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Vida de una hoja en blanco

Vida de una hoja en blanco

Santiago Buitrago Celis (Bogotá)

Ahora estaba frente a esa única hoja, sin ningún rastro de grafito, sin ningún indicio de intentar responder. Ahora que no tenía tiempo de sobra, seguía pensando en la pregunta, pero como quien cree no tener la respuesta.

C Cuando aún no tenía tiempo de sobra, no pensó nunca en la pregunta, como quien cree tener la respuesta. Quienes lo conocían sabían de sus constantes caprichos. Más aún, era una metodología que solía tener. No compartirle a nadie sus avances y solo empezar a escribir cuando no estuviera a punto de olvidar lo que quería decir. De ese modo, por pública que fuera la convocatoria, ahora incluso la prensa sabía que no tenía propósito el preguntarle por su trabajo. Lo que faltaba era esperar a verlo publicado. Esta última llamaba particularmente la atención. La prestigiosa editorial Vanitas le pedía a cien de los escritores en lengua española más influyentes de la actualidad un relato de estilo libre, de una página de extensión, en el que se plasmara su momento de vida (o de muerte) más significativo. Fuera un beso de un segundo, una enfermedad de una semana o un divorcio a lo largo de un año debía ser contado en una página. La ocasión: la conmemoración de los setenta años del natalicio del escritor chileno Roberto Bolaño. Cada autor fue contactado individualmente, preseleccionando con sin cuidado para no enredarse o estancarse con personalidades que no quisieran compartir el índice con las otras noventa y nueve. Por supuesto, fue el último en aceptar. De inmediato se hizo pública la lista de quienes aparecerían en la publicación. El plazo de recepción de los escritos era de cuarenta días. Faltaban ahora cuatro horas y se tenían noventa y nueve relatos. El último que faltaba… Aquí viene lo de la metodología caprichosa. A comienzo de los últimos siete días dejaba de responder al correo. En los últimos cinco, dejaba de recibir gente en su casa. No tenía celular, y ya no se usaba el fijo. Los últimos cuatro cortaba la comunicación con su familia. Los últimos tres se recluía en su oficina. Y qué espacio: una ventana, una silla, una mesa, una resma de papel y un lápiz, algunas veces con velas y fósforos. El último día dejaba la resma y se quedaba con una sola hoja en el escritorio. Sí, todo esto para escribir una sola página. El que le gusta buscar explicaciones a todo puede suponer que la convocatoria fue exclusicamente pensada a propósito de él. Quién sabe. Era su familia quien lo decía, primero su esposa y luego (ahora) su hijo, cuando a ella la mataron a la salida de una función de la obra de teatro de El Exorcista: es su descenso al infierno, siempre que mi papá tiene una entrega, es tenerlo muerto durante una semana. Luego resucita.

Ahora estaba frente a esa única hoja, sin ningún rastro de grafito, sin ningún indicio de intentar responder. Ahora que no tenía tiempo de sobra, seguía pensando en la pregunta, pero como quien cree no tener la respuesta.

Si alguien estuviera ahí con él, observándolo, no podría decir nada de lo que pudiera estar sucediendo en su interior. Mirada inescrutable, ni perdido ni concentrado. Boca cerrada y labios en perfecta horizontal: ni enojado ni emocionado. Cejas arqueadas sin mayor estímulo que la rigidez natural y progresiva de la tensión de la carne: ni agitado ni aburrido. Y así, de seguro, podría seguirse diciendo del resto de sus facciones y de su cuerpo, pero era imposible tener la certeza, porque no había nadie allí para observarlo. Estaba solo, como ya se aclaró, en el infierno.

En el fondo llevaba toda la vida pensando, entonces ahora solo debía decidir. ¿Pero por dónde empezar? Dependía de solo dos cosas para remitirse a las posibles experiencias: sus recuerdos y lo que había quedado registrado, pero contaba con un problema para cada una: podía haber olvidado algo importante o haber engrandecido algo insignificante; o bien podría someter su testimonio a un juicio externo y atenerse a las implicaciones de todas las miradas ajenas que decidieran sobre su vida.

