Voz y verbo

Un poco más arriba de la mitad

Un poco más arriba de la mitad

(Texto completo)

Jairo Fernando Toquica Ramírez*

Hasta ese día su brazo derecho permaneció unido a su omoplato. Para Rodrigo era menos que sorpresivo que su extremidad se desmembrara de su cuerpo, pues había notado en el espejo que la piel alrededor de su hombro y bajo su axila, con vellos de alambre, se habría tornado amarillenta, como un forúnculo cercano a la erupción, y morada verdosa por donde terminaba de traslucirse el pus. Cuando su brazo golpeó secamente el suelo de su habitación, tratando de agarrar el portafolio, se dio cuenta que no podía ir a la entrevista de trabajo que tenía aquella tarde. Se sintió angustiado, por no saber cómo comunicar esto a su papá, el que desde hace dos meses, al enterarse que había perdido su trabajo en una revista local, había dejado de prepararle los desayunos acostumbrados.

-Papá, lo siento, pero se me ha caído el brazo.

Su papá dio dos vueltas, muy despacio, con la cuchara al café que estaba preparando, exhaló el poco aire que tenía en los pulmones, y su mirada negra quedó fija en lo ojos de Rodrigo y dijo con tono decepcionado.

-Otra excusa, debí suponerlo.

Quedó en silencio un rato mientras seguía revolcando el café que se demoraba en hervir.

-¿Puedo desayunar algo mientras pienso que hacer con mi día?- Preguntó Rodrigo, indeciso y con frío en la garganta.

Su padre tardó en responder.

-Te daré el mío, preparé para uno porque pensé que salías temprano, además ya se me quitó el hambre con ese olor putrefacto que llevas encima.

Permaneció en silencio mientras su padre terminaba de preparar el desayuno, los sonidos se hicieron más nítidos, el choque de la cuchara contra la jarra, el abrir y cerrar de los cajones, el agua que caía del fregadero. De pronto vio que su papá sacaba de la cómoda de arriba un pedazo de pan, lo puso en un plato y sirvió un poco más de media taza de café. Se acercó con pasos rígidos a donde estaba sentado Rodrigo, y lo puso en el centro de la mesa, y el vaso cerca hasta donde esa mañana solía estar su brazo derecho.

El sabor del pan viejo le era familiar por esos días, pues era lo único que su padre sabia darle al desayuno; el café, por el contrario le resultaba vital, fresco y suave. Desde que había perdido su trabajo en la revista, su papá le recalcaba la falta de dinero a pesar de que le había dado todo lo que recibió después de su despido. Al terminar, llevó los trastes al fregadero con dificultad, abrió la llave, lavó el plato y el vaso que utilizó. Quería corresponder a la atención del desayuno que hizo su padre. Dejó los platos en la mesilla y buscó con la mirada un trapo para secarlos, pero no vio ninguno. Fue directo hacia la gaveta pequeña, la de arriba en el rincón, donde sabía que se guardaban los limpiones. Se sintió triste al ver que había por lo menos una docena de huevos en una bolsa, dos o tres frutas, salchichas y galletas de centeno. No quiso tomar nada y no secó los platos.

Subiendo hacia su habitación, recostado a la pared y a tropezones, recordó que hace dos semanas, cuando llegó a su casa había pasado algo parecido. Ese día había salido a las once de la mañana a comprar el periódico para dedicar la tarde a buscar en los clasificados un nuevo empleo, pero se distrajo en nimiedades, pasó por varias calles, se percato que habían cerrado algunos negocios y habían abierto otros nuevos, saludó a algunos vecinos con quienes hace rato no hablaba, y se antojó de reparar en cada cosa que se le cruzaba.

Así se le hicieron las dos de la tarde y sintió que su estómago comenzó a crujir. Acelerado y alegre entró a su casa, percibió un olor a carne cocida en orégano y tomate que invadía el ambiente. Al entrar en la cocina, la mesa estaba recién acomodada, y no habían ollas en los quemadores de la estufa.

-La casa huele delicioso, ¿qué preparaste papá?- preguntó expectante.

-Nada- Respondió. –Si trajeras dinero, cocinaría algo parecido al aroma que entra por la ventana de la casa vecina.

