Crónicas del colapsoVoz y verbo

Los sonidos de la esperanza

Los sonidos de la esperanza

José Alberto Capaverdes (España)

«La ciudad enferma se encuentra en cenizas; y los edificios lloran agónicos, las casas sufren colapsos, los departamentos expiran, los lugares públicos aniquilados»

L Él miró por última vez a la mujer escuálida, de rostro sombrío, y atuendo ennegrecido. Esta sombra se dirigía sin rumbo, como alguien que ha perdido la cordura, y presa de alucinaciones, deambula sin certeza ni determinación. Iba vestida con ropajes antiguos, vetustos, de colores oscuros, y un collar de esmeraldas brillaba en su pálido cuello. A lo lejos parecía, un ser desconsolado, que iba (o parecía) sostenida por cuatro buitres, los cuales con sus aleteos y graznidos, la elevaban un poco y la volvían a bajar a la tierra quemada. Parecía que se encaminaban al sur, allá abajo, donde florecían en primavera flores azabaches, y rosas azules. Pero… todo era soledad, y abandono, en este momento. El polvo se convertía en un suave remolino, y se apreciaba que iba protegiendo a la fémina; mientras esta huía, desaparecía, sin ninguna prisa, sin aspavientos. La quietud tramposa, envolvía el entorno con sus brazos de yermo. Allá a lo lejos, muy retirado, hasta donde puede ver la vista, se observaba una casona antigua, derruida, llena de una infinita tristura, y tapizada del más terrible desamparo. Un agonizante pajarraco, lanzaba sus últimos chillidos, como buscando entre tanta destrucción; a su madre, ya muerta, por la mano de un cazador de infortunios…

Él quiso volver a mirar la imagen que marchaba como una poseída, y volteó su cabeza extraña, para tal efecto, pero se dio cuenta en ese preciso instante que no veía nada, en lo absoluto. Un niño esquelético, blanco, de ojos verdes, y pelo rubio rizado; que de inmediato se advertía que padecía un hambre ancestral, y una sed agobiante, abrió los labios y un hilillo de sangre brotó, al momento que exclamaba: ¡No tiene usted ojos! Un ave de rapiña furioso, delirante, y haciendo gala de su poderío, llevaba en su peligroso pico, los órganos de la visión, y la sangre le manchaba el plumaje negro del pecho.

La ciudad enferma se encuentra en cenizas; y los edificios lloran agónicos, las casas sufren colapsos, los departamentos expiran, los lugares públicos aniquilados, y demás construcciones arrasadas, están descansado su estructura en la superficie carbonizada. Sólo se escucha el silencio, si es que se puede oír, cuando todo está muerto. Los cadáveres de los habitantes yacen por doquier, miles en las sucias calles, cientos en las frías aceras, y un número no acreditado entre los escombros de las viviendas. El viento se carcajea de semejante calamidad, mientras le mira el trasero a la luna…: Gritó lo anterior, un paciente esquizofrénico (de finos modales), como tratando de describir el estado real de la metrópoli; o pormenorizar la urbe de sus maniáticos ensueños. Mientras reseñaba las ruinas del entorno, se iba desmoronando todo, convirtiéndose en puro lodo ardiente. Un cuervo embravecido se afilaba el pico, entre sus fuertes alas, para tener presto el “sable” de su boca, e iniciar el cruento combate. Todo era como una visión, que confundía el entendimiento…

Es como si estuviéramos malditos, y hoy por fin hemos pagado nuestros pecados: Volvió a alzar la voz el pequeño famélico, al tiempo que otro plumífero le picoteaba los ojos verdes, y dejaba sólo las cuencas sangrantes, como un recuerdo del más puro amor…

— ¿Cómo te llamas niño?

— Antonio.

— ¿Y usted?

— No recuerdo mi nombre, por más que trato de hacerlo, mi cabeza se llena de pura penumbra, y unos ecos terroríficos me atormentan todo.

— Ven, tómame de la mano, tenemos que desaparecer de inmediato de esta desgracia. No te sueltes de mí, como no tenemos vista ninguno de los dos, tendremos que salir de este infierno, utilizando los sonidos de la esperanza…

— ¡Sí, señor!

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José Alberto Capaverde

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Poeta y escritor

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