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Murmuración espasmódicaVoz y verbo

¿Seguimos nosotros?

¿Seguimos nosotros?

Carolina Rodríguez Mayo (Bogotá 1991)

Viajera y escritora. Literata con opción en Filosofía. Especialista en Comunicación Multimedia. Ha publicado su trabajo en revistas de Bogotá como Sombralarga y Sinestesia.

Hacían música cuando podían. Buscaban marimbas para imitar el sonido del agua, tambores para el sonido de la tierra, gaitas para emular la brisa y la voz de una cantora de garganta caliente y palabras fogosas.

Aquella noche se habían acostado todos juntos, bajo una estela brumosa que impedía que vieran las estrellas como siempre solían hacerlo después de ensayar. Apenas sacaban las colchonetas y un toldo para protegerse en caso de lluvia. Pedían sancocho con Doña Magdalena antes de parar por un par de cervezas donde Elkin. Ensayaban con la esperanza de que algún día juntos saldrían y tocarían su música en otros lugares.

Mientras miraban al cielo a la orilla del Atrato se peleaban jocosamente sobre quién sería más famoso o quién sería quién más corazones rotos dejaría a su paso. Nunca llegaban a un consenso… «Esmeralda es la más talentosa y la mejor bailarina», decía Harlinton. «No, hombe, yo creo que Lúcio nos deja pa’ser solista», respondía Esmeralda. Bajo la intemperie, el eco del sonido de sus instrumentos y las risas sincronizadas la banda se iba a dormir, unos juntos a otros en una camaradería dulce e íntima.

Harlinton era un joven de veintiún años cuya pasión por los tambores floreció desde la infancia. Su tez oscura y sus ojos vastos lo hacían muy atractivo, lo cual resultó en una adolescencia precoz y una paternidad temprana. Harlinton era papá de una niña de seis años. Él y la mamá de la niña intentaron estar juntos; sin embargo, la llama inicial que existía entre ellos se extinguió cuando terminaron el colegio, conscientes de que eran personas muy distintas se guardaban cariño, respeto y amistad. Ambos cuidaban de su hija y de sí mismos como amigos y cómplices.

Esmeralda era la cantaora más joven de la casa de la cultura de Quibdó, a sus diecinueve años ya había viajado a cantar a Medellín y Bogotá. Era la única de la banda que conocía la capital. «Hay mucha basura, yo no entiendo cuál es el encanto que tanta gente le ve», comenta cada vez que alguien le preguntaba cómo era por allá. Una mujer que tenía como única pasión la música. Tez oscura como Harlinton, pero sus ojos eran acaramelados, alta, dotada con una potente voz, fuertes y ágiles piernas.

Margoth se enamoró del sonido de la marimba porque su abuelo también era músico. Ella era la más madura del grupo, conservadora con los gastos y mediadora de conflictos. Su espíritu alegre armonizaba un carácter fuerte, decidido con una voz conciliadora y paciente. Era la guía espiritual de la banda y cuando ella se ausentaba rara vez lograban ensayar. Veinte años, piel pintada con la herencia de dos etnias chocoanas: los embera y los negros. Su mamá era una lideresa indígena y su papá es dueño de su propio negocio.

Lúcio de veinticuatro año consideraba la gaita una extensión de su cuerpo. Su condición en Quibdó lo hacía blanco de burlas y abusos desde niño. No obstante, él nunca escondió lo que sentía por otros hombres, jamás desaprovechó San Pacho alguno para correr a untarse labial rojo en la boca, usar falda y algún sombrero que tomaba prestado de su hermana mayor, quien le llevaba quince años. Su hermana, la única en la familia que aceptaba que él seguía siendo sangre de su sangre. El amor lo conoció joven, a sus veinte años se cruzó con un hombre bumangués que le ofrecería compañía, estabilidad y romance. Era él único del grupo que no estaba soltero, aunque para él la rumba se tenía que vivir como si nadie lo estuviese a uno esperando en casa.

Los cuatro eran una familia llena de complejidades, fulgurosa de ambiciones y articulada por sueños compartidos. Además de la música, ellos permanecían activos en asuntos políticos de alta envergadura. Lúcio escribía columnas de opinión para un periódico regional, Margoth pertenecía a un grupo de luchas feministas que se buscaba enseñarle a las mujeres sobre práctica sexuales seguras y placenteras. Harliton usaba un porcentaje significativo de su tiempo libre en mantener un colectivo de educación comunitaria, que le enseñaba a jóvenes recién graduados del bachillerato talleres de pre-ifces y pre-universitarios. Esmeralda, por su parte, tenía un proyecto cineasta independiente en el que hablaba de los problemas de visibilización en los medios nacionales y el endoracismo de la región. Poco a poco sus acciones, individuales y colectivas les otorgó el rótulo de líderes sociales, rótulo que ellos se negaban a aceptar por considerarse parte de unas dinámicas grupales y no la cabeza de las mismas.

