Testigo

 

TESTIGO

(Texto completo)

Esperanza Ardila*

 

Pronto será de noche, en las últimas semanas oscurece más temprano, te gusta ver cómo la penumbra inunda la sala de la casa. Quieres dormir pero no puedes, mamá no ha hecho la comida, lava ropa ajena en el patio, luego tiene que planchar los uniformes del vecino de la otra cuadra, ese que trabaja en el puerto, ese que no te gusta porque es grande, muy grande, tiene unas manazas que engullen las tuyas cuando te saluda, abraza a mamá cuando va a recoger la ropa. ¿Cómo está, vecina? Pregunta siempre y le estampa un sonoro beso en el cachete, quieres quitárselo de encima, decirle que respete, que ella no es mujer de besuqueos ni sandungueos, que es tu mamá y que la deje quieta pero nunca dices nada. Es el que mejor paga, no se queja, y tu mamá lo aguanta, le sigue la corriente como si le gustara. Eres contestona, bravucona, tus hermanos mayores te molestan, te jalan el pelo, te empujan diciéndote que sólo están jugando, te acusan con mamá cuando les pegas, saben que ella no hará gran cosa, eres la niña de la casa. En ese momento no están, juegan con sus amigos en la calle con una bola ‘e trapo. Quieres jugar con ellos pero no has hecho la tarea, ya te falta poco.

-“Nena, ve a la tienda”.

-“Mami, ¡no!”.

Después de refunfuñar sales de casa y obedeces. Caminas con torpeza y con los ojos al cielo, ves la luna perseguir tus pasos. Casi chocas con una mujer que se baja de un taxi.

-“Ay, niña, fíjate por dónde caminas”.

En la terraza de una casa hay un escaparate de sonido del doble de tu tamaño, es negro con imágenes de palmeras, un hombre con un sombrero sentado en una silla de mimbre, y figuras geométricas que asemejan peldaños y caminos. Los colores fulguran a la luz plateada de la noche y la luz amarilla de las farolas en los postes de energía. La estridencia del sonido te atrae, “todo aquel que piensa que la vida es desigual, tiene que saber que no es así, que la vida es una hermosura, hay que vivirla…”. Dos parejas bailan en la calle, una en la acera, esquivas los cuerpos danzantes y sigues tu camino.

Llegas a la esquina, cruzas la terraza, pasas por entre mesas y sillas, entras al espacio atestado de aparatos, estantes y mercancías. El tendero está solo, arregla las latas de atún y de sardinas en una división de madera.

-“Buenas noches”

-“Buenas noches, niña, qué quiere”.

Repites las palabras de mamá. El rostro adusto te mira atento, pregunta “¿blando o duro?, la libra aumentó”. Respondes “duro” y “sí, señor”. Él se gira para cortar y pesar. Llegan dos hombres, preguntan algo, tú no estás pendiente, ves la nevera vitrina, recorres con los dedos la superficie de vidrio, anhelas los productos lácteos, quieres uno con sabor a fresa pero el dinero no alcanza. Reparas en el reflejo. Tu propio reflejo, haces una mueca, sacas la lengua y arrugas la nariz. Ríes mientras ensayas otro gesto. De repente, un estallido te ensordece. Levantas la cabeza. Fracciones de segundos transcurren y no te das cuenta, tu mente tarda en procesar lo que ves. Un hombre perforado cae. Dos hombres huyen. El ruido de una moto lo anuncia. Los gritos no tardan en invadir el espacio. Gente agolpada. Huyes. Alguien intenta detenerte. Esquivas el brazo de un hombre. Caminas, luego corres. No sabes a dónde ir. Tomas el camino más largo de regreso a casa. La noticia se esparce, la gente se asoma a las puertas y las ventanas. La música desaparece. Cruzas por la esquina de una calle sin pavimentar. Te detienes, tu respiración agitada, la sangre palpita en tus oídos, la suave brisa lame el sudor de tu piel y te estremeces de frío. Una moto avanza velozmente, otra y otra más, son policías. Una tendera saca la basura y la pone al lado de un almendro, te ve y se asusta, la palidez te delata. Entras a la tienda, no habías vuelto allí porque mamá debe lo que le fiaron el mes pasado. La señora te habla en voz baja, es amable, te dice que entres, no quieres, te niegas pero ella insiste, corre un pequeño estante de madera entre dos mostradores y pasas de la tienda a la casa, te sienta en un taburete, te da un vaso de agua de azúcar, le dices a media voz palabras entrecortadas. Pone una cara triste. Conocía al otro tendero, llama a su marido para contarle, el hombre te mira y se da la vuelta, oyes cuando atiende a una mujer que pide dos plátanos verdes y cuatro huevos. Una de sus hijas recibe de tus manos el vaso vacío. La voz baja y amable te dice: “no le digas a nadie”. Media hora después sale contigo agarrada de la mano, te lleva a casa, entras, tu mamá espera en la puerta muy molesta, sus cejas se unen sólo separadas por una arruga, tiene los brazos cruzados, permanece en silencio hasta que la tendera se despide sin dar explicaciones. No dirá nada. Soportas el regaño porque no trajiste el queso y la yuca para la comida. Tus hermanos han devorado los últimos panes de la alacena. Te acuestas sin comer. Duermes y al día siguiente olvidas… O crees olvidar, tal vez fue un sueño o un espejismo. ¿Fue real?

Con el tiempo creces. Estudias y trabajas. No recuerdas el rostro del hombre caído. El olvido es bien recibido. Pero el momento vuelve a ti en sueños o en ramalazos de consciencia mientras ves las noticias diarias. Las palabras se confunden en la mente, el tiempo las distorsiona: gatilleros, chamizos, sicarios, paracos. ¿Importa? Crees que es lo mismo, la guerra es la misma, la muerte igual, los muertos caen, se desploman en charcos de sangre. No eres la única que ha visto, miles de testigos en una ciudad olvidada. Nadie dice nada. El consejo se repite una y otra vez en tu cabeza, retumbante: “no le digas a nadie”.

 

Semblanza: Antropóloga. Aficionada a la literatura. Autora de artículos académicos y relatos de ficción.

Blog: http://anecdotariodeerospandora.blogspot.com.co/

 

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