Alba inmarcesibleVoz y verbo

Lluvia de palabras

Lluvia de palabras

Por:

Pablo Alvarado Ortega (Celaya 1973)

El ventilador trabaja a marchas forzadas intentando sacudir el ambiente caluroso que se niega a salir, como una morena de mar, anguiliforme silueta que se rehúsa abandonar su guarida y lanza agudas dentelladas..

La lluvia ha caído de forma brutal sobre mi austero jardín. El pasto, los helechos, el arrayan resistente y el anciano ficus que cobija a la pequeña mata de mariguana, agradecen en demasía esta revitalizante lluvia. Sin duda alguna esta persistente naturaleza se queda corta en agradecimientos al escuchar los míos. Son finales de mayo en Cuernavaca y apenas llegan las primeras lluvias, abro con ímpetu infantil el ventanal que me separa de mi descuidado jardín. Mi habitación tiene éste enorme ventanal de piso a techo con una transparente cortina blanca y otra capa de tela gruesa con detalles florales, clásico de cualquier casa de campo de la ciudad de la eterna primavera. Sin embargo, esta casa no es mía, ni el jardín, mucho menos su envidiable habitación que por desgracia debe permanecer cerrada desde muy temprano en la mañana hasta la llegada de la noche, cuando regreso de trabajar. El calor, que la habitación guarda durante todo el día se desata con furia, cuando llego, abro toda ventana que encuentro a mi paso. El ventilador trabaja a marchas forzadas intentando sacudir el ambiente caluroso que se niega a salir, como una morena de mar, anguiliforme silueta que se rehúsa abandonar su guarida y lanza agudas dentelladas. Por eso, a esta lluvia estruendosa de mayo la recibimos todos con vehemencia. Recorro un lado del ventanal, acomodo el mosquitero y me dispongo a gozar de la refrescante brisa que se cuela hasta mi cama. El jadeante ventilador tendrá por fin una noche de descanso y después de leer escasas hojas del onírico Murakami, caigo de forma temprana y poco frecuente… en un profundo sueño.

Algo me despierta, estoy disfrutando tanto de este momento hipnótico que mantengo los ojos cerrados, aunque mi cerebro comienza a registrar cierto movimiento a mi alrededor. Mis sensores auditivos se accionan, mi vello corporal se eriza tratando de ubicar cierta presencia que mi cerebro percibe, pero no puede descifrar con exactitud. Algo o alguien están cerca de mi cama, ¿No escuché cuando entró? ¿En qué momento recorrió el mosquitero? Por ahora ambos nos mantenemos quietos. Mi mente me reclama la estúpida idea de dejar el ventanal abierto para disfrutar como un tonto poeta de una noche lluviosa. La palabra «poeta» sin saber cómo ni por qué, en automático me vincula con la palabra «sociedad» y en seguida con la palabra muertos. «La sociedad de los poetas muertos». Mi cerebro comienza a reaccionar de forma absurda ante el peligro ¿qué le pasa? Parece fácil tratar de abrir los ojos, el temor a lo que puedan descubrir me inmoviliza con una larga, gruesa y pesada soga que va desde el cuello hasta la punta de los pies. Mi área sensitiva percibe un pequeño movimiento y ahora la palabra «sociedad» lleva mis recuerdos a innumerables recortes de periódico, con sangrientos encabezados, crueles narraciones de secuestros, robos a casa habitación con lujo de violencia, ultrajes bestiales que ocultan cualquier signo de humanidad por sus perpetradores. Tal vez si abro los ojos, tan sólo un poco pueda desvelar este tormentoso misterio, pero el miedo me invade, se posesiona de todo mi cuerpo y mi mente persuasiva e insistente trata de convencerme, de animarme a que tal vez si me quedo quieto, completamente inmóvil, este intruso ser o lo que sea que pudiera ser, desaparezca de una vez por todas. Nuevamente, ahora la palabra «ser» me recuerda los últimos programas televisivos de eventos paranormales que he visto. Son los programas de extraterrestres lo que me viene a la mente, presentando a los «shadow people», extrañas presencias de energía que vienen de otra dimensión e interaccionan con nosotros, nos tropiezan, nos empujan, nos espantan, espiándonos todo el tiempo y cuyas intenciones aún no están muy definidas. Estos «shadow people» son energías inexplicables pero que gozan de toda la certificación de uno de las personas que más admiro: Stephen Hawking, físico teórico que habla de la existencia de diferentes dimensiones, su increíble mente, nos dice que: «Las fuerzas conocidas de la naturaleza operan en diferentes niveles. Esta la gravedad que afecta a todo, desde las manzanas a las galaxias. Hay electromagnetismos que interactúan con partículas eléctricamente cargadas, tales como electrones. Y luego están las fuerzas nucleares fuerte y débil que operan en el nivel del núcleo atómico, que involucra partículas subatómicas exóticas como quarks, leptones y muones. Poner todas estas fuerzas bajo un mismo techo, marcaría un logro supremo en la ciencia».

