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Él miró por última vez a la mujer escuálida, de rostro sombrío, y atuendo ennegrecido. Esta sombra se dirigía sin rumbo, como alguien que ha perdido la cordura, y presa de alucinaciones, deambula sin certeza ni determinación. Iba vestida con ropajes antiguos, vetustos, de colores oscuros, y un collar de esmeraldas brillaba en su pálido cuello. A lo lejos parecía, un ser desconsolado, que iba (o parecía) sostenida por cuatro buitres, los cuales con sus aleteos y graznidos, la elevaban un poco y la volvían a bajar a la tierra quemada. Parecía que se encaminaban al sur, allá abajo, donde florecían en primavera flores azabaches, y rosas azules. Pero… todo era soledad, y abandono, en este momento. El polvo se convertía en un suave remolino, y se apreciaba que iba protegiendo a la fémina; mientras esta huía, desaparecía, sin ninguna prisa, sin aspavientos. La quietud tramposa, envolvía el entorno con sus brazos de yermo. Allá a lo lejos, muy retirado, hasta donde puede ver la vista, se observaba una casona antigua, derruida, llena de una infinita tristura, y tapizada del más terrible desamparo. Un agonizante pajarraco, lanzaba sus últimos chillidos, como buscando entre tanta destrucción; a su madre, ya muerta, por la mano de un cazador de infortunios…






