Desesperación vitalVoz y verbo

He viajado sobre un paisaje transparente

He viajado sobre un paisaje transparente

Por:
Jaime Zárate León. (Bogotá 1962)

El sabor salobre de mis sueños  se mezcla con la falta de sabor en mis vigilias,  creando un paisaje sensorial que huele a incertidumbres.

H

He viajado, las manillas del reloj no dicen mucho; mis ojos cerrados niegan mis palabras. En un principio él estaba en un lugar indeterminado; ajeno, sordo, displicente y su voz no tenía idioma. Los años de lunas lastimeras, los meses de trabajo con aroma a aceite quemado, las noches agónicas sin esperanza. Todos los caminos estaban señalizados con mis miedos, estaban apisonados con las arenas de mis fragilidades y, las cunetas de mi vida, con los límites definidos por los otros; segundos de llantos ignorantes y con los ojos cerrados, ellos no querían ser testigos de mis diálogos con la nada. Una voz perdida en el fondo de la almohada me decía que él había sido secuestrado y llevado por los tobillos, con las cadenas hechas por nuestro ser prehistórico; rapaz, egoísta, cazador sin piedad, domeñador de especies, incluidos sus semejantes, por aquellos que niegan el progreso de los conocimientos y que hacen negocio con el pecado y con su perdón en su nombre.

Tristes fueron las madrugadas; frías las auroras en brumas hechas polvo; oscuros los rayos de una estrella que no terminaba de nacer y que se escondía, y que se esconde todavía, de las felonías de esos ojos que se ciegan ante la magnificencia de su luz. Lentas fueron las tardes mientras se consumían mis preguntas. Y al llegar la caída de las sombras, la nada invadía mi corazón con su silencio.

De tanto viajar sin moverme sobre una cama que permanece inmóvil, una tarde de hace poco y de un sueño bullicioso y sibilino, en un camino oculto a todos mis reproches y desde el interior de mi razón, se me apareció envuelto en una niebla persistente. Por una fracción de tiempo que no corre en el reloj, se dejó entender desde ese lugar que no tiene materia, y sin decir palabra alguna. En un primer momento, pensé que estaba en mi corazón, después, que pernoctaba en mis intestinos, pasada una emoción sin nombre, llegué a verlo en mis pulmones. Al instante, intuí que estaba en la piel de mis manos inquietas, curiosas y obedientes a mis sentimientos. Y mi cerebro impertinente se dijo a sí mismo que, él era el dueño y señor de la casa de su existencia. Ese cerebro del que tanto me preciaba, con sus vericuetos de siempre, con sus alaridos prepotentes, con sus egos holocenicos, no dejaba en paz mis deseos por dormir, vociferando con su poca sencillez, que de él nacía la idea de que él estaba en todas partes.

Aquella tarde, a medio dormir, escuchaba desde el PC a un astrónomo que se hace llamar MO139 desde ese lugar que ocupa en la red y que llaman página, dar una clase sobre el Modelo Estándar y ya no pude dormir después de que mencionara a unos tales elementales. Con este personaje conocí un poco más de quarks, leptones, fermiones y bosones, muones, tauones, mesones, hiperones, de cuántica, de cuerdas y de un hilo de teorías despampanantes que, llegaron a saber en mi boca a bocadillo con queso campesino. MO139 manifestaba que, siendo los bosones aquellos, uno de los elementales, y que son los que componen la materia en su totalidad desde su más mínima expresión y que habiendo quedado impregnada desde su más remoto origen con su sustancia, se podía decir entonces que: El universo tiene en ellos la fuente de su creación y transformación interminable. Mi cerebro se alucinaba, se hacía «pipi» bajo mis pestañas; mis oídos le acababan de llevar una melodía por tantos años esperada, mis pulmones con oxígeno virgen conectaban neuronas aisladas en su interior por la ignorancia de sesenta y tantos años, mi cabello, largo y canoso, sufrió de fuertes estremecimientos por cuenta de mis manos apretadas. Mi garganta gritó en silencio: «Estamos conectados con el cosmos por cuenta de cada una de las moléculas de nuestro organismo y muy a nuestro pesar, dado que, al asumir esa conciencia, nos deja a todos en la misma escala de importancia ante la inmensidad de la materia, de la antimateria, de la materia oscura y de cuanta materia exista y lleguemos a descubrir». Algo debió haber salido de mi boca, ya que mi nieta, alarmada, entró a mi cuarto sin llamar para preguntar si era que su abuelo había tenido pesadillas. Puede que mi entendimiento, añejado por un reloj que si transcurre sobre mis huesos; con el olor, cada vez más frecuente a tierra removida a mis espaldas y aletargado por la somnolencia de mis prejuicios, este no asimilará bien toda esa información. Información sobre lo que es y somos como materia, como energía y como vibración, en un trío armónico que cada vez es más amplio en su campo categorial de conocimientos. Sin embargo, algo había cambiado en mí —¿?—, y he aquí el asunto, ya que no puedo definir qué era lo que había cambiado en concreto. Lo que si quedo claro fue que, eran las moléculas de mi cuerpo las que reclamaban el lugar de la existencia de ese creador al que tantas vigilias le había dedicado.

