fbpx

Literatura y tecnología

Leonardo Agudelo Velásquez (Medellín, 1961)

La literatura ha sido una fuente de inspiración para muchos. Uno de esos campos fuertemente inspirados ha sido la ciencia y la tecnología.

 

Posiblemente fue sir Francis Bacon, quien en su portentosa exigencia de agregar al conocimiento lo práctico, dejó en su obra filosófica del siglo XVII una traza importante entre literatura y tecnología. El mundo del conocimiento produjo la primera serie literaria en el enciclopedismo francés cuya gran compilación hace eclosionar el mundo del conocimiento en una cantidad de saberes, perdiéndose de paso la magnífica unidad del saber que había garantizado la filosofía, como la cúpula bajo la cual se preservó toda forma de conocimiento desde la Grecia clásica.

La unidad del saber se fue decantando por las ciencias exactas, aquellas asociadas a la matemática, geometría y física, y ciencias morales, después llamadas ciencias humanas. La unidad rota no pudo ser restablecida, pero quedó un umbral de esa magnífica rama que se desgajó del árbol de la mitología griega.

Fragmentada la unidad del conocimiento se consideró que el pensar físico matemático era independiente de la capacidad de fabular que anidaba en la creación literaria y que produjo las Utopías del siglo XVI, pero en el reino de las utopías llegaron no solo las especies de la naturaleza, sino las propias del ingenio humano, la criatura maquínica: Julio Verne escribió De la tierra a la luna y 20.000 leguas de viaje submarino.

Desde la invención del reloj en abadías y monasterios, para fijar de forma más exacta los siete llamados a la oración en el día durante la edad media, se realizó el cruce de herramienta a máquina, o con la portentosa idea de un mecanismo autónomo capaz de autorregularse y ya no solo como extensión de las capacidades humanas Ad infinitum. Desde los diálogos platónicos anidaba el sueño de liberar al humano del trabajo material gracias a un artificio mecánico.

A comienzos del siglo XIX Mary Shelley escribió la novela Frankestein, inspirada en el avance de la electricidad por las investigaciones de Volta y Faraday, y cuyas ecuaciones escribió posteriormente Maxwell. Turner pintó, inspirado en los avances en el conocimiento de la difusión de los gases, coloridas imágenes de tormentas marinas sobre el lienzo. Revelando que la separación entre conocimiento científico y arte nunca es definitiva como se vislumbró en el racionalismo.

Unir a los Estados de la Unión Americana, dispersos en una inmensa plataforma de 6.000 kilómetros de longitud entre las costas del Atlántico y el Pacifico, significó el paso de las caravanas de carromatos jalonados por bueyes a la construcción de una red ferrocarrilera que unió las dos costas tras el fin de la guerra civil americana, dejando de paso el fabuloso negocio de valorización de tierras que enriqueció a los financistas que apoyaron la guerra de secesión entre los estados del sur y del norte.

Esta compleja red ferrocarrilera, impulsó el desarrollo de las comunicaciones telegráficas a lo que posteriormente se sumó la invención del teléfono. Ello demandó la creación de grandes redes, que como las líneas de ferrocarril iban de un lado a otro y se entrecruzaban, o se conmutaban. Había que controlar redes en el mundo ferrocarrilero y para ello era necesario las comunicaciones, de allí que las empresas de telégrafos compitieran para ver quién controlaba mejor la red de ferrocarriles que se volvió el motor de la economía, junto a ello el afán de comunicaciones eléctrica se extendió rápidamente en las ciudades y a lado y lado de los rieles de acero.

Los norteamericanos contemplaron rápidamente ante sus ojos el magnífico panorama de una red de comunicaciones ferrocarrileras y de telefonía, por donde ellas cruzaban nada volvía a ser igual. La palabra clave de las redes de comunicación fue: conmutación. Concepto que permitiría crear, posteriormente, una simulación del cerebro humano a través de una maquina bautizada computadora que, dada su complejidad, no fue inventada en un solo lugar, ni por un solo personaje, pero en cuyo desarrollo maquínico fueron claves los técnicos que construían centrales telefónicas que conocían el manejo de solenoides o relés.

