Voz y verbo

Noche de cine en el metro

Noche de cine en el metro

Gerson Vanegas Rengifo*

Texto ganador del IV Concurso Universitario de Crónica,

Universidad Externado de Colombia, 2012.

(Texto completo)

 

                                                                         Aférrate al ahora, al aquí,                                                                  a través del cual todo el futuro                                         se sumerge en el pasado.

James Joyce.

 

I

Seis meses después de la primera proyección pública de los hermanos Lumière en el Grand Café de París, el cine llegaba a Latinoamérica. El 14 de agosto de 1896, en el sótano de una droguería de la Ciudad de México, se presentaba Salida de los obreros de la fábrica Lumière, un cortometraje de 45 segundos de duración que inauguraba una serie de otros nueve -entre los que estaba incluido el famoso La llegada de un tren-, que tanta conmoción generó en Europa. Esa proyección estuvo a cargo de Gabriel Veyre, un empresario francés que había conseguido el aval de los Lumière para traer su espectáculo a América, y promocionar el invento de feria o juguete, por ese entonces conocido como cinematógrafo.

La reacción de la gente no se hizo esperar: muchos se sorprendían, encantados, del realismo de las imágenes que estaban viendo, y regresaban, seducidos por este invento, a verlo una y otra vez. Otros, los menos, retrocedían, atemorizados. Pronto, no sólo ver las imágenes les interesó, sino también aprender cómo funcionaba la máquina que las proyectaba, cómo filmar nuevas imágenes con ella y poder presentarlas al público, que esperaba ansioso por verlas, haciendo filas que parecían interminables en cada pueblo o ciudad a la que llegaba.

Más de cien años después, otras imágenes, salidas del mismo pero mejorado invento, siguen cautivándome; a veces, me acercan a situaciones tan extrañas, en otras, a situaciones en apariencia comunes, pero que no disminuyen en mí el interés por el destino de los personajes que en ellas intervienen, tanto si lograrán lo que tanto se propusieron, o, al contrario, sentirán la frustración de no poder alcanzar sus metas.

El cine se convirtió en una pasión para mí, generándome emociones nuevas cada vez que veía una película; las mismas, me permitían acercarme a circunstancias que aún no había enfrentado, a sentimientos que no había tenido la oportunidad de experimentar, y que contribuyeron, de algún modo, a desarrollar mi capacidad para crear historias y perfeccionar mi forma de contarlas, complementadas con algunas lecturas al respecto, hecho que me brindó nuevas perspectivas sobre la creación artística y también, una sensación de bienestar mental y espiritual incalculables.

Cuando me gradué del colegio, estuve un tiempo desconectado de todo. No sentía que fuera el mismo de antes, algo en mi interior me decía que me dedicara a hacer lo que más me gustaba, y aparte de escuchar música en inglés y caminar por las estrechas y céntricas calles de mi Santa Marta natal, lo único que quería era escribir y ganarme la vida con eso. Qué lejos estaba, en esos días, de saber lo que me esperaba.

II

En 2002 empecé a cursar la carrera de Estudios Literarios en la Universidad Javeriana. Durante los recesos entre clases (que eran largos y aburridores, pues mis compañeros se iban a almorzar o a concluir algún trabajo para entregar esa misma tarde o en los días siguientes) veía películas, trataba de averiguar algo sobre ellas, sobre sus directores, algunos de los actores que en ella participaban y, claro, las obras literarias en las que se basaban las que más me gustaban. Destinaba algunos fines de semana a la lectura de esos “bestsellers” que muy poco tenían que ver con el contenido de las clases o con el “canon”, pero que sentía afines a lo que pensaba que debía ser el cine entonces: más que una entretención pasajera, un arte que transformaba mi forma de ver y comprender el mundo.

De esta forma, sin ser exhaustivo, logré conformar cierto corpus de películas y una pequeña lista de realizadores (Kubrick, Hitchcock, Polanski y Wenders, entre otros) que no sólo atrajeron mi atención como el neófito que soy, sino que motivaron en mí más preguntas que respuestas, lo que hizo que buscara un curso o un taller relacionado con el cine, o uno que tuviera como tema central la relación entre la palabra y la imagen, y a la inversa.

