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Una barbarie maloliente vadea el mundo

Una barbarie maloliente vadea el mundo

Por:
Jaime Zárate León. (Bogotá 1962)

Una barbarie maloliente vadea el mundo. La vida de nuestra especie está en juego, los peligros ya no están entre los cajones de la ciencia

No respetar el turno en una fila  –bancaria, hospitalaria, de entretenimiento, vehicular, u otra–, adelantar a otro auto sin contemplación ni cuidado, pensar que se tienen privilegios por cuenta de una cuenta en el banco o por capricho, pueden parecer comportamientos y, de hecho, lo son; algo normal y cotidiano en el diario vivir de la sociedad actual y, bien podrían dejarse pasar sin mayor problema, al fin de cuentas es asunto de patanes: así suelo pensar mientras conduzco mi vehículo de trabajo con 30 pasajeros en él. Solo que ver repetidos estos actos hasta el cansancio me han hecho ir más allá de esta simple divagación, instalando mis pensares en la lucha que libra la humanidad por la supervivencia y contra sí misma por cuenta de la depredación a la que ha llegado sobre la casa (nuestra tierra) en la que vivimos.

Los recursos naturales se agotan, el clima cambia y se precipita en caída libre rumbo a lo que los científicos llaman el cambio climático,  el efecto invernadero, la sobrepoblación en los países mal denominados «del tercer mundo» y el decrecimiento de la natalidad en los países más desarrollados. Puede pensarse que ese sería un alivio, pero no lo es, y aunque merecería una explicación mayor, me remitiré a decir aquí; que esa baja natalidad viene acompañada de una displicencia generalizada en los adultos en edad de procrear y de sus gobernantes en dicha naciones por lo que le pasa a nuestro planeta. Las enfermedades con cismas a pandemia son cada vez más frecuentes, la guerra nuclear se cierne en la nuca de todos nosotros por cuenta de rivalidades políticas –cuestión de doctrinas o ideologías sociales, económicas o de intereses personales–. Las violencias ciudadanas son cada vez más salvajes, se transgreden todos los límites de la ferocidad y su indiscriminado accionar pulula en el olor a la venganza por la impotencia de la justicia estatal. En las noticias proyectadas en los llamados medios de comunicación y puede que este aquí mencionando un discurso con un sabor  a algo ya conocido, repetido y sin la pasión con la que estamos acostumbrados, en las bocas de los defensores de los derechos humanos o, en los ambientalistas; por mencionar algunos, pero no por eso dejo de realizar un contraste entre aquellos que de manera bárbara y sin que a nadie importe, violentan a aquel que consideran un idiota que se deja hacer en nombre de la educación, el respeto y el sentido común, de que «ese idiota», con la vana ilusión en su proceder de que tal vez una lagrima seca pueda un día hacer geminar un espíritu de empatía entre todos. Quien agrede sin medida y sin respeto no será capaz de entender lo que significa proteger –cuidar– y, si no protegemos a nuestro semejante, menos a la naturaleza que nos provee de lo que necesitamos para vivir.

La vida de nuestra especie está en juego, los peligros ya no están entre los cajones de la ciencia. Se han ignorado o menospreciado por la mayoría de nosotros. Asechan, esperan su turno y puede que todos ellos juntos, un día no muy lejano prevalezcan a lo largo y ancho de nuestro planeta. Y nosotros madrugando a hacer una fila para comprar el último celular o, la nueva consola de videojuegos, olvidando llanamente de donde provienen; a cuantos seres humanos les está costando la vida producir un aparato que tiene su caducidad ya programada, como su propia vida. Cuánta agua se está desperdiciando en la extracción del petróleo para que en tu coche salgas «a comprar la leche» a un centro comercial; ¿acaso no tienes una tienda en la entrada de tu edificio? Nos han dicho que amar a tu prójimo es una ley y doctrina de casi todos los dioses que hemos inventado, y sales a la calle luego de haber orado a llenar del plomo de tu odio a todo aquel que te lleve la contraria.