Ya no sabe cuánto tiempo queda, no sabe que poco. Tiene que escoger un momento ahora mismo. El que sea. ¿Qué es lo que hace que algo sea significativo o no? ¿No es la voluntad de quien escoge aceptarlo y recordarlo así? ¿O depende de quien lo comunica a otros? De pronto la tarde en la que, en la vieja habitación de su padre, su abuelo le enseñaba a hacer planas de vocales y consonantes para escribir las primeras líneas. Era el comienzo de una fábrica de imaginación y discurso imposible de desaprender. O también la vez en la que le pasó un trozo de papel con las letras del alfabeto a ese mismo abuelo, ahora postrado en la cama de un hogar geriátrico para ver si podía comunicarse señalando o marcando los signos porque ya no podía hablar. Era presenciar el ocaso de una vida y un intelecto que antaño parecía invencible. La vez que tomó algunas hojas que encontró junto con lápiz y, por pereza a escribir, prefirió dibujar y eventualmente hacer sus propias historietas, esas que nunca le mostró a nadie y que se perdieron sin saber dónde ni cuándo. Las veces que acompañaba a su padre a una librería y lo veía comprar más de esos ladrillos de los que ya había muchos en la casa; casi iguales pero siempre distintos en algo, para acumularlos cada vez más apretado y en más rincones de las habitaciones, sin saber muy bien cómo eso podía ser entretenido sin un solo dibujo, ni siquiera en la portada. La vez que su psicóloga le aconsejó llevar un diario a modo de registro para poder desahogarse y no dejar que los malos pensamientos lo sumieran en un letargo existencial que acabaría quitándole el deseo de vivir. La tarde lluviosa en la que se enamoró de la librera al entrar al local de la calle 71. Ese día que sostuvo el universo en sus brazos cuando su padre le entregó el pedacito de hermano que había nacido hacía unas horas, cuando recién estaba empezando a hablar. Cuando se preguntó si también él soñaba con ovejas eléctricas. Esa vez que experimentó el lesbianismo con Leticia, su compañera de celda, antes de terminar en el prostíbulo y nunca estar con Fernando. Esa vez que quedó prisionero de un gran señor mientras veía cómo Húrin, su hijo, huía de la batalla para luego intentar salvarlo. Aquella ocasión en la que, al borde de la desesperación, siguió los consejos del profesor Liedenbrock para no desfallecer ante la falta de agua y comida y poder salir vivos de la caverna en la que habían terminado. Cuando rompió sus votos de castidad con una pobre campesina en la cocina del monasterio mientras Guillermo, su maestro, le seguía el rastro a quien posiblemente se había llevado el par de anteojos. Cuando vio de frente el rostro impasible de una mujer siendo consumida por las llamas en medio de los libros que intentaba proteger de los demás bomberos. Cuando estranguló a uno de los hermanos menores de su creador y armó la escena perfecta para culpar a la criada de la familia y maquinar una venganza aun más punzante para aquel doctor intelectualísimo que de buen padre no tenía mucho. El alba en el que volvía a la orilla después de una dura jornada de pesca en la que, aunque había podido atrapar algo, los tiburones se lo habían quitado, junto con parte de su embarcación. El inesperado momento en el que mordió el diente con veneno que el doctor Yueh le había puesto mientras se recuperaba del trance para intentar matar al barón Harkonnen y proteger a su familia. Cuando recordaba mediante dibujos sus diálogos con Dios de cuando era niña y no comprendía muchas cosas de la cultura en la que se enmarcaba su hogar en Teherán. La noche en la que unos estruendos en la puerta dieron paso a un cuervo que no dejó de posarse en el busto de Palas en su biblioteca. El día en el bosque de Europa Central en que prefirió fingir su muerte y caer al vacío con su némesis de toda la vida y así alejarse de la ajetreada vida de la Inglaterra victoriana del siglo XVIII… ¿De esto qué cabe en una sola página?

Ya no sabía si estaba escribiendo el sueño de una mariposa o el encuentro con un zorro de la Tierra, después de venir del asteroide B612. Ya no sabía si escribía o si estaba siendo escrito. Ya no sabía si se sumergía para encontrarse o para perderse. ¿Por qué no mejor escribir lo que acaba de pensar?

— ¿Y si intento escribirlo a modo de monólogo, en primera persona?

— No, no creo que funcione,

— Tal vez sí, puede ser verosímil para este personaje.

— ¿Qué piensas?

— Bueno, la conversación del final sobra. Debería mejor preguntarle sobre la frase “… fue el último en aceptar”. Tal vez no se clarifica que se está hablando del escritor del comienzo.

— ¿En qué punto la página en blanco se empezó a llenar?

El autor

Santiago Buitrago Celis

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Cine y televisión

 

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1 Comentario

  1. En este intrigante texto, se revela la singular metodología del escritor, quien se sumerge en la creación literaria solo cuando la presión del tiempo alcanza su límite. La historia se centra en su participación en una convocatoria de la editorial Vanitas, que busca conmemorar el septuagésimo aniversario del nacimiento de Roberto Bolaño. El narrador, en su soledad y frente a una única hoja en blanco, reflexiona sobre momentos significativos de su vida que podrían plasmarse en una página. La tensión se construye a medida que el escritor enfrenta la disyuntiva de elegir un momento y se debate entre la voluntad de recordar y la perspectiva de los demás. La narrativa fusiona la introspección, la duda existencial y la pasión por la escritura, evocando la estética de un autor que navega por los misterios de la experiencia humana.

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