Inexorable nefelibataVoz y verbo

El Mantra de Pávlov

El Mantra de Pávlov

Luisa Luque Collazos (Bogotá, 1,987)

De forma incansable repetimos las palabras que pretenden desvanecer lo que sabemos que es inocultable.

 

E «Estarás bien» … si mi corazón hubiese sido un gorrión habría muerto al instante en el constrictor abrazo de esa frase.

Eran las cinco de la mañana y por la puerta de mi alcoba se colaban misteriosas las luces de la calle. Desde las doce de la noche deseaba desayunar, pero no es sano ni bien visto preparar huevos con chocolate tan entrada la noche o tan dormida el alba.

«Yo estaré bien» me dije a mí mismo en tanto que acostumbraba a mis ojos a las amenazantes sombras nocturnas que se encrespaban con mi consciencia. La noche aún se aferraba con ridícula fuerza a la tierra, de tal manera que la única luz viva era la del fogón que freía los huevos y espumaba el chocolate; el apartamento olía a hogar, aun así, el aroma no llegó a conmoverme a pesar de que mi plato estaba lleno de «lujos» que muchos no se podrían dar en este desequilibrado mundo.

Escupí sobre mi plato aquel mantra que sonaba a regalo y a castigo, «Yo estaré bien»; el brillo del televisor me hacía fría compañía junto con una voz impostora que se disfrazaba de jovial compasión, «tres millones de afganos buscan asilo temiendo represalias del ISIS-K» dijo la presentadora exponiendo todos sus dientes en una maltrecha mueca. «Yo estaré bien» pensé para mis adentros, «no tengo que huir de mi sillón, nadie me apunta a quema ropa y si estirara mi mano hacia la alacena habría galletas» sin embargo me sentía como una mierda.

Traté de desvanecer ese sentimiento pensando en que hay personas que la están pasando peor que yo, y por un momento funcionó enmascarar lo que sentía con vulgar empatía. El agua se escurría por mis dedos al igual que la suciedad de los platos, mis pensamientos superfluos estaban enfocados en la yema que se disolvía en el jabón, «un niño, África, lamer» pensé tratando de escapar de mis cavilaciones más profundas; recuerdos, recuerdos que por más que traté de retener con fidelidad fotográfica se escapan como la espuma entre mis manos.

«Yo estaré bien» volví a decir después de un corto baño y vestir la compra que hace poco había hecho en internet. Revisé mi apariencia en un espejo de estrellas de crema dental, una nueva arruga, un kilo de más, la ropa me sentaba, pero una persistente ansiedad me obligó a permanecer media hora frente a mi reflejo. ¿Mi cuerpo es feo o solo es mi malestar interno lo que me provoca esta agónica dismorfia? Me pregunte mientras me cambiaba la camisa por una más vieja, las memorias siempre son más confortables, aun así, «Yo estaré bien»

El día había despertado y con él, un nido de canarios que da a mi ventana entonaba una alegre canción que debió acariciar mi alma, pero no era yo quien la escuchaba o quien miraba, era mi cuerpo tecleando como loco quien lo hacía, me sentí insensible y fuera de control, era el fantasma escondido dentro de los engranajes del autómata al que hacía funcionar; estaba frío, estaba solo, pero «Estaré bien», aquella frase empezaba a cortar la piel de mi consciencia como si de un látigo invisible se tratase.

El día pasó como el suspiro de un dios indiferente, almorcé y cené, había concluido mi día de trabajo cuando me senté a jugar un rato. Apreté adelante+X+Y lo que resultó en un combo fabuloso, mis lagrimas rebosaron por mis ojos, «Yo estaré bien, Yo estaré bien» porque por evolución mi autómata se niega a morir, por predisposición natural debo seguir, por dictamen cósmico la energía no se puede autodestruir. Las lágrimas no paraban de caer a tal punto que labraron un camino de sal hasta mi cuello, figurativamente mi cabeza flotaba en un mar melancólico de olas agitadas. Maldije esa frase, ese estúpido mantra, esa hipocresía positivista. «No estoy bien» no lo estoy desde que se fue, desde que mi alma dejo de percibir su candor y me ha reducido a este ataúd de carne.


«No estoy bien» respiré, «pero podría ser peor, podrían estar lloviendo balas»

«Yo estaré bien»

 

 

La autora

Luisa Fernanda Luque collazos

Ilustradora

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