Todo esto es un valor agregado para creer que, un ser de otra dimensión se puede encontrar bordeando mi cama, hurgando en mi closet, usando toda su tecnología de sabe dios que puerta dimensional para darse cuenta que este triste yo, un ordinario ser vulnerable de carne y hueso está tratando de sobrevivir con el más patético de los sistemas de defensa: «Haciéndose el dormido», fingir que no sé nada, no pasa nada y si te vi, ni me acuerdo, ¡Puede ser sólo un mal sueño! Mi pie izquierdo sufre un inevitable movimiento delator que hace que se me agolpe la sangre, entrecorta la respiración. Soy traicionado por mi propio cuerpo que se ha cansado de mantener una temerosa posición y decide entregarse, dilapidarse en las garras del mal, antes de seguir con la patética farsa del dormilón.

Me armo de valor y trato de ocultar mi jadeante respiración haciendo una técnica de jiu jitsu brasileño del gran maestro Helio Gracie, girando un poco mi cuerpo para quedar en sentido contrario de la amenazante presencia, o lo que es lo mismo dando la espalda colocando mi cara contra el colchón. Mi cuerpo expresa mensajes de sumisión que, en cualquier barrio, manada, tribu, planeta o galaxia, se puede traducir como: llévate lo que quieras, toma cuanto puedas, escanea todas mis células, roba mi ADN, filtra mi espíritu que yo nada trataré de hacer, pero no seas tan canalla, tan ruin, tan miserable de atacarme por la espalda. Ahora, al mencionar la palabra “espíritu” me transporto a terrenos que nunca he pisado, fantasmagóricas imágenes llenan mi mente. Y si se trata de un espeluznante ser atrapado en esta dimensión, algún desafortunado albañil que murió de forma trágica en la construcción de la hermosa casa veraniega a la que hoy he llegado a perturbar con mi inconveniente presencia, o peor aún, que se trate de un enviado diabólico, incubo maligno cuyo olfato asesino a logrado percibir mi nula creencia religiosa, mis sempiternas burlas, ataques certeros contra todo lo divino. Y ha venido hasta esta habitación para infringirme el más alto dolor. Estoy sudando y no lo puedo evitar, siento claramente como algo o alguien examina mi habitación y si doy alguna señal de ser consciente de ello, me arriesgo a ser inmediatamente raptado, asesinado, ultrajado, inducido, poseído y en el mejor de los casos que un súcubo pelirrojo de atractiva fachada extraiga toda mi energía mientras tenemos relaciones sexuales.

Créanlo o no, pero lo más probable es que se trate de lo que más temo: ser secuestrado. Para mi es la peor de todas, pues conlleva un poco de cada una, es una lenta agonía que además de que tiene altas probabilidades de terminar con tu vida, también termina con el patrimonio de tu familia. El trauma para la familia del secuestrado es inmaquillable, herida que nunca sierra.

