Agitación insolubleCatas y degustaciones

En búsqueda de la identidad

En búsqueda de la identidad

Paola Andrea Duque (1989)

Miles de ojos que sueñan con el cambio e infinitas bocas a la espera de la libertad

“Es poseyendo una gran conciencia, que se llega a dirigir la vida de otros;
la influencia de un escritor sobre su época, marca, no los grados de su talento,
si no los grados de su virtud”.
(Vargas Vila, 1907)

 

E El ser humano pensante y racional, está en constante reflexión con respecto a la búsqueda de una identidad propia, una autonomía y un juicio personal que lo caracterice y enfoque tras el camino de vida que se trace, eso en la individualidad del ser. Ahora bien, si se piensa en la identidad de una sociedad o de una nación resultan mayores complicaciones a la hora de una definición tangencial que englobe y defina a todo un pueblo. ¿Qué somos y qué nos construye como nación que carga con una verdad histórica, determinista y decadente?

Durante los años 60’s y 70’s la literatura latinoamericana tuvo un auge, un estallido, al que se le asigno la onomatopeya inglesa de Boom. El llamado Boom latinoamericano, con el surgimiento de este fenómeno literario y del pensarnos como latinos, se plasmó en versos y renglones la realidad sugerente de las guerras civiles, de la opresión y el contenido que nos refleja como constructo de culturas entre mezcladas al que llamamos folclor. Por ese mismo periodo muchos países latinoamericanos pasaban por diversas guerras civiles y movimientos sociales. En Colombia (1958 – 1974) surge el Frente Nacional, pacto entre conservadores y liberales para acabar con el general Rojas Pinilla; se dice que fue un periodo de guerra fría en Colombia. Misma época por la que Gabriel García Márquez escribe La mala hora (1962) novela que refleja los acontecimientos de un pueblo ante la presencia de una guerra civil*, campesinos para ser exactos, a los que les llega un tiempo de conflicto. La guerra como una constante en las tierras latinoamericanas, presentadas siempre desde la injusticia, arraigadas a unos mandatos, desde una política y un gobierno inhumano que sobre pasa los limites y la frialdad, en búsqueda de su propio beneficio. El pueblo como principal agente de afectación ante la problemática de las guerrillas, aun en nuestro presente.

Un pueblo que acalla todas las injusticias presentadas. Un pueblo sumiso que no se atreve a alzar la voz. La política, como en la mayoría de los casos, determina la solución a los problemas que se presentan en las naciones o pueblos, no podía ser una excepción en esta novela, el personaje del alcalde es una representación del gobierno; ese que manda y exige a su gente, el que impone toques de queda y muestra la verdadera intensión detrás de esa cara que vende, sale a flote su personalidad y beneficencia, es el único que se alimenta de todo su teatro y resulta ser la figura de la autoridad. Somos entonces los hijos enmudecidos de la realidad que nos oprime, el corpóreo devenir de la iniquidad, el atropello con forma de cuerpo y carne que deambula por las calles sin voz ni voto que contar.

Años antes a principios del siglo XX José María Vargas Vila escribe un texto llamado: Los Cesares de la decadencia, donde no solo expone la rivalidad entre liberales y conservadores, si no donde da una muestra clara de la contrariedad de los partidos políticos, la poca fuerza para mantenerse en pie y el desvarío constante ante nadar para la corriente que más agua lleve. Un liberal que termina siendo un conservador dentro de su mentalidad, dentro de su frasco y su invisibilidad de raciocinio. El poco conocimiento del significado de libertad y el pusilánime carácter ante la defensa de pensamientos. Este mismo expone al inició de su libro:

“En este libro, hay bastante, para disgustar a todos los partidos y para encolerizar a todas las facciones. No teniendo otro partido, que el de la libertad, está llamado a despertar el odio de los opresores, y a provocar el celo vil de los aduladores… hecho es para desafiar la cólera muda de los amos y la sonora servilidad de los esclavos”. (Vargas Vila, 1907)

La realidad no es otra más distinta que la de hace algunos años, unas cuantas décadas y un subdesarrollo tangible como sociedad libre, carente de democracia y desahuciada de paz.

Entonces existe un constante reflejo de la historia de Colombia en la literatura que nos lleva a un reflexionar continuo cuando nos encontramos frente a ella. Estos dos autores nombrados con anterioridad son un simple ejemplo de lo que carga la literatura colombiana, llena de historia, realidad y padecimiento, colmada de identidad, de vociferaciones y de un ulular de derechos. Existen muchos más autores que no se mencionaron; pero que por medio de sus palabras dieron una conciencia y una identidad de lo que es pertenecer y ser colombiano, entre estos están: Álvaro Cepeda Samudio, Gonzalo Arango, Fernando Gonzales, Fernando Vallejo, Alfonso Reyes, entre otros. Guardamos así un pasado que nos dibuja y padecemos un presente que nos enfrenta y nos contrapone a nuestros derechos.

La guerra como la voz que grita y gime ante nuestros parpados, el fantasma incoloro que vomita sangre e invisibiliza la lucha, el peso inmortal de la bazofia a la que nos condenan. Somos uno y todos, la misma historia y el vareado padecimiento, el mismo desdén y la misma opresión continua. No contraemos la verdad de la inmediatez empobrecida que ahora nos ofrecen los medios, contraemos la verdad de una conciencia que nos queda en nuestros adentros, entre los miles de párrafos que la historia nos refleja. El padecimiento de hambre, la violencia tatuada en las pieles llenas de tierra, las manos destrozadas y unos cultivos maduros de pobreza. Miles de ojos que sueñan con el cambio e infinitas bocas a la espera de la libertad. Una nación con frío y sed, que anhela un cambio, un amanecer tardío y un despertar silencioso. Somos el saco de escombros que cargamos a nuestras espaldas, las muertes infames de nuestros inocentes, la sangre que tiñe nuestros corazones y el inmenso imaginar de un cambio a nuestra espera. Unas manos que pintan, danzan y conversan, una cumbia que retumba y un bambuco que enseña, unos tiples que danzan al son de los latidos que nos quedan, porque somos río, viento y mar; realismo mágico, identidad, consciencia, arte, reconocimiento, fuerza y estallido.

 

  • El conflicto armado interno en Colombia es una guerra asimétrica de baja intensidad que se desarrolla en Colombia desde la década de 1960 hasta la actualidad.

La autora

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Paola Andrea Duque

Profesional en estudios literarios

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