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Un desmesurado saturnal me espera. Mi rostro, cerúleo y enfermizo, constata que los grandes dramas siempre pasan desapercibidos. Pongo cara de nausea vital, yo mismo me sorprendo de esas muecas de payaso de circo. Observo con dilección a un grupo de legionarios españoles con los botones de la camisa a punto de estallar, la jungla saliendo por sus torsos poderosos y el fardo del pantalón pidiendo guerra. Un sueño hecho realidad más allá del tártaro que caracteriza mis días. Entonces, me despierto, seco, sin los soñados fluidos, sin mi ojal húmedo, sin los terrenos de labranza trabajados, sin mi pene ordeñado, con la mente yerma, llena de hiel. Otra vez.