La búsqueda tuvo una pausa relativamente corta, de poco más de cinco meses, cuando en 2010 pude hacer un diplomado en Análisis y Crítica Cinematográfica en la Javeriana que, si bien no dio respuesta a todas mis inquietudes, al menos me brindó la oportunidad de aprender más sobre la estética del cine, y de reafirmar mi gusto por él de una manera que no hubiera sido posible sin la ayuda de algunos de los críticos e historiadores que más conocen de cine en la ciudad, y por qué no, en el país.

Con el paso del tiempo, mi familia empezó a aceptar el que eligiera una carrera a la que no le veían productividad inmediata, sobre todo económica, y de a poco, consciente de las necesidades diarias que generaba el vivir y estudiar en una ciudad como Bogotá, comencé a buscar fuentes de trabajo para sostener mis gastos en la universidad, que iban desde fotocopias hasta libros de segunda, pasando por pasajes de bus y una que otra cerveza con los amigos que tenía entonces. Los pocos que conocía.

Vender revistas y libros en eventos para una editorial independiente fue mi primer empleo estable. Pagar el valor de la matricula semestral con lo que conseguía en metálico de esa actividad, ni pensarlo. Sin embargo, jamás llegué a quejarme, ni amargarme por mi situación. Me había matriculado en una carrera que, como era de suponer, no era muy conocida ni solicitada, pero para mí era la elección adecuada a mis necesidades intelectuales, y creativas. La literatura despierta en quien la lee y en quien la escribe el mismo interés que puede sentir una persona al emprender un viaje muy deseado, una aventura en realidad, a tierras desconocidas. Esa idea jamás ha abandonado mi mente.

III

Luego, en una de mis constantes caminatas por la localidad en la que vivo, Teusaquillo, la 13, como me gusta llamarla, conocí el Teatro Metro. No era el único de la zona, pues estaban también el Teatro Palermo (luego convertido en Billares Palermo) y unos metros más adelante, hacia el norte, llegando a la calle 46 con carrera 13, a unos metros del Carulla del sector, el Trevi, que desde hace años es una iglesia cristiana.

En la calle 41, muy cerca a la Javeriana y a una de las sedes de la Universidad Distrital, funcionaba el Radio City, el cual tenía, según recuerdo, una sala muy amplia, y en donde vi 28 Days Later V for Vendetta, entre otras películas que estrenaron entonces en cartelera. Ahora, en su lugar, se alzan dos torres de edificios con apartamentos, locales comerciales y plaza de comidas, ésta última, muy frecuentada por estudiantes de los alrededores.

También conocido como Teatro Teusaquillo, el Metro abrió sus puertas en 1938, el mismo año en que Bogotá celebraba sus cuatrocientos años de fundación. Nunca tuvo cierres temporales, ni reaperturas, como sí les pasó a otros cinemas de la ciudad, hasta su cierre definitivo, en 2007. El teatro quedaba en la calle 34, entre la carrera 13 y la Avenida Caracas, muy cerca del Centro Comercial San Martín, del Parque Central Bavaria y del Museo Nacional. En su lugar, hoy día, funciona una ruidosa sala de conciertos y espectáculos, uno de los tantos sitios de rumba del centro bogotano.

Este antiguo teatro tenía dos salas, una grande, con capacidad para unas doscientas personas, y la otra, pequeña, en donde no cabían sesenta sillas. Esta última era mi favorita, no sólo por el ambiente de intimidad que se generaba una vez apagaban las luces y empezaba a rodar la cinta, sino por la sensación de aislamiento que producía en mi mente el estar viendo una película que por algún motivo consideraba interesante, con una historia que, al menos, me distraería durante más de dos horas del estudio y de la rutina diaria.

