Voz y verbo

TUPA-TUPA

Tupa-Tupa*

(Yulieth Rueda)**

Por estos días el cinturón está repisado en el tablero del mundo, encajándose cuidadosamente alrededor de Hércules para batallar contra la Osa. Desde el césped hago mis apuestas y comienza la epopeya. Se asoma Perseo y acaba por fundirse entre los dos adversarios, dejando ante mis ojos un desorden astral. El mejor combate épico que he presenciado y duró apenas veinte segundos. Ahora solo veo las figuritas que mi mente y los pincelazos lácteos dibujan en la pizarra. Mis anteojos se caen, ya no puedo distinguir los trazos, a pesar de que los veo más cerca. ¡Más cerca! Sujetarme de la hierba no sirve de mucho, al parecer no soporta mi peso. Mis brazos están flotando y los pedacitos de pasto están esparcidos por todos lados, volando conmigo.

Nunca pensé encontrarme a punto de chocar contra un cometa.

En realidad temo las alturas. Pienso en La Haine[1] y en el tipo que cae desde el piso 50: ¿cómo alguien puede decirse que “todo va bien” cayendo desde semejante estratósfera?  Sí, lo que importa es el aterrizaje, pero nada irá bien, cuando de repente el descenso revele que aún queda un vacío más profundo.

Me aferro al suelo, clavo mis dedos en el césped hasta sentir la tierra. Mantengo los ojos bien cerrados, apretados con todas mis fuerzas. El suelo se va adoquinando de estrellas con puntas cortantes. Mi rostro comienza a sentirse mojado, los picudos vértices me rasguñan; tengo que abrir los ojos. A la cuenta de tres:

Uno…

Dos…

Solo se trata de sudor. Estoy tirado en el piso de mi alcoba, envuelto en todas las cobijas. A carcajadas oculto lo infantil que me siento. No sé cuánto tiempo dormí pero según mi reloj pronto oscurecerá de nuevo. El último rayo de sol se proyecta del espejo a mi rostro y hace que me ardan los ojos. Es un ardor realmente molesto: lo llamo el efecto esquí.

En tiempo invernal mi papá me llevaba a esquiar. Tendría más o menos unos siete años en esa época. Cuando mi padre sacaba los esquís yo apenas podía mirarlos y parpadear; su brillo era lo suficientemente fuerte como para causar ceguera inmediata. En aquellos días disfrutaba mis guantes para el frío, eran rojos y eso alimentaba mi sueño de ser boxeador, pero ese rojo escarlata se deslizaba de mi mente al ver el filo de los esquís y tomaba una coloración más oscura. Pronto comenzaba a convertirse en líquido y le daba color a la sangre de mis dedos rebanados por esos bordes brillantes, tiñendo con nitidez la nieve, como si se tratara de un raspado.

Finalmente nunca conseguí ser boxeador y mis dedos siguen conmigo. Pero  de todos modos hoy voy para un ring un tanto más rítmico, donde el firmamento es juez y espectador. La diferencia entre el boxeo que pensé practicar en esos días y el que practico ahora, radica en la sincronía de mis nudillos con el golpe de un doble bombo y los movimientos de mis botas. La danza del cuadrilátero con frecuentes puñetazos atrapó mi vida, siguiendo una filosofía que reza: “la catarsis está en cada redoble de batería”.

Suena el timbre. Bicho lleva buen tiempo esperándome en la puerta. Hoy trae las botas desgastadas y un esqueleto raído con el emblema borroneado. Supongo que entregarle la vida al mosh-pit estos últimos cinco años deja marca, no solo en la indumentaria: el  hígado y el pellejo también se ven un tanto afectados. Tomo mi chamarra y dejo en la mesa mis anteojos. De un trastazo cierro la puerta y nos unimos al tropel de botas que se ve por toda la calle. No es una noche cualquiera: hoy nos esperan los Dead Kennedys.

Ya de viejo, cortarme los dedos con esquís no es un asunto del que me preocupe. A unos les preocupa el gobierno del país, a otros les preocupa su billetera, a Milhouse le preocupan las pirañas y a mí me preocupa perder el control algún día y asesinar a un tipejo. Una pequeña discordia personal; una cuenta pendiente con ese bastardo mediocre que, digamos, se robó el complemento de mi existencia; supongo que a nadie le gusta que se metan con lo que ama. De todos modos prefiero no hablar de eso. Me divierte pensar en las formas de matarlo: podría tomar un revolver, introducirlo en su boca y apretar el gatillo para nunca escuchar de nuevo los balbuceos que emite al mover las mandíbulas; tal vez obligarlo a tomarse un coctel molotov o, dándole paso a un viejo sueño, destrozarlo a manoplazos. En todo caso, amaría verlo explotar y obsequiar sus sesos a algún marabú africano. Me atemorizarían los cargos judiciales, por eso me inquieta que llegue a fluir ese impulso justiciero. De igual manera me alivia saber que tarde o temprano el cerebro del bastardo colapsará en un derrame.

Este ring es un tanto incómodo para caer; el asfalto reemplaza el piso mullido del box y las cuerdas que lo delimitan son miles de brazos, que de un empujón, te devuelven al combate. En el duelo resulta un tanto complicado encontrar un contrincante físico, pues el único adversario es el metrónomo de alguien que logró, por gusto, que bailemos a golpes con el contratiempo de semifusas y corcheas.

