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La solución

Carolina Rodríguez Mayo (Bogotá, 1991)

En un mundo donde salir de casa es bastante peligroso, una pareja tiene una gran idea para solucionar este problema.

“Caótico” dijo Emilio mirando el suelo abarrotado de cables. “No tanto como no poder respirar”, ambos sonrieron aunque apenas podían ver el mutuo gesto de complicidad bajo la máscara de plástico translúcido, el encierro del cuarto terminó produciendo un aire caliente que empañaba sus caretas, por eso apretaban los ojos para distinguir las expresiones del otro. “¿Para cuándo programaste la cita?” preguntó Juliana, “próximo martes” contestó Emilio pasándole una pistola soldadora a su amiga y colega. Ella la tomó del extremo que limitaba con la mano de Emilio y lo rozó por encima del látex; sintió que el calor era más intenso cuando él se acercaba. “Échate para allá, me voy a ahogar”, Emilio dio unos pasos hacia atrás. Entendía bien el proceso de Juliana, recordaba lo fácil que era ponerla nerviosa cuando estaba conectando fusibles, calculando porcentajes y realizando pruebas. Ella era el cerebro de la operación, “los cerebros funcionan mejor cuando están bien oxigenados” murmuró, “¿qué dijiste?”, “nada, perdóname, a esta hora me pongo idiota por el hambre. ¿En cuánto salimos?”, “dame diez minutos, este bebé ya está por ver la luz” dijo ella. Emilio recordó la voz de Juliana cuando corría campo abierto en los partidos de fútbol, una voz contundente, alta, risueña. Ahora mismo, parecía que su voz salía de un tarro con acción robotizada, alguna vez le hizo el comentario “es como hablar con Siri o Alexa”, ella se rió y añadió, “solo que entre los dos tú eres el asistente y yo doy los comandos”, él sonrió de vuelta, “lo sé”.

Ambos consideraron la pizza el mejor trofeo para cerrar la jornada. Ya sabían que el local del frente seguía con rigor las medidas de bioseguridad y también que era la manera más inteligente de contribuir a la economía del barrio, estando además tan cerca el riesgo de propagación era menos alto. “¿De qué la pedimos?” preguntó Juliana retirándose los guantes, abriendo la llave del platero de la cocina y enjabonándose las manos. “Todo menos hawaiana” resaltó Emilio con cara de rechazo, “¿ni siquiera una mitad?”, “ni siquiera un cuarto”, ambos se miraron sin decir nada, luego soltaron sonoras carcajadas. “Bueno, ¿dónde pusiste mi ropa?” Juliana señaló una canasta plástica a la entrada del baño. “Me baño y salgo”, “yo estoy calentando el eucalipto, cuando salgas entro yo y tú me ayudas a poner potecitos de esto por toda la casa”, Emilio asintió con un pie ya a la entrada del baño.

La pizza llegó justo a tiempo, ya ambos se habían duchado y se contaban sobre su día guardando la distancia. Cada uno en un sillón diferente, daba detalles de sus quehaceres en el trabajo o las obligatorias llamadas a la familia. “Bueno, ¿qué piensas hacer cuando seamos millonarios?”, “Cállate, Emilio. No le eches la sal a esto”, “¿De qué hablas? Estamos solos, dime qué harás.”, “Creo que me voy a comprar una isla privada. No quiero volver a ver concreto o ladrillo en mi vida, necesito aire, necesito mar”. Una hora más tarde se despedían levantando los brazos y uniendo los codos. “Nos vemos el martes” afirmó Juliana mientras cerraba la puerta.

“Ven a mi casa, sabes que tu wifi se cae con mirarlo”. “No puedo, en serio, está lloviendo mucho, yo solo salgo en mi bicicleta, mejor ven tú que eres el que tiene carro”. “Ya voy”. Poco después Emilio estaba en el umbral de la entrada de la casa de Juliana, se quitó los zapatos, entró directo al baño, se lavó las manos, la cara y se retiró la careta. Al salir levantó un poco su brazo y juntó su codo con el codo de su amiga. Ambos tenían sudaderas, pero en la parte superior, Emilio llevaba una camisa blanca bien planchada y una delgada corbata negra. Juliana llevaba un buzo cuello tortuga gris claro y un collar rojo grande. “¿Lista?” preguntó Emilio, “faltan diez minutos” dijo Juliana abriendo el computador. “Voy a preparar café mientras se conectan” Juliana le lanzó una mirada inquisitiva de soslayo, Emilio sabía bien por qué, “Tranquila, traje mi propia taza”. Ambos se conectaron, cada uno desde su portátil para evitar la cercanía. Sonó la campana del tercer invitado pidiendo permiso para unirse a la llamada. “Hola, buenos días” saludó Alejandro. “Buenos días”, saludaron Emilio y Juliana casi al unísono, aunque la voz de ella llegó después, porque tenía un lag de unos minutos.

