Efímera auroraVoz y verbo

Los sepultados

Los sepultados

Por:
Juan Bernal (Manizales)

El sepulturero comienza a cavar y se escucha la fricción de la pala contra la tierra húmeda. Va llenando la carretilla herrumbrada mientras la brisa, ahora expectante, moja y embarra las lápidas.

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Regreso por la avenida principal. Voy recorriendo en sentido contrario la ruta que tome esta mañana cuando salí del apartamento. La lluvia desde el domingo, desperdigada, cae con una intensidad neutral, tensa y descreída ahora, en intervalos que no dan la menor señal, intrigando a los transeúntes que se detienen a observar la pared de cielo blanco, seguros, pero al mismo tiempo desconcertados, por su continuidad aterradora que parecería va a tragarse, si no cesa ya, la ciudad entera. En la mitad del camino voy bajando la velocidad. Me acerco al andén para buscar una zona de parqueo.

Me bajo del auto y empiezo a caminar. Una brisa cae, tranquila, a pesar de la nube belicosa que cierne la ciudad. Cruzo la entrada del cementerio: dos puertas cancel altas llenas de arabescos. Una bandada de cotorras y cuervos se azoran al verme. Me meto por una callejuela. A los costados, como si fueran casas, bóvedas y mausoleos, chorrean agua. Un gato negro se cuela por una puerta abierta. Al llegar al final de la callejuela se abre un campo de tumbas, cercado por unos pinos frondosos. Los zapatos comienzan a embarrarse. Muchas tumbas están levantadas. Otras se les ha ladeado la cruz. Algunas flores marchitas, reposan desperdigadas por los montículos de tierra. Veo al sepulturero apoyado sobre una pala con una carretilla al costado. Me ve acercarme. Cuando estoy cerca dice: “Se levantan por el agua. Cuando llueve así es como si empezaran a flotar, entonces hay que acomodarles la tierra, volverlos a acostar”. “Aquí la tierra los expulsa y allá en los barrios se los traga”, digo. El sepulturero está calado, tiene las botas empantanadas. “Así es doctor, ¿cuánto tiempo sin usted por acá?”. “Evitando a ustedes los inevitables”, digo. “Y es que como no los va desacomodar si está lloviendo que parece una eternidad. No para”, dice pasándose la mano sucia de tierra, por su nariz gorda y llena de agujeros de acné, para quitar el agua que se acumula en su labio superior. “Ahí están los suyos”, dice. Miro a unos metros y veo las cruces que dicen: «Aquí yacen los que pidió Dios». El sepulturero comienza a cavar y se escucha la fricción de la pala contra la tierra húmeda. Va llenando la carretilla herrumbrada mientras la brisa, ahora expectante, moja y embarra las lápidas. Escucho a lo lejos una cotorra. “Éste de aquí, fue fotógrafo” me dice el sepulturero. Me muestra un muñeco de madera, medio podrido, que sostiene una cámara. “Fueron, y así se los recuerda. Vaya visite a los suyos”, dice. Me alejo y me pongo enfrente de los dos montículos y las dos cruces. En un jarrón tienen unas flores podridas. Agacho la cabeza y cierro los ojos. Me acuesto de espaldas sobre la tierra con los brazos extendidos y las piernas cruzadas. De inmediato siento como la humedad perfora la tela y moja mi piel. Siento la brisa permanente. Escucho el cotilleo del viento mojado, la pala que cava la tierra. Me quedo así un momento, dejándome llevar por las luces oscuras que aparecen en mi mente, por los sonidos sordos de la lluvia que no se detiene, por el frío que cala mis pies. De pronto un goterón golpea mi cara. Abro los ojos y lo cierro nuevamente a causa de la luz que me ilumina de frente y que me enceguece, al mismo tiempo que más gotas, como piedras de agua caen contra mi cuerpo y que mi cara recibe al descubierto. Me incorporo y mi traje chorra el agua negra que ha tragado de los charcos empantanados. Al ponerme de pie siento una leve presión en la cabeza. Las gotas siguen golpeando mi cuerpo empantanado. Regreso a donde el sepulturero. “Se viene trabajito”, digo. “Eso parece, ¿cuántos van, doctor?”, dice mirándome de arriba abajo “Un barrio, tal vez más”, digo “Lo único que me preocupa es que si la cosa sigue como va, no van a necesitar sepultureros”, dice. “Y le cuento que bien que hace su trabajo…”, digo. “Hasta luego, doctor”, dice al verme alejarme.

El autor

Juan Bernal

Juan Bernal

Escritor, ensayista y traductor

Juan Bernal

Escritor, ensayista y traductor

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1 Comentario

  1. Imágenes y escenarios que me hacen viajar a un lugar específico y único… calles recorridas, lluvia, caminatas eternas y preguntas filosóficas.

    Me encanta el camino que estas emprendiendo. La escritura, tu Felicidad, mi felicidad 😍

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