El tiempo no se había perdido entre la banalidad de mis obligaciones como conductor asalariado, los interrogantes no habían sido otra cosa que prosopopeyas que harían germinar y hablar a una semilla de Teff en ese surco de mi corteza cerebral, hecho con el azadón de mis incertidumbres. Esa tarde, las lunas y los soles emitían un aroma a compost y a vida desde un pasado pluscuamperfecto. La respuesta de una voz para nada estridente, se dejaba escuchar cristalina y contundente desde unas nubes que viajaban a lo lejos. Sí, Él es esa energía creadora que todo lo transforma; sí, Él es esa energía que mantiene a la materia cohesionada en lo que es; sí, Él es esa vibración que le da la armonía a esta peca en mi muñeca. Entonces, ese a quien tanto busque en el aire de la nada, esta es mi, en ti, en todos y en todo. Algo de suma importancia emergió desde esas gotas finas que se suicidaban en el cristal de la ventana: La muerte dejó de ser el cebo de los templos, ya que esta, vista desde ese nuevo horizonte de eventos, ha pasado a convertirse en la fuente de la vida misma, dado que, sin ella, la vida misma no tuviera cabida en ninguna parte.

Y de pronto, mis tres dedos no dan abasto para interpretar lo que mi mente piensa en esta página que intento ocupar con aquellas reflexiones. Una voz les ordena qué escribir y nunca lo habían hecho tan deprisa. Él, como creador, no juega a los dados. Como transformador de lo que existe, no está interesado entonces en vigilar la caída de cada una de las hojas de los árboles en este planeta. Como cohesionador de lo que no logra tocarse, no quiere lisonjas con caras estampadas en monedas. Como imprimador de sustancia, no se supone en castigos. Queda claro que su esencia de creador, no lo implica en que quiera y ande metiendo su nariz inexistente en todo lo que hagamos. Sí, con Él todo está conectado, y si nada está conectado con ese todo, es a través de su elementalidad que nos hacemos parte de su sustancia; somos Él y como tal nos debemos a sus leyes. Por lo mismo, poseemos una cualidad: somos sus ojos, somos sus oídos, en definitiva, somos sus sentidos y por lo mismo tanto, nos debemos irremediablemente los unos a los otros y lo que nos une con el cosmos con un vínculo indisoluble. Entendí que el bien y el mal son inventos de nuestro ser animal pensante y que, si no nos liberamos de ellos, Él, el universo, no alcanzará a verse reflejado en ese viajar en nosotros a las estrellas; a una de las criaturas que habitamos en este lugar que llamamos Tierra.  
Para más información: Consultar los resultados de las próximas tardes de dormir despierto …

El autor

Jaime Zárate León

Jaime Zárate León

Escritor, y estudiante de crítica literaria

Jaime Zárate León

Escritor, y estudiante de crítica literaria

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1 Comentario

  1. Un texto donde se exploran diversas sensaciones relacionadas con el viaje interior y la búsqueda de sentido. Se describen experiencias de confusión, frustración y desconexión, contrastadas con momentos de despertar y comprensión. A través de metáforas y reflexiones, se indaga en la relación entre la existencia individual y su vínculo con el cosmos, planteando la idea de que todos estamos conectados y somos parte de una energía creadora. Se cuestiona la dualidad del bien y el mal, invitando a liberarse de esas concepciones para abrirse a un viaje trascendental hacia las estrellas. El texto combina elementos introspectivos con referencias científicas y es una invitación a explorar la interconexión entre el ser humano y el universo.

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