Efímera auroraVoz y verbo

Tumbas podridas

Tumbas podridas

Por:
Eduardo Viladés. (España)

Con un mundo que se cae a pedazos, donde el norte es sur y el sur desaparece

U Un desmesurado saturnal me espera. Mi rostro, cerúleo y enfermizo, constata que los grandes dramas siempre pasan desapercibidos. Pongo cara de nausea vital, yo mismo me sorprendo de esas muecas de payaso de circo. Observo con dilección a un grupo de legionarios españoles con los botones de la camisa a punto de estallar, la jungla saliendo por sus torsos poderosos y el fardo del pantalón pidiendo guerra. Un sueño hecho realidad más allá del tártaro que caracteriza mis días. Entonces, me despierto, seco, sin los soñados fluidos, sin mi ojal húmedo, sin los terrenos de labranza trabajados, sin mi pene ordeñado, con la mente yerma, llena de hiel. Otra vez.

Hace falta serenidad para escribir una obra inmortal. Y para morir. La perturbación y el desequilibrio me definen, de manera que tendré que conformarme con baratijas literarias con las que obtendré esculturas de latón que después venderé en el mercado negro. Crear es un viacrucis, justo me está sucediendo ahora mismo, me duele todo el cuerpo, somatizo el dolor y me salen granos y contracturas, lo resolvería con dos horas de buen sexo con algún camionero rudo que me empotre contra la pared, pero ni siquiera mi mano colabora en sesiones de onanismo de andar por casa.

Vivo metido en mi burbuja de cristal sin enterarme de lo que sucede a un palmo de mis narices, es la abstracción máxima. Hago todo lo posible por quitarme de en medio, pero no lo consigo. No nos piden permiso cuando nacemos y nos lo ponen muy complicado para desaparecer. Así pues, no me queda más remedio que soñar que muero, imaginarme una tumba podrida llena de gusanos y restos de marca blanca. Soñar con otra persona significa que se despertará con nuestra imagen clavada en su retina. De ese modo compongo mis textos, me introduzco en las mentes ajenas. Yo tengo un cerebro privilegiado y mi cuerpo parece moldeado por los dioses, es obvio que consiga mi objetivo. Quienes tratamos la comunicación extrasensorial sabemos que cuando alguien piensa en nosotros se nos activa una sensación táctil, sutil, como un hormigueo, en la parte superior de la cabeza. A veces pasa de la cabeza al pene, que se hincha como una pelota hasta que estalla a lo Yellowstone, una explosión que no se puede controlar. En mí piensa mucha gente, es lógico, de manera que debo levantar ciertas barreras porque no tengo tiempo para tonterías. Esa transferencia de información y fluidos extracorpóreos a través de la telepatía es algo que exploro en mis creaciones teatrales. La naturaleza nos ofrece múltiples recursos y posibilidades. Somos cuánticos. Nuestra carne, nuestros huesos y nuestros órganos son energía sexual que puede transmitirse. El territorio sexual es como un gran bosque lleno de misterios. El sexo es vida. Y es pulsión de muerte. Sueña conmigo, relájate, déjate llevar, puede que ninguno de los dos despierte y follemos como perras en esa tumba podrida, será más fácil penetrar esa gruta infame, el pus reemplazará el lubricante, el semen convivirá con la putrefacción. Con un mundo que se cae a pedazos, donde el norte es sur y el sur desaparece por la elevación del nivel del mar, donde los glaciares se deshielan y la tontería se instala en la mente de la humanidad, fornicar en el subsuelo se erige como el único lugar donde disfrutemos de cierta serenidad.

¿Cuántos empleamos la imaginación como nuestro mejor aliado? ¿Cuántos consideramos la locura como el único refugio que tienen quienes viven instalados en el sufrimiento para evitar que la razón acuda al encuentro con la muerte? Enloqueced conmigo, cabrones. Si no nos creamos nuestras propias fantasías y damos por válidos nuestros espejismos difícilmente podremos hacer creíbles historias como ésta. Estamos acostumbrados a las mentiras parapetadas en verdades, nadie pretende encontrar la realidad en la ficción. Aprendemos a convivir tan bien con la mentira que solo cuando aparece desnuda nos damos cuenta de su perversidad. Así es la vida, un sendero hacia la nada y el vacío, jode darse cuenta de que el vacío es la última estación del recorrido. Los buenos momentos duran un suspiro, cuando te das cuenta ya se han evaporado, como un perfume barato, mejor no comprarlo porque te decepcionará y ni con aguarrás te quitarás el tufo de la piel. Escucho un sonido cloqueante y desquiciado, son los pasos del gerente de Sinestesia, la revista que me ha encargado el texto, cojo la pala, cavo y cavo hasta perder el resuello, no quiero que me vea con vida, sigo cavando, me duelen las articulaciones, meo en la fosa para que se reblandezca la arenilla, me lanzo, contemplo breves episodios de mi vida con una lucidez vidriosa. Momento de terminar el texto, no quiero aburrir al personal con la gilipollez del túnel, las luces, los seres queridos y Dios esperándote al final del pasadizo con toneladas de confeti. Caput.

El autor

Eduardo Viladés

Eduardo José Viladés Fernández de Cuevas

Escritor, dramaturgo, director de escena y periodista

Eduardo José Viladés Fernández de Cuevas

Escritor, dramaturgo, director de escena y periodista

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