Inexorable nefelibataVoz y verbo

Un solo pulso de vida

Un solo pulso de vida

Jimmy E. Morales Roa (Bogotá)

Un extraño relato que recorre los senderos de la pesadilla. Allí el doble hace presencia para recordarnos dónde se encuentra nuestra verdadera naturaleza.

 

L Lo que narraré a continuación sucedió en una noche bogotana y no es ficción. Sucedió un viernes en el centro de la ciudad, y desde entonces las noches son diferentes y, los lugares los transito sintiendo una extraña tensión.

Siempre creí que en el centro de esta ciudad se escondían secretos. Que en sus entrañas existían submundos capaces de arrastrarnos de la realidad a lugares de absoluta extrañeza y desconcierto. Lugares que se encuentran vedados a las miradas infieles de la insensibilidad humana. Recorrí las calles más antiguas de la ciudad, me deslicé por callejones angostos, en los que sus calles ajedrezadas de piedra centenaria y la lluvia me hacían resbalar. Atravesé pórticos estrechos por los cuales en alguna mañana nebulosa me sorprendió un amanecer. Y aún así, nunca creí encontrar aquel paraje; el más extraño y atrayente. Esa noche observe el lado oscuro de mis propios ojos.

Aquella noche, vi una fila de gente que se sumergía en el pórtico de un edificio no muy antiguo. En el día, solo había visto los comercios que se alzaban a los lados de aquella puerta —la que al parecer siempre ha estado allí—, pero que solo es visible por las luces nocturnas. Era una fila silenciosa, hombres y mujeres simplemente se miraban en la puerta con los responsables de la entrada, y en medio de un acuerdo mudo y tácito, descendían por las escaleras. Era necesario acariciar los pasamanos para no resbalar, las paredes forradas en fragmentos de espejos, me reflejaban y distorsionaban de incontables formas; como si de alguna fuerza mágica se tratase, sentí por un instante que me atomizaba.

En la mediada en que descendía por aquellos escalones estrechos, los sonidos se engrandecían, y sus hondas que chocaban contra mi cuerpo hacían vibrar las entrañas. En el fondo del lugar encontré algunas personas conocidas, —al parecer este sitio era más popular de lo esperado—, junto a su mesa hallé una silla abandonada, no muy cómoda y cojeaba, se encajonaba en uno de los rincones; era la silla indeseada, a pesar de ello era la ideal, desde allí podía ver en toda su magnitud el lugar y las personas que lo llenaban.

Era un amplio salón soportado por múltiples columnas, su techo elevado hacia algo más que un doble volumen, por lo que el aire era fresco y el calor no muy intenso, una extraña cenefa de color verde incandescente, bordeaba aquella cima decorada con toda suerte de apliques de yeso. Los techos claros y el piso oscuro, pero ambos igualmente brillantes. Sus superficies reflejaban las luces multicolores, que en cierta sincronía con los sonidos, provocaban una estela de aromas psicodélicos.

A mi lado, apareció una de las encargadas del sitio, pedí me trajera una cerveza, y mientras esperaba, observé con detenimiento todos los seres y sus movimientos, sus gestos y sus ritos, cuando un extraño perfume me envolvió; de aromas violentos, salvajemente florales y maderosos, obligó a que mis ojos abiertos bajo los cerrados párpados, recrearan toda suerte de recuerdos y alucinaciones. En ese mismo instante, pude ver mi reflejo en el piso que se elevaba, como si de agua se tratase y me hundiera irremediablemente en ella. Inmóvil, el pánico se apoderó de mí, y como si mi realidad se hubiera invertido, sonidos y colores tomaron un aspecto opaco. Sentía y escuchaba las formas, que en gritos lejanos y ausentes parecían reclamarme, como si supieran aquellos secretos de mi oscura e intima naturaleza; los secretos incontables, por los que mi mente se encuentra hecha de agujeros insalvables, agujeros negros que se han tragado algunos recuerdos junto con todas las excusas y todas las justificaciones. Los movimientos a mi alrededor se tornaron lentos, hasta el punto de ser casi nulos, y en ese instante, observé mis piernas anegadas en medio de un charco de agua álgida. La mesa del lado había derramado su jarra de agua helada sobre mí, no supe cómo, ni cuanto tiempo trascurrió, solo sé que no me importaba. A pesar de observar en mi mano izquierda una botella y su contenido a la mitad, en ese instante nada me parecía extraño, aquella experiencia en la que se alteraba mi realidad no me generaba mayor importancia, por lo cual permanecí inmutable; como si cargara alguna forma de culpa silenciosa, a la que no se le presta atención para hacerla invisible a los ojos de los demás.