Una besucona o cuija, hace su peculiar sonido, esta pequeña lagartija de ojos enormes y piel translúcida, que en mitad de la noche lanza ruidosos besos al aire nocturno. Esto tensa el ambiente en la habitación y estimula a mi cazador a moverse. Abro el ojo que apenas ve, pues esta contra el colchón y después de unos segundos logró percibir la tenue luz azul de mi celular mientras recarga batería sobre la mesita de noche. Ahora percibo otra luz blanca que baila súbitamente, se acerca a la mesita y se detiene para mostrar la silueta de una mano delgada y fina, es una mano hermosa seguramente de un súcubo pelirrojo que toma mi cartera, se lleva el nuevo Iphone con todo y su base, mi pipa de cristal bien cargada la toma, pero sólo la cambia de lugar, se lleva el Citizen Eco-Drive herencia de mi padre y tiene el cinismo de recorrer con su luz blanca todo el título del libro de Murakami, la delgada mano lo levanta, me avienta la luz al rostro y rápido cierro el ojo. Mi mente me dice que esa fina mano corresponde a una mujer, que tal vez actúa sola y que tal vez por estrictos designios de mi mala fortuna, le guste leer. Me explico: alguna vez leí que afortunadamente los ladrones nunca se roban libros y por eso en el libro que voy leyendo coloco entre las hojas todas mis claves: Internet, bancarias, caja fuerte y hasta del Facebook, pues como dictan los cánones de seguridad, las cambio con rigurosa frecuencia, lo que me hace imposible memorizarlas. Así que he decidido enfrentar a esta ladrona de sueños, de bienes, de libros, de claves. Cuando ella se acerque al único cuadro que tengo en la habitación; una exquisita litografía de Edvard Munch «El Grito». Tal vez, ella la observe con detenimiento, con asombro por la cadavérica presencia de un ser deforme y grotesco con las manos a ambos lados de la cabeza, parado al borde de un sendero, es un mirador de la colina Ekeberg en Oslo. El paisaje descrito por el propio Edvard es: «Un cielo rojo sangre, como lenguas de fuego que acechan sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad». Tal vez, valore la originalidad de la escena, tal vez gire su cabeza un poco a la izquierda, como lo hago yo cuando me sumerjo extasiado tratando de comprender que provoca ese grito desgarrador en la escena. Tal vez el cuadro le grite a ella, que en sus manos tiene valiosos números, dispersos entre las páginas de Murakami, que son la clave para abrir la caja fuerte que se esconde detrás de la fina litografía. Ella comienza a inclinar su cabeza hacia la izquierda y ahora pone atención a las voces del cuadro, puedo captarlo. Con la suspicacia que debe tener cualquier ladrón, descuelga suavemente «El grito». La fina mano delgada da vueltas elegantes, precisas a la perilla de la caja, hasta escuchar el clic que abre la pesada puerta y ahora va a atracarse con mis escasos, pero necesarios ahorros: el dinero del auto que vendí para mi boda, toma burlona el costoso anillo de compromiso que mi novia me aventó al pecho cuando supo que me acostaba con su prima, se dará tiempo de ver la foto en la que posamos muy juntitos y pensará igual que todos los demás que: ¿Cómo fui tan canalla? para engañar a quien me regalaba miradas llenas de amor como se puede ver en la foto, toma las USB se las lleva sólo por curiosidad, en realidad se llevará todos mis recuerdos fotográficos, familia, mis amigos, mi tesis incompleta, mis mejores proyectos, mi vídeo porno, mis memorias, mi vida va en esas pequeñas USB y ella simplemente las avienta al fondo de su mochila atada a la cintura, como se avientan los recuerdos viejos, rotos, desagradables, en el diván de los olvidos de nuestra cabeza, como se avienta un anillo de compromiso: fuerte y directo al pecho para que rompa todo lo que se alberga ahí. Y así estar a mano.

No puedo permitir que se roben mi vida tan fácilmente, debo luchar por ello, aunque contrariamente pueda perderla en el intento. Ella estará tan concentrada hurtando mi vida, que la tomaré distraída por la espalda y giraré su cuello con violencia, esta vez hacia la derecha, hasta escuchar un fatal crujido para hacer languidecer su figura y se resbale entre mis brazos, para caer en un profundo y final sueño. Un momento, la palabra «sueño» me hace reflexionar en el poder de los sueños, en que no tengo ninguna litografía de Munch, mucho menos caja fuerte, y si, efectivamente mi novia me dejó cuando le propuse hacer un vídeo porno y fue la cámara de vídeo la que me lanzó contra el pecho, lastimando considerablemente mi pezón izquierdo.

Me inclino ya, sin temor alguno, hacía la mesita de noche y puedo ver que son las cuatro y media de la mañana. Es mi reloj un Seiko rectangular que olvidó mi padre cuando se fugó con su joven estilista, él decía que tenía unas manos elegantes, finas y delgadas que lo habían conquistado, ella era muy delgada y usaba extensiones rojas, azules y amarillas. No tengo celular, pero si un radio i730 sin cámara pues no la permiten donde trabajo. El libro de Murakami se transformó en un retazo de periódico dónde además de las borlas de hierba se puede apreciar en letras negritas el estreno de su próximo libro Los hombres sin mujeres, mi pipa está vacía, señal de que todo esto fue un delirante sueño inducido tal vez, por mi planta de cannabis la cual con estas lluvias se pondrá divina.

El autor

narrativa

Pablo Alvarado Ortega

Arquitecto

Pablo Alvarado Ortega

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