En la escuela, cuando todos contaban esas cosas que no los dejaban dormir por la noche, uno de mis compañeros insistía en su temor a ahogarse, en llegar a un lugar donde ya no viera tierra firme. Su padre era de la fuerza naval, así que le atormentaba pensar que al igual que a su viejo, el mar podía tragárselo. Ese muchacho iba a directo al ring conmigo hace unos años, pero era caprichoso; le gustaba arrojar puños solo, y hace unos dos años los acordes de Bad Religion lo hicieron naufragar en un océano de patadas: irremediablemente acabó ahogado en su propia sangre, antes de poder suplicarle a American Jesus.

Aún no hay ring, llegamos temprano y esto sigue siendo una pista de bailoteos, con la luna llena brillante reemplazando a la bola de cristales que adorna las discotecas. Bicho hoy no se siente muy bien, anda un poco descompensado porque lleva días sin dormir; algunas pesadillas lo aturden y anda con la paranoia de ver triángulos filosos que le cortan el rostro. Hace unos días sacó el espejo de su cuarto y tiró a la basura los cuchillos de cocina, lo que no tuvo mucho sentido, porque hasta hoy sigue viendo los equiláteros rajándole la piel. Es una situación algo alarmante pero solo es cuestión de que acerque los nudillos a la primera bolsa de carne, así su cabeza perderá las inhibiciones y olvidará los triángulos, al menos, hasta mañana. A Bicho le causa angustia perder la coordinación de su cuerpo y morderse la lengua tan fuerte como para llegar a cortársela. Caray, si qué está agobiado, por eso creo necesarias las Vacaciones en Cambodia, seguro van a relajarle la mente.

Una D haciendo diptongo con una K en todas las camisetas… Nada podría hacerme más feliz que eso. La mía ya está algo envejecida pero aún conserva claro el emblema. Es lo que importa. El estruendo de Life Sentence indica que la danza de los puñetazos ha de comenzar. Le doy una primera vuelta al ringOh my god– mis botas cada vez se ven más despegadas del suelo –I’ts senior year– me siento un poco cansado y de un empujón me sacan de este round All you care about is your career-. Últimamente me debilito con mucha más rapidez. Mis piernas en este momento son de arena. Me compongo pieza por pieza, como un lego y el estridente punteo de Police Truck me lleva al cuadrilátero por inercia.

Let’s ride, ride how we ride-.Me pregunto qué pasaría si algo saliera mal en algún asalto –let’s ride, lowride-, si muriese aquí y mi piel magullada siguiera sintiendo dolor, aun cuando mi conciencia ya no trabajara. Un temor más. Mientras el solo de la guitarra merodea por mis oídos, un puñetazo viene directo a mi nariz. La sangre se mezcla con el golpe a los Toms de California Uber Alles y sigo en el cuadrilátero. Mis divagaciones tienen lugar en los peores momentos –Now it is 1984– ese golpe me dejó medio tonto-Knock-knock at your front door-. Imagina un pequeño cuadrado que delimitan cientos de personas, a veces pierde su forma convirtiéndose en un círculo que gira como licuadora –It’s the suede/denim secret pólice-, imagina que poco a poco tus pies se van perdiendo entre quienes van corriendo y golpeando en la misma vía que tú –They have come for your uncool niece

Aprovecho el descanso del medio tiempo, para tomar agua y vodka. Cuando regreso, Bicho ya está perdido en uno de los remolinos humanos. Unos chillidos comienzan a salir de la guitarra. Me siento cansado. El bajo hace su riff triunfal. Ya no quiero volver al ring, pero voy caminando hacia él, me abro paso con un salto y un golpe: proclamo a todo grito: It’s a holidays in Cambodia, it’s tough, kid, but is lie. Golpeo y canto, pero en este momento noto que voy en el sentido contrario –It’s a holidays in Cambodia, don’t forget to pack a wife

Primer golpe: de nuevo en la nariz –Pol, pot-, patada en el abdomen, sigo de pie. Hasta ahora “todo va bien” –Pol, pot-. Un golpe más en el rostro- Pol, pot -. La canción es eterna y yo no veo un solo lugar vacío aquí –Pol, pot-,  sigo golpeando y un estruendo en la nuca me hace caer hacía atrás y me deja de espaldas en el suelo. Cientos de pies o un solo milpiés humano me pasa por encima. Siento el sabor de las botas.

Veo las estrellas. Kill, Kill, Kill, Kill the poor. Las veo brillar, casi encegueciéndome. Kill, Kill, Kill, Kill, Kill the poor. Me sujeto con fuerza a las piedritas del asfalto pero no funciona Kill, kill, kill,kill, kill the poor, cada vez están más cerca. Kill, kill, kill, kill, kill the poor. Las veo ya en mi rostro, sobre mis ojos y sus puntas filosas me cortan las mejillas. Kill, kill, kill, kill the poor. Siento humedad en mi rostro. Se desdibuja el tablero del mundo, se desdibuja la tierra, todo es oscuro y estoy volando, Kill, kill, kill, kill, kill the poor.

*Expresión popular que se usa para emular el sonido de la batería en los compases más veloces.

[1] Película Francesa dirigida por Mathieu Kassovitz, estrenada en 1995.

 

**Estudiante de Estudios Literarios.

Fundación Universitaria Autónoma de Colombia.

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2 Comments

  1. Es bastante descriptivo, me hace recordar un poco el estilo de Bukowski. Yo que uso anteojos, no me imagino en esa situación sin los míos.

  2. Hay una influencia muy marcada del mundo de Welsh. “Tupa-Tupa” es un cuento luminoso no solo por los taches. Es exquisitamente amargo y hermoso.

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