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AMOR.APK

Sebastián Castro (Medellín, 2000)

La pandemia cambió por completo la forma en la que nos relacionamos con el otro. ¿Cómo fue ese cambio, específicamente, en las relaciones amorosas?

Cada día que pasa es igual al anterior. Me he dado cuenta de que el amarillo y el naranja siempre están peleando por definir cuál de los dos es el color del sol, y en el momento del desayuno, me invade la sensación nauseabunda de que algo va a pasar. Dejé de ver noticias y de escuchar radio, me entero de que la peste sigue en las calles gracias a mis mediocres caminatas matutinas alrededor de la manzana con Timoteo, mi perro. Los ojos de los transeúntes se vuelven en el único instrumento que tienen para guiarse. Sus miradas, a veces bruscas, buscan un puerto donde anclar. Navegan hacia ninguna parte.

El viernes trece, antes de que la ciudad se vaciara y el silencio se apoderara de las cuadras, se me rompió el corazón. Al principio pensé que el encierro lo haría más fácil: tendría tiempo para mí, para sanar y reencontrarme. Pero el tiempo es atrevido y me demostró todo lo contrario, estos meses han sido una tortura china. Una “tusa” en condiciones normales es un detonante para cambiar las rutinas, visitar lugares a los que nunca se iba, tomar el camino más largo a casa, emborracharse hasta el cansancio en algún bar del bajo mundo y besar rubias en el centro. Las reglas de juego en medio de una pandemia son otras, y yo estoy seguro que hasta Eros está extrañado de este cambio inesperado del destino, tanto por el desenamorado como el enamorado. El dios del amor podrá volar y ser un arquero con una puntería impecable, pero no estaba listo, como cualquier mortal, al teletrabajo.

Papá me suele llamar de vez en cuando, quiere asegurarse de que todo esté bien. Lloro a destiempos entre tardes y madrugadas, he aprendido la geografía de mi pequeño apartamento a la perfección, hablo el dialecto de Timoteo, me volví consejero de mis electrodomésticos y me tiro los mejores pasos en recitales nocturnos con música triste y las mejillas saladas, pero cuando debo de responder la pregunta de “¿Cómo estás?” de mi padre, la respondo casi que por inercia con un: “Todo bien”. Él está viviendo esto con una viveza un poco más positiva, dice que es el momento perfecto para que la tecnología se vuelva nuestra mejor aliada, la dueña de nuestra vida. Confía en que los avances de los próximos años serán los más sorprendentes para la humanidad y en que la omnipotencia de lo artificial se consolidará en la cúspide del mundo. “Es que no hay problema que no se pueda resolver sin tecnología”, dice.

Un buen hijo siempre sigue los consejos de su padre. Quizás unos algoritmos, unos cuantos códigos de programación y accionar uno que otro botón, es la clave para que mi corazón desgastado se sienta mejor. Así que acabé en aquella app de citas que prometía mostrarme al amor de vida y que en tiempos de peste ofrecía de manera gratuita sus servicios premium. Era una competencia muy brusca y violenta en contra de Eros, quien siempre había estado encargado de estas cuestiones, pero la verdad era bastante llamativa y difícil no verse tentando. Cada tarde, después de terminar con todas las responsabilidades de un adulto joven promedio y con Timoteo en mi regazo, deslizaba a la izquierda o a la derecha un montón de rostros desconocidos que eran posiblemente los amores de mi vida. La app me mostraba los que creía que iban a coincidir más conmigo gracias a mis gustos y a las personas que suelo seguir en otras redes sociales. Para mí esto en vez de ser una facilidad, se convirtió en otra tortura. Cuando me tocaba rechazar a alguien me invadía la culpa, ¿y qué tal que ese fuera el amor de mi vida? Los rostros con los que coincidía se veían bastante bien, en medio de la desesperanza me daban la oportunidad de imaginarme futuros inciertos pero bonitos despertando cada mañana a su lado. Pero a la hora de poner los verbos en caracteres, todo se iba al carajo: conversaciones vacías y crudas que no pasaban de las preguntas básicas de siempre. Joder, extrañaba mucho el servicio clásico donde la atracción se medía a punta de preguntas intensas en la barra de un bar y pequeños susurros en medio de un merengue a todo taco, no así con preguntas superfluas que no van a ninguna parte. Estos medios nos alejan cada vez más del arte de conversar.

A pesar de todos estos altibajos, confieso que en la app me topé con dos personas que llegué a conocer en el campo de lo real. Rostros con los que terminé teniendo un sexo vacío y sin sentido, pero placentero. La tecnología no me curó el corazón, pero hizo que este se olvidara, en lo que dura un orgasmo, de todos sus males. Los cuerpos semidesconocidos apenas daban por terminada la faena, se vestían nuevamente en un ritmo casi que atlético. No aceptaban un café, un vino, o en su defecto, un arroz con huevo. Después de cada episodio, me encontraba tentando a entrar a la app, lograr otro match, quedar, volverlo a repetir todo el acto y convertirlo en mi círculo vicioso de cabecera, pero mi corazón necesitaba algo más. Para los que sufren de la vista están las gafas, para los extranjeros que están en un país desconocido está el traductor, para el instrumento del músico está el afinador, para el deportista en casa la app con rutinas de ejercicio y para el que necesita saciar sus ansias de lectura el e-book. La tecnología nos comunica, nos conecta, nos muestra la verdadera cara del mundo y nos permite estar en lo inaccesible. Existen robots, medios de transporte increíbles, edificios a los que solo les hace falta hablar, y un millón de algoritmos que permiten que las bolsas de las ciudades principales en el mundo se mantengan de pie, ¿pero qué hay para el amor? Quizás logra facilitar la vida de un matrimonio con todos sus inventos para consolidar la calma doméstica en el hogar y mantener conectados a los novios que viven separados por un océano inmenso, pero la tarea de jugar a crear el amor les queda grande. Podrá imitar y jugar con la mayoría de emociones humanas existentes, pero el amor es tan complejo que un código de programación se queda como un chiste a su lado.

Por desgracia no hay prótesis para mi dolor, pero como diría cualquier derrotado: el tiempo todo locura. Digo, lo cura. Pero me da paz pensar que por más cambios que tenga la vida y por más que me ahogue esa sensación de que algo va a pasar, en el amor, siempre seré el dueño y el que ponga las reglas de juego. Eros solo está de vacaciones, pronto regresará y más recargado. Los ingenieros y científicos que sigan trabajando en lo que realmente es importante, ojalá no les vaya a dar el arrebato de querer averiguar quién gana el debate entre el color naranja y amarillo por el sol, porque ahí sí sería el fin de la humanidad. Que puedan con todo, pero no con mi corazón.

Sebastián Castro Zapata

Envigadeño de corazón, amante de la poesía y de la literatura. Escritor amateur. Le tengo miedo a los truenos y llevo una tormenta tatuada en mi brazo derecho. A veces hago poesía. En la actualidad, estudiante de psicología de la Universidad Pontificia Bolivariana.

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