Los sonidos que en principio me eran extraños, empezaron a contagiarme de cierto entusiasmo, particularmente me sorprendieron, al tomar forma aquellas luces agitadas y las sombras de quienes bailaban se proyectaban engrandecidas. Daban la sensación de transformarse de simples y variadas manchas, a representaciones complejas que asemejaban delicadas formas femeninas, que parecían tener voluntad propia. Por un momento creía verlas transformadas en figuras zoomorfas, con la capacidad de volar, de arrastrase o de deslizarse hasta devorarme. Bajé la mirada lentamente y con cautela rastreando aquella silueta proyectada, buscando la fuente de mi alucinación, giré despacio para verla, aquella joven que se movía lentamente en contravía del agitado entusiasmo que la rodeaba; llamó de inmediato mi atención. Su pareja parecía moverse al compás que ella marcaba, a pesar de las insinuaciones de apareamiento que instaban los sonidos y las formas, era esquiva en sus movimientos; negándose a seguir a quienes se encontraban a su alrededor, sin duda, no pertenecía al mismo universo en el que se encontaba.

Mi fascinación fue monumental y mi extrañeza aún mayor, sus finos rasgos, su armónico cuerpo y su cadencia provocadora me llamaban. A mi lado una voz exclamaba, ¡qué buena está!, y no supe que responder; lo primero que pasó por mi mente, fue dudar si aquella expresión se daba para que yo la escuchara. Al reflexionar que estaba allí solo, no presté atención y deduje que ese comentario había llegado a mí por azar. Pero ella, como si hubiera escuchado la misma voz, abandonó a su pareja de baile y se sentó en la mesa contigua. Tras haber secado su silla, tomó un vaso con su mano derecha, sirvió su bebida y bebió despacio, como si el tiempo se hiciera más lento y el mundo a su alrededor se resistiera a ser más viejo. Verla me hizo pensar y sentirme en la eternidad.

Ella rechazaba a quien le invitaba a bailar, hombres y mujeres regresaron buscando nuevas manos de las cuales tomarse. El silencio se apoderó de mí, cerré los ojos y entonces no existía sonido alguno, quizá pretendía poder escuchar su respiración, o apoderarme con un suspiro de su aroma. Cuando mis párpados dejaron ver de nuevo la luz, su mirada se clavaba en mis pupilas.

Sonreí y ella respondió igual. No dudé entonces en acercarme, quería hablarle, aunque no sabía qué decirle. Ella sin dudarlo, me tomó de la mano y me guió hacia el centro de la enrarecida multitud, que se contorsionaba de forma frenética. Lo único que aquellas personas parecían tener en común, era la necesidad de aparentar ser un solo cuerpo. Yo, desconocía las reglas de este mundo, era El forastero misterioso, así que simplemente seguí mi instinto. Mis manos se acercaron a su cintura y ella de forma natural, se dio vuelta para que pudiera embriagarme con el perfume que se desprendía de su cuello, ascendía por los cabellos y habitaba tras el pabellón de su oído. Cruzó sus brazos y estrechó mis manos en sus caderas, seguí sus movimientos con el mayor cuidado posible. Al tiempo, descubría que mis movimientos no eran míos, y que respondían a su universo solitario. Era una danza en la que en efecto eramos uno, no porque nos quisiéramos fundir el uno en el otro, sino porque yo era el reflejo de su existencia.