Rodrigo pasó saliva y subió a su habitación sin decir nada. Se sentó en el escritorio, tomó el marcador fluorescente y abrió el periódico. De pronto sintió un calor salado dentro de su nariz, y en ese instante cayeron gotas de una sangre oscura en el periódico. Puso su mano abierta en su cara, echó su cabeza hacia atrás y corrió con urgencia al lavamanos, tenía sus manos y ropa empapadas, tomó papel y en la confusión de la sangre sintió que no tenía su nariz. Se secó temblorosamente y, mientras el papel absorbía, se fue definiendo un gran cráter negruzco, apenas se veía un cartílago blanco puntiagudo y dos orificios nasales profundos que asemejaban la trompa de los cerdos de un matadero.

No pudo oler más. Tapó esa herida con cinta color piel. En la noche fue a despedirse de su padre, cuando entre abrió la puerta él miraba televisión con atención fingida.

-Buena noche papá- murmuró suavemente.

-¿A qué rayos hueles?- dijo furibundo tapándose la nariz.

-Papá no sé, hace unas horas tuve un accidente y me ha sangrado la nariz- Dijo Rodrigo con nervios y vos temblorosa.

-Hazte aseo y no salgas de tu habitación hasta que dejes de oler a mortecino.

Esa noche concilió fácil el sueño, pero a la madrugada su estómago seguía crujiendo, se acordó que el día anterior solo había desayunado. Bajó sigilosamente, buscó en la cocina algo que mitigara su hambre, no había nada que comer en las gavetas de la cocina. Al abrir el cajón, bajo el lavaplatos encontró un plato, un tenedor y cuchillo sucios, estaban untados de una salsa naranja que ya estaba seca, el poco olor que expedían era el mismo al que olía la casa a medio día. Los dejó ahí y volvió a su cama.

Pero no volvió a dormir, el hambre se agudizó, sintió sus tripas palpitar, moverse en su vientre, sintió su ano hecho agua y corrió al sanitario. Al sentarse expulsó un chorro de caca liquida, café y humeante, el chorro no perdía continuidad, de pronto paró. Sintió sus nalgas frías y la gravedad se concentró en su orificio, luego una tripa le comenzó a salir muy despacio; primero era muy delgada como un cordón umbilical, conforme se precipitaba se volvió tupida, amorfa, con pliegues indescifrables. Cuando Rodrigo miró entre sus piernas el retrete estaba lleno de vísceras. Lloró de angustia, no por el dolor que estaba padeciendo, sino porque se sintió impotente al pensar en cómo deshacerse de esos órganos y el olor a mierda. Caminó muy despacio hasta el escritorio seguido por sus tripas cual babosa, tomó sus tijeras y las cortó con dificultad.

Se sintió cansado, sudaba y respiraba agitado, recogió todo lo que salió de él esa madrugada, secó con sus cobijas y echó todo a la ducha del baño, y el hambre fue continúa hasta este día. Esa noche fue la más impresionante, ya no lo fue tanto cuando de repente se mordía las uñas y estas se caían o se quitaba los zapatos y quedaba carne adentro mientras solo parecía salir el hueso, o cuando en los días posteriores intentaba peinarse y al pasar la peinilla se descarnaba el cuero cabelludo con sus mechones. Él solo pensaba que a alguien así no lo contratarían más que en la casa del horror.

Rodrigo no bajó en los tres días siguientes, durante ese tiempo dormía por lapsos, el ritmo circadiano se perdió, sus ojos se desorbitaron, un parpado quedó pegado a uno de sus ojos entreabierto y el otro quedó totalmente abierto, lagrimeando continuamente entre lagañas. De pronto escucho que su padre subió a su cuarto muy temprano, golpeó con firmeza a la puerta y dijo “ahí te queda el desayuno”, unos segundos después sintió la puerta de la calle cerrarse.

Rodrigo se incorporó, abrió la puerta de su habitación y vio en el piso de alfombra, un plato con el mismo pan de hace unos días y un vaso de café servido un poco más arriba de la mitad. Con dificultad se arrodillo, tomó el pan con su mano izquierda, lo mordió con ansiedad, pero su cara había perdido fuerza y su mandíbula cayó como un bumerán inerte que no regresaría, su lengua se descolgó como una vulgar copia de la campanilla que habitaba en su garganta. No recogió ese hueso carnoso crestado por dientes, lo dejó ahí, al lado del plato, entró nuevamente a su cuarto, abrió la puerta del baño, el sonido de las moscas retumbaba, las espantó con su brazo, se acostó entre sus tripas e intentó conciliar el sueño.

*Estudiante de Estudios Literarios, Universidad Autónoma de Colombia.

Imagen tomada de Pixabay

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