Entre las varias películas que se proyectaron en ese Teatro, recuerdo haber visto una cinta que me conmovió como pocas: se trataba de un melodrama israelí llamado Broken Wings (“Alas rotas”). La vi, en la sala pequeña del Teatro, una oscura y aburrida noche de sábado en la que tenía poco dinero en el bolsillo y en la que quería ver cine sin irme al Norte, a los cinemas de la Avenida Chile en la calle 72, o a uno que quedaba en las proximidades del Centro Comercial Andino, en la calle 82 con carrera 17, que hoy es la sede de Black Maria, una escuela de cine en esa zona de la ciudad.

IV

Broken Wings es la historia de una familia de clase media que vive en los suburbios de la moderna ciudad de Tel Aviv-Jaffa, en la costa mediterránea de Israel. Esta familia, tras la muerte del padre -debido a la picadura de una abeja- se disgrega progresivamente hasta que otra desgracia, esta vez el accidente de uno de los tres hijos (el menor) que junto con la madre sobreviven al padre, abre para todos sus integrantes la posibilidad de continuar con sus vidas, a pesar del dolor y la tristeza. La muerte es un suceso muy significativo para la hija, una joven de 16 años que canta en una banda de rock y graba junto a sus compañeros un demo con una canción que dedica a la memoria de su padre, y en la que habla de la tragedia de su pérdida. Para ella, probablemente, significa el inicio de un proceso con el que intentará superar una desazón tan grande como es la de no haber podido ayudar a su padre luego del ataque, pues era la única persona en la casa al momento de su muerte.

Esta película (con ella, su director, el cineasta israelí Nir Bergman, además de varios reconocimientos en varios certámenes europeos, obtuvo el Gran Premio Sakura del Festival Internacional de Cine de Tokio, y el Premio del Festival de Cine de Jerusalén, ambos el mismo año de su estreno, en 2002) tiene la particularidad de distanciarse de la estereotipada imagen que en Occidente se tiene sobre esa nación del Oriente Próximo. Las imágenes que nos llegan de ese país, a través de varios noticieros, casi siempre están relacionadas con la violencia y la religión; Broken Wings en cambio se centra en la historia de una familia de clase media y en los conflictos interpersonales que a diario viven sus miembros.

Como ocurre con los filmes procedentes de Europa o de Asia, la exhibición de Broken Wings en la cartelera nacional fue muy tardía: demoró tres años para ser exactos, y sólo en algunos cines dedicados a incluir dentro de su programación cine independiente. No obstante, sin importar su año de producción ni su triste argumento es una buena película, con escenas que logran inquietar al espectador y con un gran trabajo actoral, sin duda.

V

Cuando la proyección terminó, me sentía más tranquilo, a pesar de no tener un peso para mis gastos de la semana entrante, y también de la hora (eran más de las nueve y media de la noche y aunque vivía cerca, antes de veinte minutos no iba a estar en la casa). Pero nada me inquietaba. Mi calma no tenía que ver con la oscuridad de las calles y sus peligros sino conmigo, con esa voz que luchaba por alzarse sobre las demás en mi mente, por contar el relato de la búsqueda de mi vocación literaria, y cinéfila.

Al salir, no me sorprendió que, mientras estaba en el cine, conmovido por la historia que acababa de ver, en Bogotá lloviera; no, lo que me asombró fue ver que las calles de Teusaquillo estaban más desiertas que de costumbre, como si hubieran caído bombas invisibles en el pavimento, pero ninguno de sus ocasionales transeúntes hubiese resultado herido o muerto. Subí la cremallera de mi chaqueta y empecé a caminar rumbo a casa.

Caminé sin prisa, girando la cabeza de vez en cuando para atrás y a los lados hasta que atravesé la Caracas, y una vez en la acera contraria me sentí más cerca de casa a pesar de no haber llegado a la mitad del recorrido. Caminaba casi como contando los pasos, con una leve sonrisa en el rostro, silbando alguna melodía conocida, con la sensación de no importarme nada, quizá sólo el hecho de haberme brindado y obtenido un rato de felicidad en ese viejo cinema, en esa -para mí- solitaria, fría, pero inolvidable noche.

*Narrador, ensayista y crítico literario

Imagen tomada de:

Periódico El pulso

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