Emilio comenzó a contar la travesía de Juliana con la construcción de los respiradores, Juliana habló de las ideas de negocio de Emilio. Ambos señalaban con entusiasmo cómo estos aparatos portátiles le cambiarían la cara a la pandemia y eliminarían para siempre el recurso del confinamiento. “La única condición infalible es que el que lo use no puede quitárselo mientras no esté en su casa”. Alejandro hacía preguntas, solicitó permiso para enlazar a otro inversionista a la llamada, solicitó fotos, videos y pruebas. Ellos lo tenían todo preparado. “No queremos que se cobren”, intervino Juliana. “¿Cómo vamos a ganar y a seguir con la producción?”, “fácil” respondió ella con una sonrisa, “estos respiradores son cascos, podemos instalar pantallas que queden frente al usuario, cuando el usuario no esté en movimiento, el casco emitirá una alarma suave, pero evidente, segundos después aparecerá un comercial publicitario, video, afiche, cuenta recomendada, tienda, lo que queramos. Esto nos permitirá ganar y continuar con la producción de los respiradores, el dinero vendrá de la publicidad.” Ambos inversionistas se quedaron en silencio. Todos entendían las implicaciones que existían detrás de aceptar un aparato que les permitiera volver al mundo sin miedo al contagio, pero exponiéndose a los peligros de la hiperconectividad. “Miren”, intervino Emilio, “ya estamos revisando nuestros celulares de manera constante, ya existe la inteligencia artificial detrás de cada búsqueda, like o compartir. Ya hay un exceso de conexión en nuestro día a día, la única diferencia es que este aparato también salvará vidas. Tenemos que sacar ganancia, para poder distribuirlo y para poder producirlo.” Los inversionistas asintieron, ambos miraron sus celulares casi en el mismo minuto, seguro leyendo algún mensaje privado. “Les agradecemos su tiempo y confianza. Mañana a esta misma hora tendremos una respuesta para ustedes”.

Los días volaron, también los meses. Las personas tenían sus respiradores, ya existían negocios para personalizarlos tanto en el interior como en el exterior. Algunas personas evitaban quedarse quietas para no ver publicidad de ningún tipo, lo que provocó un incremento de actividad física. Otros cambiaron el tono de la alarma, otros los tamaños de la letra, otros cambiaron el color del casco, otros instalaban microbocinas para que los escucharan mejor aún usando el respirador. Algunos cobraban grandes cantidades para hackear el sistema y eliminar la publicidad de forma permanente, era riesgoso, porque la penalización era el cobro millonario del respirador-casco. Juliana bromeaba: “ya puedo comprar la isla de la que te hablé”, Emilio sonreía, “el problema es que ya no tienes tiempo para acostarte en la playa.” Ambos trabajaban en la producción de los respiradores más de diez horas al día. Los pedidos cruzaron fronteras, vendían la patente a países en Asia, Europa, África; todo el mundo quería reproducir el invento existente más eficaz contra el confinamiento. “Ahora no estamos encerrados en nuestras casas, pero sí en nuestras propias cabezas” reseñaban algunos críticos. “No podemos ya entrar a una tienda de forma esporádica. Entré una vez a Zara, una vez, y ahora recibo publicidad de la tienda cada tres horas” aseguró un famoso columnista. “Algunas personas están usando el casco para hackear información de cuentas particulares, ya se supo de un joven que entregó su respirador para que lo personalizaran y, en cambio, le robaron toda su información y la de su familia” se leyó en un reportaje.

“¿Sabes qué cosa no soluciona esto?” preguntó Juliana, “¿qué?”, “la necesidad de contacto” respondió ella. Él se acercó, le tocó la mano por encima del guante, juntó su casco al de ella… “¿me dejas dar mal ejemplo?”, ella asintió, ambos se quitaron el casco-respirador en medio de la Avenida 82 y se besaron sin guardar ningún tipo de distancia.

Carolina Rodríguez Mayo

Viajera y escritora. Literata con opción en Filosofía. Especialista en Comunicación Multimedia. Ha publicado su trabajo en revistas de Bogotá como Sombralarga y Sinestesia. Fue elegida como parte de una antología de jóvenes poetas: Afloramientos, los puentes de regreso al pasado están rotos publicado por Fallidos Editores. Su poesía ha estado en lugares como la Universidad de Brown y en el podcast Gente que lee cuentos.

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