro sitio que los proteja del sol, en caso de que cedan las estructuras ante las ondas furiosas del aire. Tobías tarda más de lo previsto. Ha dejado de creer en los dioses, de lo contrario, rogaría que la información fuera acertada. Si no hay un pozo donde indicó el geólogo amigo de su esposo, de nada les valdrá estar a salvo del sol. Tobías le ha mostrado la mínima reserva que conserva el que están usando, esa milagrosa charca que les evitó un viaje más largo, el que quizá no hubieran podido realizar.

Enciende la radio. Hay pilas en cantidad, también funcionan las conexiones eléctricas que permiten cargar los móviles; por ahora funcionan, resistirán en tanto haya empleados para el mantenimiento de las usinas basadas en el petróleo y el carbón. También funciona la televisión, pero el aparato era muy incómodo para llevarlo con ellos; le hubiera venido bien para entretener a los chicos. Pasa el dial. Han quedado pocas emisoras, la mayoría responden a programas que lanzan canciones y publicidades; muchos de esos sitios deben haber bajado las persianas. Las pocas que emiten noticias, no hacen más que pintar panoramas caóticos. Las ciudades con mejores reservas de agua han sido invadidas, las masas desbordaron los alojamientos, están al borde del colapso. Se habla de batallas en las calles, muertos en cantidad. Por otro lado, regiones completas, como la que habitan, han quedado desoladas por el éxodo.

Disconforme con la música que encuentra, apaga el aparato. Se acerca a la pequeña puerta inserta en el portón más grande; la abre con cuidado. El viento sopla contra el fondo, puede asomarse. Ni rastro de Tobías. Contempla las lomas áridas, el cauce seco del río, ve pasar restos de todo tipo, empujados por las correntadas furiosas. Ella creció cerca, recuerda las arboledas sin fin, el agua clara del río serrano. Recuerda también las promesas de un futuro mejor cuando se instaló la procesadora, próxima al agua, el abundante trabajo que hubo en la comarca cuando se comprobó que la soja crecía allí con facilidad. La demanda de gente para desmalezar, conducir topadoras que arrasaban los troncos, o darle a la motosierra para tumbar los árboles más débiles, los hizo experimentar unos años de bonanza sin comparación. Cuando no quedaron bosques para talar, la oferta laboral cayó de forma drástica; poca gente necesitaban para arar, sembrar y cosechar miles de hectáreas. Eso también se terminó, como los escasos puestos disponibles en la procesadora, una vez que el suelo dijo basta, llegaron los años de sequía y no hubo agua para el riego.

La chapa retumba, el ruido la estremece. Lleva la mano al pecho, son los chicos jugando a la pelota. Los deja, no hay mucho para romper allí dentro. Duermen en dos colchones, el microondas está protegido por trastos que había allí cuando entraron. Vuelve a pensar en Tobías, en las causas de la demora. Le da miedo hacerse ilusiones, aunque le vienen ganas de creer que el retardo se debe a que regresa con los bidones llenos. Más probable es que le costara dar con el punto preciso del posible pozo; le explicó que era la salida de un manantial, su amigo geólogo lo encontró entre los mapas que se hicieron cuando se levantó la procesadora. El geólogo está lejos; suponen que tiene provisión para soportar mucho tiempo, pero no los ha invitado a su casa. Igual, debe ser imposible llegar, calcula Clara; lejos, en el lenguaje de Tobías, implica cientos de kilómetros. Ha doce del galpón está el lugar al que ha ido, y lo considera cerca.

Los pasos la sacan de las meditaciones. José, el más chico, se abraza a su cintura. Llorisquea. Le acaricia los cabellos duros de polvo, el cuello se le tensa. Detrás, Pablo canta; el pequeño es más intuitivo, Pablo es más fantasioso.

—¿Nos vamos a bañar cuando venga papá?

Le gustaría decirle que sí. Es para llorar, y es para reír. Si habrá luchado para meterlos bajo la ducha; con José era más fácil, era muy chiquito entonces. Lo dejaba berrear, luego lo cargaba con ella. A Pablo había que amenazarlo con dejarlo sin dibujitos. Es conmovedor oírlos pedir por un baño.