Me podrán decir que qué tiene que ver tanta palabrería con el cambio climático, con la vida y la muerte planetaria que nos espera, y con la obligación que tenemos de hacer algo con todo ello. Y no deja de sonar en la cabeza la espada de la indiferencia que nos gobierna, como respuesta y en un estruendo de cañón de museo en mis oídos, viene una reflexión: Si no hacemos de nuestra casa y de las personas que la habitan un lugar de equilibrio real, la humanidad en definitiva estará condenada a, en el mejor de los casos, a reiniciarse, sino es que desaparecemos del todo, llevándonos en ello todo vestigio de vida en este punto azul pálido, como lo describiera Carl Sagan en su serie Cosmos. No es un Kitsch banal decir lo anterior, es una realidad de peso apabullante.

La barbarie se hizo dueña de la sociedad moderna disfrazada con el traje de hombre invisible. No la vemos, no la aceptamos, no la creemos, no sentimos que exista y, está ahí, en todas partes, como un Dios postmoderno, que viene montado en uno de los corceles del apocalipsis para hacernos creer que la vida está tras una pantalla negra, mientras nos ciega para que no veamos lo que realmente está pasando; el mito de la caverna en su dimensión más esplendorosa nos recuerda que la filosofía –realidad– está en las sombras y no en la luz que las proyecta. La ignorancia es un don del más alto valor, la patanería un lujo barato, la decencia una reliquia que asusta, la compasión muere a minuto por segundo, el conocimiento está sesgado por la puerilidad, la indiferencia de la otredad se pudre en la sangre de los que están por morir de inanición, el arte y su putrefacción de lo comercial –el dinero y sus propietarios– invade todo lo que toca; el gran adalid de la conciencia humana ha sido cooptado por la nuez que tiene atrapada la mano del mono –dícese del ser humano– dentro de la jaula que llamamos prosperidad y desarrollo. La humanidad está al borde del abismo y anda ocupada en trabajar para sobrevivir, se mantiene horas dentro de un aparato en trancones monumentales para no llegar a alguna parte, hace filas para recibir Ibuprofeno, consume como el puerco todo lo que se le ponga por delante, los nadies que aún vigilan, intentan despertar a los dormidos y estos roncan sobre la placidez cálida de sus excrementos, soñando todos ellos en paraísos dispuestos por las compañías del entretenimiento y todos tan campantes.

El mundo como lo conocemos poco a poco e inexorablemente camina a la debacle de una muerte inevitable; y los dueños del dinero y, sus lacayos políticos que se hacen llamar gobernantes, periodistas de nómina que esparcen humos embrutecedores, intelectuales humillados ante la postverdad, científicos y la ciencia misma lamiendo el trasero de los sponsors cuando no es que están sometidos a un estado, –que resulta ser más ignominioso que todos juntos…– y todos ellos, empeñando conciencias y vendiendo el alma de la humanidad al diablo de la hecatombe, y precisamente son ellos los que tienen puesto el disfraz invisible más vistoso. Muertos de la risa, los dueños del dinero viven pensando en túneles de gran profundidad, viajes a las estrellas o en inmortalidades criogénicas que no durarán más tiempo que lo que dura un helado en la boca de un infante en la puerta de un colegio en un día de verano. Ellos se ufanan de su invulnerabilidad construida en papel moneda y, sobre la esfinge de una democracia corrupta, decrépita, tumefacta y fosilizada por lo políticamente correcto viajan en la limusina que llevará al ser humano a la extinción.La muerte ya no será presagio de nueva vida, como sucede en la naturaleza y sus procesos biológicos. La muerte será entonces una huella de la vida que viajará en un haz de luz rumbo a lo más profundo del universo como muestra de lo estúpida que llegó a ser una especie mal llamada Homo Sapiens y de la que lo queramos o no, todos somos responsables. Esa barbarie de la calle es solo el reflejo de la corriente espumosa y maloliente de la modernidad.

No nos engañemos, el futuro está en manos de quienes poseen el dinero, ya que son ellos los que en compañía de sus lacayos pueden mover a la sociedad en el sendero que se requiere para evitar el desastre. Reciclar está bien, cuidar al otro lo ideal, marchar en defensa de las abejas hace falta, salir en bicicleta una moda muy saludable y socialmente muy rentable, pero todo eso y lo que se me queda por mencionar solo es un paño frío sobre el volcán a punto de hacer erupción en el que estamos sentados.

El autor

Jaime Zárate León

Jaime Zárate León

Escritor, y estudiante de crítica literaria

Jaime Zárate León

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