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Seguramente no soy el único al que le pasa. Y con mayor seguridad tampoco el único incapaz de relatarlo cabalmente. Pero igual aquí voy: Abro los ojos en ese sitio en donde las paredes son muy altas y flexibles. Ondean como banderas negras en una tarde de viento calmo, pero constante. Acuso el espanto original al sentir, más que saber, que estoy vivo. Al principio es una tenue desesperación que se manifiesta en la dificultad para respirar. La mayoría de las veces abro los ojos y frente a mí está una de esas dos paredes altísimas. Entre ellas, a la izquierda, hay un camino que no tiene fin y es probable que tampoco principio. Todo está en penumbras, pero hay unas líneas, una alusión más que líneas, que me ayudan a intuir los confines. Se trata de un lugar abierto, grande, atroz. Algo parecido a la equívoca frontera entre mar y cielo cuando intentas mirarla desde un acantilado; parecido pero en vertical. Tan grandes y hondas son sus dimensiones que el miedo sobreviene y mi respiración se vuelve más trabajosa. Es la respiración la que me conecta con la certeza animal de estar vivo. Saber dónde estoy o para qué son artificios, cosas superfluas, sofisticaciones, todas, de orden secundario. Estoy aquí para fines anteriores. Aquí no hay sentido o razonamiento que valga. A mí qué me importa saber nada ahora que este sitio de tan abierto me da pánico o tan cerrado está que me ahoga. Lo que necesito es respirar porque cada vez es más difícil e intuyo que este aire pronto se convertirá en arena. Sobre las paredes aparecen ordenadamente pequeños puntos que lo mismo vienen del principio o del fin y se agrandan hasta convertirse en orificios circulares perfectamente horadados, iluminados y equidistantes. Orificios o simplemente puntos que supuran esa luz blanca que se va encendiendo, uno orificio enseguida del otro, hasta infectar las paredes. Si ya antes todo era superlativo ahora esta reacción exige otra palabra que venga y me ayude a relatar lo que sea que esté sucediendo. El patrón no para de reproducirse. La luz apenas deja al descubierto el linde de cada pared y el camino aún libre que hay entre ellas. No me veo, no me muevo, ni puedo hacerlo. Todo es esta enfermedad viral. Y la asfixia. Desde niño conozco ese lugar. A cada tanto me sacudían para traerme de regreso porque aún con los ojos abiertos no dejaba de ver aquella erupción repugnante. Con el tiempo he condescendido ante las explicaciones, todas ellas prosaicas, sobre el origen de aquel lugar o del dispositivo que me lleva hasta allá. Angustia. Apnea. Asfixia. Todas son palabras que empiezan en la A y van hasta la A final y vuelven, del principio al fin, inversa y cíclicamente. Estoy vivo y la necesidad urgente de respirar me lo confirma: Aquí estás. Respira. O pide ayuda, animal. Y cuando el patrón se acelera y los orificios crecen sin llegar a tocarse, respiro frenéticamente sin conseguir nada. Ningún alivio. Ningún movimiento. Y es entonces que suplico desesperadamente que haya alguien más en el mundo y que venga en mi auxilio: Ven. Sacúdeme. Me asfixio. Pero sólo me oyen hasta que mi respiración se transforma en un atragantamiento terminal. Luego siento la convulsión y despierto en algún sitio en donde las paredes son muy altas y el aire está compuesto por dos terceras partes de arena.