El Futurismo, esta vanguardia literaria con base en autores italianos, glorificó en sus ensayos, poemas y novela: el poder maquínico, para luego caer muertos la mayoría de ellos en los combates de la Primera Guerra Mundial. J.J. Tolkien participó como soldado británico en la batalla del Somme, la mayor carnicería humana vista hasta esa época por la humanidad, como escritor inmortalizó el paisaje de cadáveres humanos en el campo de batalla a través del personajes de Golum, un hobbit que se corrompe por la posesión del anillo que despierta afanes de poder en la trilogía El señor de los anillos de Tolkien.

La febril imaginación literaria del siglo XX recibiría una gran influencia de cuenta de las redes de ferrocarriles que se extendieron como plataforma para el desarrollo de las comunicaciones alámbricas, y de allí a redes de telefonía que derivaron en la computación, una disciplina producto de problemas de alta complejidad de cálculo que surgieron con la tecnificación de las guerras de talla mundial de 1914 a 1945. Un problema específico llevó al desarrollo de la primera máquina pensante, un pariente lejano del ábaco chino y fue el desciframiento de las comunicaciones enemigas, tarea asignada al matemático inglés Alan Turing junto al grupo de expertos de Bletchley Park, que crearon la máquina para descifrar las comunicaciones secretas del alto mando alemán en la Segunda Guerra Mundial, considerada como una computadora cuyo diseño obedecía a un problema específico, objeto maquínico que cerraría el ciclo de vuelta de la máquina a lo humano, a través de una simulación del pensamiento por la necesidad de cálculo matemático. Arthur C. Clak, escribió junto al director de cine Stanley Kubric el guion de la película 2001: odisea en el espacio, en el cual se planteó el surgimiento de una mente, no sobre una base biológica como la inteligencia humana, sino sobre una base electrónica, el primer protagonista de una trama venido del mundo de las maquinas HAL 900. La computadora que cobra vida da cuenta de una misión de exploración a Jupiter, teniendo el control del viaje durante los largos meses del trayecto mientras la tripulación permanece en hibernación.

Esta magnifica obra de ficción no hubiera sido posible sin la cohetería, un desarrollo que se materializó en la Segunda Guerra Mundial, y que se inspiró en diversas fuentes literarias, es sabida la fuerza que tuvo en el imaginario del padre de la cohetería alemana, el ingeniero Ernest von Braun, la lectura del libro de Julio Verne para el desarrollo del primer programa de cohetes V1 y V2 en Peenemunde.

Del lado soviético, la literatura de ficción fue uno de los pilares de su carrera espacial, que logró los primeros grandes hitos en la conquista del espacio, como la puesta en órbita del satélite Vostok I en 1956, el ascenso al espacio exterior del primer ser viviente: la perra Laika en 1957; la circunnavegación del planeta desde el espacio del cosmonauta Yury Gagarin en 1961; la primera mujer: Valentina Tereshkova en 1963; la primera caminata espacial en 1965.

Esta rica trayectoria de realizaciones no se hubiera1 logrado si el grupo de ingeniería del programa espacial soviético no hubiera gozado de la rica literatura de ficción rusa, inspirada en la escuela de la invencibilidad biológica; un grupo iniciado por Alexander Bogdanov, fundado en la década de 1920 bajo el nombre de inmortalistas y biocomunistas. Bogdanov un hombre cercano a Lenin, vio en el socialismo la posibilidad de poner a la naturaleza bajo el dominio tecnológico del control total, junto a su continuador Nikolaï F. Federov, que propugnó que la muerte debía ser eliminada y que en lugar de Dios, que permite la salvación del alma, debía instalarse el poder de la ciencia soviética para garantizar al cuerpo la inmortalidad. El científico Konstantine E. Tsiolkosvki se interesó en el ‘biocomunismo’ lo cual le inspiró la colonización del universo: “pues si la humanidad debe estar a la medida de producir la vida eterna y de hacer resucitar a los muertos, tendrá necesidad de nuevos espacios”.

Escuela que tuvo un significado especial en el grupo de ingenieros, físicos, astrónomos encargados de poner a punto el programa espacial soviético a comienzos de la década de 1950 en la patria del socialismo, programa que tuvo por sede la ciudad espacial de Baikonur en Kazajistán, provincia de Kyzylorda a 200 km al este del mar de Aral en el centro de Asia.