«Creo que el último vídeo va a ser muy polémico», dijo Esmeralda la mañana después del ensayo. «¿Qué hiciste ahora?», preguntó Margoth. «Nada nuevo. Hablé de cómo las parteras son una tendencia mundial en las grandes ciudades, pero que fue una práctica arrebata y deslegitimada cuando era practicada por las comunidades negras». «A mi me suena increíble, tal vez sí me muestras lo que hiciste pueda escribir algo sobre eso», se apresuró Lúcio. «Yo digo que todo no lo han robado, ahora buscan tener curvas más pronunciadas y labios más llenos, pero conservando una tez clara. Dios los guarde de ser negros de verdad», refunfuñó Harlinton. Todos lo miraron como a Grinch navideño y soltaron una carcajada unísona. «Ya tengo que irme, esto de pasar las noches fuera no es algo que le encante a Camilo», comentó Lúcio. «Igual lo tiene que aceptar mijito, primero el uno que el dos», respondió Margoth.

Todos se pusieron de pie. Recogieron sus cosas y dejaron las botellas de cerveza en el bote de basura contiguo. El aire de esa mañana recogía sus olores favoritos: frituras, el río y el perfume de la gente sale de su casa recién bañada y arreglada. «¿Qué planes tienen hoy?», preguntó Esmeralda al resto. Se escuchaba el ruido de las motos que inundan las calles de Quibdó, el medio de transporte más usado de la ciudad. Pese a ese panorama rutinario Harliton se sintió inquieto por la cercanía del ruido, miró hacia atrás asustado, porque pensó que alguna moto se los podría llevar por delante. «Hey, vean por donde caminan, hay mucha moto por esta calle», gritó asustando a los demás. Todos se orillaron, ya estaban subidos en el andén, pero decidieron que sería mejor ir de dos en dos para evitar cualquier accidente.

«Déjemos a Margoth en su casa, luego me dejan en la mía, ¿si?», preguntó Lúcio. «Siempre los dejamos a ustedes primero, yo termino regresando sola», contestó Esmeralda. Nadie le contestó de vuelta, ella era la que más lejos vivía, así que no podía esperar que los demás la acompañarán. Margoth se despidió con una sonrisa cansada, las noches en las que dormían en esas colchonetas no eran las noches de mejor sueño, pero sí estaban llenas de felicidad y resoluciones para el día siguiente. Lúcio, Esmeralda y Harlinto sacudieron las manos al despedirse, a veces los embargaba una euforia que no sabían explicar muy bien, una euforia que cobraba vida cuando estaban juntos.

Camino a casa de Lúcio la lluvia típica del cielo chocoano tocó sus frentes. «Menos mal compré un forro nuevo para la gaita». Caminaron un par de cuadras para adentrarse en el barrio de La yesquita cuando escucharon el grito de una vecina. Corrieron para ver de qué se trataba, la puerta de su casa estaba abierta, como ocurre usualmente en la capital del Chocó, ella estaba recostada en un sofá amarillo con la mano en la frente. «¿Usté está bien?», preguntó Harlinton, «la escuchamos gritar», intervinó Esmeralda. La señora sollozaba sin parar, levantó un poco la mirada y se apresuró a saludar a Lúcio, quien la reconoció en seguida. «Doña Marbel, no sabía que se había mudado pa’ca, ¿qué le pasó?», le preguntó. «Lúcio, me llamó Macarena hace dos minutos, parece que le dispararon a Kimy». Los jóvenes palidecieron ante el nombre mencionado. Kimy era el abuelo de Margoth, un líder ambiental de la comunidad de Begidó. «Vamos», increpó Esmeralda y sin despedirse comenzaron a correr.

Al llegar vieron a Margoth tendida en el suelo de su sala inconsolable y golpeando el suelo con el puño cerrado. Cuando los vio entrar dijo «¿seguimos nosotros?». Sus amigos se tendieron en el suelo junto a ella, nadie más podría entender la alquimia de sus almas que pulsaban como una. Ellos eran la música y la protesta, la vitalidad de la lucha, ellos que eran uno al combatir contra los múltiples monstruos que agobiaban su ciudad. «Kimy era uno de los grandes», susurró Harlinton sujetando el puño de Margoth.

Entró la madre de Margoth con la mirada vidriosa, perdida y el regazo lleno de la sangre de su padre.

Carolina Rodríguez Mayo

Viajera y escritora. Literata con opción en Filosofía. Especialista en Comunicación Multimedia. Ha publicado su trabajo en revistas de Bogotá como Sombralarga y Sinestesia. Fue elegida como parte de una antología de jóvenes poetas, Afloramientos, los puentes de regreso al pasado están rotos publicado por Fallidos Editores. Su poesía ha estado en lugares como la Universidad de Brown y en el podcast Gente que lee cuentos.

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