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Entrevista a Juan Gustavo Cobo Borda

Entrevista a Juan Gustavo Cobo Borda

Consejos para sobrevivir en el campo editorial

Por: Nathalia Roa Garcés


Usted entra y lo único que ve es libritos entre los libros y sobre los libracos, todo sostenido por la conversación de Juan Gustavo Cobo Borda. La biblioteca es el apartamento entero, y sí, incluyendo el baño y la cocina. Se sabe que un cuarto es la oficina por la máquina de escribir en la mesa. En ese lugar tiene cuadros de algunas portadas de sus ediciones, tema del cual hablamos: la vida editorial desde su juventud hasta hoy.

Comienza por contar que las primeras semillas literarias fueron cultivadas por sus padres, su papá: un español que perdió alguna guerra y que llegó a Colombia para escribir un poco, su madre: familiar de algunos Bordas escritores. “Me gusta compartir lo que leo, me gusta poder conversar sobre ello con la gente y en muchos casos estos materiales que a mí me llaman la atención no son accesibles y por tal razón yo creo que con el tiempo comencé pegando recortes de periódicos en cuadernos escolares”. Dice haciendo el gesto de “pegar papelitos” con las manos. Hay que recalcar, como él lo hace, que su oficio no es otro que el de lector: un hombre dedicado a leer y que no viendo más remedio a su deseo por compartir, encontró en la edición la posibilidad de brindar los textos que como él mismo dice “no son accesibles”.

La necesidad se hace más grande cuando ve la cantidad de escritores sin editar en la librería Buccholz donde trabajó como librero: “Colombia no tiene memoria -dice- muere un escritor, desaparece, no reeditan sus libros. El olvido cae inexorablemente sobre él. Y muchos escritores, en alguna forma, se perdieron escribiendo para los periódicos, que es lo más efímero que hay; se perdieron dando clases, que también es lo más efímero que hay; no dejaron sus conferencias, sus apuntes. Nadie recolectó sus columnas”.  Es por esta razón que comienza a dirigir la revista ECO, donde hace el trabajo de recopilar a los escritores más nombrados de occidente sobre material cultural.

De esas ediciones resultaron algunas relaciones con escritores hoy conocidos y una que otra anécdota; como el percance con un álbum de la esposa de José Umaña Bernal, en el que estaban recopiladas todas las publicaciones del escritor, el cual nadie encontraba luego de haber sido muy recomendado por la mujer; otra, acerca de un tiraje que debía entregar a Alberto Lleras Camargo y que junto con Gloria Zea fueron a llevárselo al autor, sin embargo justo en la puerta la caja se desfondó y… bueno, Cobo entre risas deja ver una vergüenza pasada.

Pero estas y más experiencias de esta industria construyeron el camino editorial que Cobo hoy recopila en un espacio de la biblioteca, como la ediciónObra en Marcha en donde publicó a escritores como Andrés Caicedo y la edición Samper Ortega. No hay que pasar por alto una de sus más osadas hazañas editoriales: La Soga al Cuello, editorial creada por él, en la que se publicaron apenas tres libros en los que está Consejos para sobrevivir, poemario del entrevistado. Para abreviar esta experiencia Cobo dice algo como: “el primer error editorial, fue el nombre”.

Se ríe un poco de las primeras publicaciones de los escritores, incluida la de él, que afirma, siempre son pagadas por la mamá o por las novias. Solo luego de ser grandes intelectuales las editoriales te toman en cuenta y es por eso que editar bajo ediciones de recopilaciones es un campo para los escritores jóvenes.

¿De dónde surge el gusto por la edición en literatura?

Estudié con españoles, los padres Agustinos del Liceo de Cervantes, ayudé a hacer la biblioteca del Liceo Cervantes de lo cual curiosamente se inició mi manía cleptómana, de robar libros. Entonces ahora todavía veo que hay dos o tres de esa biblioteca cuando yo ayudé a hacerla y ahí viene otra de mis… pudiéramos decir, de mis manías o propensiones: me gusta compartir lo que leo, me gusta poder conversar sobre ello con la gente y en muchos casos estos materiales que a mí me llaman la atención no son accesibles. Por tal razón, yo creo que con el tiempo comencé pegando recortes de periódicos en cuadernos escolares.

¿Cuáles fueron sus primeros pasos en el mundo editorial?

Primero en la librería Buchholz de la Av. Jiménez 8 – 40, por un alemán insólito, Karl Buchholz, que hizo una revista excepcional para la época que se llama ECO, quizás una de las revistas de más larga duración en Colombia de 1960 a 1984. Publicábamos las traducciones de los autores alemanes.

¿Cómo fue el trabajo editorial en el Instituto Colombiano de Cultura?

