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La realidad detrás de la ventana

La realidad detrás de la ventana

Cristian David Gutiérrez Martínez (Medellín, 2004)

Cada vez es más común que solo nos fijemos en el exterior: cómo nos vemos, qué parte de nosotros mostramos a los demás. ¿Qué pasa cuando nos vemos obligados a ver hacia adentro?

 

Cuando el agua cae a cántaros como lo está haciendo hoy, no tengo forma de diferenciar una gota de la otra. Créame que trato de hacerlo y lo intento. Primero, miro hacia afuera, miro con la atención más prudente. Mi cabeza se dirige hacia arriba, hacia las gotas que aún no han chocado contra el suelo, pero que en cuestión de microsegundos se convertirán en una masa deforme, muerta, un pequeño rastro de agua en el piso. Pronto percibo que allí la velocidad y constancia de la lluvia es tal que no puedo reparar nada, de modo que bajo un poco mi vista y ahora miro hacia el piso. Ahora veo la tragedia de la lluvia en forma de gotas que chocan contra el suelo y estrepitosamente se abren, el fin de la vida. Allí tampoco logro ver.

Algunas gotas chocan con más fuerzas que otras, eso sí, mas no me sirve de nada saber cuál de todas era más rebelde, eso no me habla nada sobre la lluvia. Pareciese que cada chorrito de agua cayendo del cielo es idéntico a su compañero de al lado, entonces toda la lluvia está hecha de la misma materia, todas las gotas son exactamente iguales, una pesadilla surrealista.

Miro también a las gotitas que se aferran en mi ventana. Sin duda, puedo contemplar que unas son suicidas y se despegan de inmediato; otras son revoltosas y vagan por toda la ventana, hasta que irremediablemente chocan contra el suelo; e incluso las hay melancólicas, que se mueven con lentitud, pero inexorablemente, tras mucho aguantar, chocan contra el mármol. Esto en verdad no me cuenta nada sobre ellas más que superficialmente, solo puedo expresar lo anteriormente dicho a través de la comparación. Me es posible decir que unas son más revoltosas que otras mediante el análisis del colectivo, sí, pero, ¿cómo podría describir la esencia misma de una gota si esta fuese la única de su especie en el mundo?, ¿cómo lo haría si la lluvia consistiese en una única gota llevando a cabo su espectáculo irrepetible?

Entonces mi pregunta es si nosotros somos como la lluvia, si todos hacemos parte de la misma masa o, de no ser así, en qué nos diferenciamos. Hay algunas gotas más gordas que otras y no por eso son diferentes: sé que la respuesta no está en nuestros cuerpos, no está en lo físico; quizás tenga que ver un poco más allá. No obstante, no dejaré de lado el cuerpo, pues este también hace parte del ser. El cuerpo es la manifestación estética del alma, por ello me interesa, no lo que es este como tal, sino lo que él mismo hace. Con este hacer no solo me refiero a un movimiento, a lo que consideramos una acción en lo cotidiano; para mí lo que hace el cuerpo hace referencia también a la manifestación de un sentimiento. Piense por ejemplo en las miradas, ellas tienen un significado más allá de lo superficial: están cargadas de soledad, y es la soledad algo que acapara mi interés en este caso, pues la soledad es quizás lo que nos separa de los demás.

Entienda la soledad como el sentimiento producido por estar alejado del otro, de lo que hay más allá de la barrera del yo. La soledad es inherente al ser humano, y si es inherente a este, esa sensación de estar solo rodeado de cuerpos, representa que los humanos somos diferentes unos de otros, ¿en qué somos diferentes entonces?

Establecemos la barrera del yo a través del otro, eso es lo que nosotros creemos que es el yo. La lógica humana dicta que yo soy todo lo que no es el otro, el yo es la barrera que me separa a mí de lo demás; de ahí que considere que la visión de uno mismo se produce a través de los demás y la interacción con los mismos. Esta es la realidad que se produce en las calles, en la vida ajetreada del mundo moderno, tan marcada por la virtualidad y la distancia; todo ello nos impide sentarnos a pensar por un minuto en quiénes somos realmente. ¿Quiénes somos más allá de los demás?, ¿quiénes somos cuando estamos solos?, ¿qué significa “yo” cuando nuestros ojos están cargados de soledad?

Por ello surge la necesidad de mirar más allá del colectivo. Hay que mirar al interior del individuo aislado, el individuo carcomido por la soledad, ¿qué somos cuando el otro desaparece, cuando se mira al alma de la forma más pura posible? Puede que nos encontremos con una pregunta imposible de responder, puede que nuestra respuesta sea llanamente: “yo soy todos en uno, y todos en uno soy yo mismo, el ser es el universo mismo y el universo soy yo en mi máximo esplendor”. Puede que sea verdad, una realidad parcial, mas tiene que haber algo más allá del colectivo, algo que nos defina por lo que realmente somos y no por la negación del ser que no soy yo. Quizás en uno resida el universo, solo quizás, sigue siendo una idea ambiciosa, mas de lo que sí estoy seguro es que el universo, o lo que sea que habite dentro de nosotros, nunca pesa igual en dos seres distintos. Así, supongo que tanto en la lluvia como en los humanos funciona de la misma forma. La soledad es la levedad de la vida, la levedad del universo dentro de uno mismo. Yo soy mi propio peso dentro del universo, mi ser es equivalente al peso de mi soledad y, por lo tanto, lo leve que es mi existencia dentro del cosmos.

Cristian David Gutiérrez Martínez

Escritor. Actualmente cursa grado undécimo. Apasionado por el periodismo y la literatura. Cuenta con una mención honorífica en el II Concurso de poesía y cuento del grupo ESCRITORES por su cuento «Sueñitos con Heroína». También cuenta con publicaciones en distintos medios literarios. Busca usar las letras como vehículo para entender al ser humano y las relaciones del mismo con su entorno.

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