—Veremos que dice, José.

José asiente, es obediente, a pesar de las circunstancias. Pregunta por dónde vendrá su padre; Clara observa el sol, deduce que buscará la sombra de las colinas más altas. Señala el lecho de tierra resquebrajada.

—Va a venir por ahí, recién lo vamos a ver cuando esté cerca.

Es lo que cree. José vuelve a asentir, luego se libra y va a reunirse con el hermano. Clara mira hacia lo alto; se siente tonta, no va a aparecer una mísera nube. Sólo el polvo que levanta el viento, incansable, como si estuviera feliz de correr sin obstáculos. Antes viento norte era presagio de lluvia, ahora no es más que un sofoco pesado. El invierno será durísimo, pero no la preocupa; alcanzar esos meses frescos se le hace una proeza. En esos pensamientos la sorprende la aparición de su marido. La deducción ha estado acertada, viene por lo que era el río. Hizo bien en esperanzarse, los bidones están vacíos, sujetos por una soga a la vara en la que se apoya Tobías.

Cejas fruncidas, Clara sale, avance unos metros protegida por el galpón. Nota el esfuerzo en la caminata del hombre, suda bajo el sombrero, el rostro cortado del sol, los labios agrietados. Tienen el auto consigo, pero es inútil en la zona quebrada por donde ha transitado Tobías; además, debe estar con las últimas gotas de combustible, gracias que los trajo hasta el galpón. La esposa estudia al hombre exhausto que se aproxima; ve el cansancio, pero ve algo más, la desesperanza, la entrega. Hace fuerza para contener el llanto. Espera que llegue hasta ella. Lo abraza, antes que diga nada.

—Me torcí un tobillo, por eso tardé.

Clara pasa un brazo del hombre por sobre sus hombros, se hace cargo de la vara. Los bidones golpetean contra el piso. Tobías pesa; agotado, ha dejado caer el cuerpo sobre ella.

—El dato no servía, el pozo estaba seco, alguno debió llegar al manantial por otro lado.

Si es que existía ese manantial, se dice ella. Lo ayuda a pasar por la pequeña puerta, deja que se sostenga en la vara unos minutos. Hace pasar los bidones, luego entra ella y recupera su puesto como sostén.

—Tranquilo, ya se nos ocurrirá algo.

—Seguro —responde él.

Los niños están de pie, tampoco ellos precisan que les digan cuál ha sido el resultado de la excursión. Se acercan despacio, abrazan al padre. Clara los deja, va hacia la improvisada cocina. Ya se nos ocurrirá algo, se repite, obtendrán un dato mejor, o quizá caiga una lluvia aislada, un viento tan fuerte puede traer nubes desde lejos. Se les ocurrirá algo mejor; necesita creerlo, la fe es lo único que les queda. La otra opción, prefiere no pensarla.

El autor

Juan Pablo Goñi Capurro

Juan Pablo Goñi Capurro

Escritor y actor argentino

Juan Pablo Goñi Capurro

Escritor y actor argentino

Saber más del autor

Déjanos tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos: El responsable del proceso es Revista Sinestesia. Tus datos serán tratados para gestionar y moderar tus comentarios. La legitimación del tratamiento es por consentimiento del interesado. Tus datos serán tratados por Automattic Inc., EEUU para filtrar el spam. Tienes derecho a acceder, rectificar y cancelar los datos, así como otros derechos, como se explica en la política de privacidad.

Mastodon
Sinestesia 17 Sinestesia 16 Sinestesia 15 Sinestesia 14 Sinestesia 13
Revista Sinestesia
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Información básica sobre protección de datos

Responsable: Revista Sinestesia +info...

Finalidad: Gestionar y moderar tus comentarios. +info...

Legitimación: Consentimiento del interesado. +info...

Destinatarios: Automattic Inc., EEUU para filtrar el spam. +info...

Derechos: Acceder, rectificar y cancelar los datos, así como otros derechos. +info...

Información adicional: Puedes consultar la información adicional y detallada sobre protección de datos en nuestra página de política de privacidad.