Cuando entré a trabajar en el Instituto Colombiano de Cultura, seguí con esta obsesión que tiene dos caras: Colombia no tiene memoria, muere un escritor, desaparece, no se reeditan sus libros el olvido cae inexorablemente sobre él. Muchos escritores, en alguna forma, se perdieron escribiendo para los periódicos que es lo más efímero que hay;  se perdieron dando clases, que también es lo más efímero que hay; no dejaron sus conferencias, sus apuntes, nadie recolectó sus columnas. Entonces en el Instituto Colombiano de Cultura, en la época en que lo dirigía Gloria Zea, hicieron una gran colección de libros que abarcaba por ejemplo: rescate de textos perdidos en revistas.

¿Hay alguna anécdota?

Un cuento que es muy simpático fue cuando le pedimos a Alberto Lleras Camargo, el ex presidente que en ese entonces ya había dejado la rectoría de la Universidad de los Andes, una recopilación de sus artículos. Nos dijo “pero ay, este libro con mis artículos se les va a volver un ladrillo a ustedes. No sé por qué lo quieren publicar” y nosotros: “no, doctor Lleras, porque usted escribe muy bien, esas cosas que usted escribió sobre el General Mosquera no se pueden perder…”. En fin, hizo un prólogo muy bonito y entonces llegamos a entregarle el libro y qué pasó: yo llevaba el paquete de los libros recién impresos envuelto, el Doctor Lleras muy gentil abre la puerta para recibirnos y entregarle el libro, y ¡claro! Hago así –en señal de entregar la caja– y el paquete se desfonda y todos los libros se caen al piso, y Doña Gloria Zea, Don Alberto Lleras Camargo y quien les habla gateando por el piso recogiendo los libros. Creo que dijo una de esas frases que solía decir: “se cumplió lo que yo pensaba el libro ya anda por los suelos…”.

¿Cómo fue el encuentro con Andrés Caicedo?

Siempre me mandaba los cuentos con situaciones semejantes y recurrentes de la relación de una pareja que eran Angelita y Miguel Ángel, con un tercero en donde había una especie de relación triangular.Entonces me puse en contacto con él, vivía en Cali, dirigía un cine club, hacía una revista que se llamaba “Ojo al Cine” […] se llamaba Andrés Caicedo Stella y había escrito un texto que se llamaba:Memorias de una cinecífilis o sea, como de un cine cifilítico obsesionado por el cine, y ese fue el que yo publiqué en la editorial Obra en Marcha y ahí anunciamos que estaba terminando una novela que se llama Qué viva la música.

Usted participó en la edición de Samper Ortega, cuéntenos un poco de esa experiencia

Daniel Samper Ortega había previsto una colección de cien títulos. Entonces ya tenían varios de los títulos escogidos y ya los estaban haciendo y tenían una peculiaridad, tenían que tener cien títulos y cada diez cubrían un área de la literatura.

¿Cuál fue su último trabajo editorial?

Es muy interesante esto de la edición y me ha encantado mucho trabajar en ese sentido. Hay otras labores como editor que me gratifican mucho por la respuesta de la gente como los dos volúmenes que hice con Villegas Editores que se llaman: Lengua Erótica y Cuerpo Erótico.Y entonces ¿qué es eso? Eso es una antología en la poesía de lengua española que tiene que ver con el amor escrito, Lengua Erótica, por poetas que dominan la lengua española y que vienen desde los orígenes del español hasta la actualidad […] y luego, Cuerpo Erótico, que es como la otra cara, grandes poemas amorosos, gran poesía erótica escrita por destacados poetas, varios premios nobel, pero traducida al español.

 

¿Usted considera que la industria editorial ha cambiado en Colombia?

Es obvio que se ha profesionalizado en el sentido tecnológico, en alguna forma es más fácil hoy en día hacer una edición. Pero lo que siempre me parece a mí que es muy cierto, en el caso de la poesía, es lo siguiente -y lo he visto ahora que he preparado un pequeño libro, libraco, que se llama Leer Brasil y me puse a mirar las historias de los poetas brasileños y todos hicieron lo mismo que nosotros y creo que eso pasa en todo el mundo-, los primeros libros de los poetas generalmente los pagan ellos o sus novias o en una suscripción entre amigos. Se reúne la plata, se pide prestado, se engaña al papá o a la mamá, entonces está esa tendencia de que como “nadie me para bolas” el primer libro me lo pago yo y solo más tarde, quizás una editorial asume el libro. Entonces yo puedo decir por lo que viajo, que subsiste un poco esa quijotada de hacer uno su propio libro e intercambiarlo con sus amigos.

Termina de contarme su vida desde las experiencias editoriales, ese campo que él siempre  ha considerado como la mejor manera de compartir qué leer y me indica en su biblioteca el estante de las ediciones que él ha dirigido. Me habla de la importancia de cultivar en las universidades esta rama. Al despedirme y salir de su apartamento veo en la puerta un letrero que dice: “poeta” y yo pienso: debería decir poeta, crítico, ensayista y editor, o mejor como el mismo se define: lector.

 

 

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