Durante aquel tiempo, que dejó de serlo para hacerse nuestra eternidad, permanecí guiado bajo su tutela, esforzándome al máximo por no perderme ningún detalle de sus movimientos. Ella me hacía saber con su manos que lo disfrutaba. En el instante más imprevisto, con su mano derecha tomó mi izquierda, llevándola lentamente hacia su pecho, allí la presionó con fuerza, hasta el punto de poder sentir sus latidos que se mezclaban con los míos, en un solo pulso de vida.

En ese preciso instante me soltó, tomó sus cosas y me indicó que la siguiera. Su existencia me embriaga, así que simplemente recorrí su rastro. Ascendí las estrechas escaleras y enseguida me vi en medio de la calle fría y solitaria. En una esquina bajo la luz tenue logré distinguir su figura. Corrí hacia ella que me esperaba a la entrada de un callejón. La abracé rodeando su cintura, mientras sus manos encarcelaban mi cabeza, así nos sumergimos en la estrecha calle en la que se proyectaba a cada paso una sola, larga y tenue sombra.

No sé en que momento nos vimos llegando a la entrada de su apartamento. Abrió la puerta y siguió sin detenerse hasta la habitación. En ese corto trayecto, a cada paso dejaba alguna de sus prendas, así la veía alejarse lentamente, hasta sumergirse desnuda en el fondo de sus sábanas. Ya la decisión estaba tomada, cerré la puerta despacio, en silencio, seguí nuevamente sus pasos guiados por el sendero que dejó su aroma. Lo que sucedió a continuación se encuentra escrito en la memoria de mi piel.

Fueron segundos u horas. Un momento hecho infinito, salvaje, inenarrable, lleno de pasión y que deseo retener a la fuerza, para saber que lo vivido fue real. Su piel rápidamente parecía fundirse con la mía, mis deseos parecían ser gritos, que rápidamente ella atendía de la forma precisa, y así como en aquel baile intimo que nos fundió en la pista, aquí también me encontraba en la disposición de imitarla. Rápidamente comprendí cada uno de sus movimientos e insinuaciones, a lo que diligentemente respondí, sus gemidos comenzaron a invadir mis sentidos, no solo se escurrían lentamente entre mis oídos, hacían que mis ojos cerrados apreciaran formas luminosas, a la vez que mi piel se erizaba hacia dentro.

Al momento sentí como su cuerpo no solo me penetraba, se sumergía en el mio. Su carne devoraba mis entrañas mientras yacía impotente. Los movimientos rítmicos dejaron de existir, aunque podía apreciar la convulsiones que provocaban su ajetreo retorcido en mi interior. No era la primera vez que sentía fuerzas extrañas abalanzándose sobre mi ser desnudo a media noche, dejándome inmóvil y presa de extraños deseos. Pero esta vez no estaba sobre mi, no sentía su fuerza aterradora que impedía incluso abrir mis párpados. Ahora, esa fuerza se deslizaba libremente por mis venas, me dominaba desde el interior, quemándome lentamente. Mi piel sudaba extraños fluidos, algo viscosos y malolientes, las sabanas se hacían cada segundo más pesadas, me aplastaban y ahogaban. Intente gritar, pero era un quejido sin eco, y cuando el aire nuevamente irrumpió en mi cuerpo restaurando mi conciencia, me percate que el perfume que nos envolvía había desaparecido.

La luz del amanecer penetró con violencia en la habitación, su brillo lastimó mi despertar. Respiré profundo, como si deseara vaciar el aire del mundo. Mientras estiraba mis brazos para intentar alcanzarlo, lentamente y con ayuda abrí mis ojos, regrese a la realidad del nuevo día. En mi gran cama blanca y solitaria, me vi desnuda y temblorosa, mientras recorría con la mirada el camino de ropas desprendidas. Allí, tras el espejo estaba él, observándome deseoso, de forma fija y cariñosamente en el reflejo.

 

 

El autor

Jimmy E. Morales Roa

Jimmy E. Morales Roa

Ingeniero de sistemas – Literato

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Ingeniero de sistemas – Literato

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