Se ha señalado como parte de la fragilidad del programa espacial de la NASA, que llegó a su fin con la lenta muerte de las misiones de los transbordadores espaciales, a las carencias en la narrativa fantástica de la literatura norteamericana antes de mitad del siglo XX, la falta de narrativas poderosas que inspiraran la mente de científicos e ingenieros espaciales norteamericanos, pudo haber sido una de las causas de este fracaso, frente a la solidez del actual programa espacial Ruso, heredado de la ciencia aeroespacial creada en la era soviética que se basó en autores literarios dotados de una compleja base creativa, que ahondó en las infinitas posibilidades de la vida humana.

Parte del talento necesario para conquistar el espacio por la NASA había huido del territorio de la unión americana amenazados por el comité de actividades antiamericanas que investigó con furia bíblica, todo lo que emanara a comunismo, y sobre todo a los científicos extranjeros que constituían la fibra y la nuez del intelecto del complejo desarrollo tecno-científico, como se demostró en la construcción de las bomba atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki al final de la guerra.

Aun así la imaginación literaria –como lo afirmó el genio del entretenimiento en el cine animado, Walt Disney: “Sí lo puedes soñar, lo puedes crear”, frase tomada del novelista Julio Verne–, la narrativa de ficción se convirtió en vela del desarrollo tecnológico en el mundo occidental, gracias a autores como Philip K. Dick, quien publicó numerosas novelas donde la más destacada se tituló: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? adaptada al cine bajo el título Blade Runner. K. Dick, autor embebido en la corriente de la contracultura iniciada por el grupo de literatos encabezada por Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William Burroughs, Carl Solomon y Gregory Corso, imbuidos en la fascinación por los pioneros de la literatura norteamericana como Emerson y Whitman, así como horrorizados por el papel de los Estados Unidos tras el triunfo en Europa y el Pacífico en la Segunda Guerra Mundial. Los ‘Beatnik’, nombre con que se designó al grupo, estuvieron marcados por su búsqueda en las culturas orientales, Kerouac había sido marinero un corto tiempo, el amor libre, y la experimentación con sustancias que alteraran los niveles de conciencia. Ellos fueron los detonantes del hipismo en el estado más libertario, así como centro del desarrollo del programa Manhattan, para la construcción de las bombas atómicas: el estado de California. Este caldo de cultivo llevó a K. Dick al terreno de la escritura de la ciencia ficción, donde su experimentación con las drogas lo llevó a borrar el límite entre realidad y fantasía, cuya frontera se difuminaban de cuenta de sustancias capaces de alterar la percepción de la mente.

Ello inmerso en una sociedad donde las máquinas estaban copando el lugar del trabajo humano gracias a los replicantes robots con características humanas que estaban limitados por un mediano periodo de vida, entes que van adquiriendo un afán de trascendencia. Una sociedad distópica, donde el optimismo en el futuro falla de forma colosal, un escenario donde se pone en cuestión la condición humana, así como la percepción del ciudadano frente al desarrollo tecnológico. Donde las máquinas se humanizan y el individuo va cayendo en el vació de sentido de su propia humanidad en la medida que se ve atrapado, cada vez más y más, en una malla asfixiante de tecnologías.

La literatura de ficción se ha convertido en una fuente de inspiración de nuevos inventos al punto que muchos avances tecnológicos se han inspirado en escritos de ciencia ficción, siguiendo la máxima de que la historia transita por los caminos que abre el arte. Un gigante como Google patrocina concursos de literatura de ciencia ficción, como parte de la búsqueda de ideas tecno-científicas con las cuales inspirar a sus grupos de ingeniería y desarrollo con ideas para nuevos inventos que tengan el potencial de escalabilidad como lo fueron el smartphone o el iPad.

 

1 MARKWARDT, Nils. Unión Soviética – Silicon Valley. Un mismo combate por la inmortalidad. EN Philosophie Magazin No. 120. Junio 2018. Traducción del francés profesor Luis Alfonso Palaú.

Leonardo Agudelo Velásquez

Historiador graduado en la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Ha trabajado como profesor universitario e investigador en las universidades Autónoma de Colombia y Externado. Ha publicado en revistas como Hojas Universitarias de la Universidad Central y Credencial Historia. Escribió la historia empresarial de la Cooperativa de Impresores y Papeleros de Antioquia. Ha hecho parte del grupo de trabajo para presentar a la CEV, los casos de persecución a líderes sociales.

Impactos: 123

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: