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En trance

Isabel Santos (Buenos Aires)

Siempre se ha buscado la forma en que la tecnología pueda crear, como lo hace el ser humano gracias a sus emociones y a su creatividad. ¿Algún día podría llegar a ser posible?

Aurora siempre había querido aprender a escribir, y la empresa Tecnología y Literatura le dio esa oportunidad, sin siquiera moverse de su casa.

La herramienta que le ofrecían para capacitarse le proporcionaba una imaginación continua y provechosa. Esa herramienta era una bestia, un animal literario que le enseñaba a generar contenido a granel. La empresa exigía el uso de unos lentes que se adherían a los ojos de cada futuro escritor. En esas pantallas incrustadas aparecían las enseñanzas y las ayudas inspiradoras. Pero era difícil asimilar el bombardeo continuo de sensaciones visuales sin que se produjeran cambios físicos en el aprendiz.

Cuando Aurora tuvo los primeros dolores corporales, le sugirieron que también contratara lo usual para esos casos: terapia interna meditativa. Con ella podría seguir aprendiendo.

Y ella se curaba cada mañana: antes de ponerse a escribir, se tomaba unos minutos para verse por dentro. Esa mirada interna que lograba en meditación era como una proyección extática hacia su ser interior. Una búsqueda de las dolencias somáticas que generaba la herramienta literaria con la que trabajaba. Cada visión en terapia representaba algún resabio de sensaciones que debía diluir para que los músculos y los órganos se relajaran.

En uno de esos días de curación, Aurora meditaba en trance frente al espejo y pudo percibir un elemento oscuro, una planta depredadora que lo invadía todo y trepaba desde su corazón. Como un cactus que quería alojarse en su garganta. El extraño invasor se retrajo al verla, y ella pensó que eso tenía vida propia. El sacudón de esa cosa aplastó sus cuerdas vocales, y Aurora enmudeció de tal manera que ni siquiera pudo gritar ese dolor. Paralizada, sintió que la presión tenía poderes sobre sus músculos. Intentó respirar profundo para incorporar el aire que evaporara ese ser sutil, y no fue capaz de eliminarlo. Pero haber logrado esa visión del problema ya era un logro. El trabajo interno de ese día había sido provechoso.

Al salir de la meditación abrió los ojos, y el reflejo de su cara en el espejo mostró las torturas del “cactus”: el cuello tenso, la cara rígida, los brazos en loto dormidos, las piernas también. Tenía poco tiempo para elaborar lo que había vivido en trance, sus lentes literarios estaban por incrustarse en los ojos.

A la mañana siguiente volvió a intentar la visualización meditativa.

Y pasó lo mismo, encontró rápidamente esa cosa enorme toda enroscada alrededor de su pecho: un pulpo que parecía soñar y tenía pulsaciones que irradiaban distintos colores como diferentes estados de ánimo. Quizás fueran latidos de inspiración. Entonces Aurora concentró su atención en esos cambios. Buscó parámetros, quiso comunicarse con eso que ya era parte de ella, con eso que estaba viviendo dentro de ella. Y tanto buscó entrar en ritmo con el pulpo, o lo que fuera esa cosa, que lo despertó. Y el intruso salió disparado para alojarse otra vez en su garganta. Pero en lugar de pincharla y enmudecerla, se escondió en las glándulas salivales. Era obvio que no quería dañarla. Si ella no lo veía, el extraño estaba tranquilo. Pero los dolores corporales eran síntomas de que ya no era bueno para su salud tener ese invasor adentro. Eran el síntoma de que Aurora estaba teniendo efectos físicos por los estados emocionales provocados por los lentes. Ya le habían avisado que la herramienta podía tener esas consecuencias, pero la terapia meditativa solucionaba el problema. El remedio extático interior tenía el poder de localizar los efluvios del excedente de energía creativa.

Aún en plena meditación, Aurora percibió un gusto amargo, un combustible putrefacto, acaso el desecho del intruso escondido en su boca. Y aunque ella permanecía en trance meditativo, su cuerpo escupió ese amargor. Pero perdió la concentración y despertó. Por instinto buscó la escupida en el piso. Algo de ese invasor había salido, le daba una pista para entender qué era. No bien pudo moverse, Aurora clavó los ojos en esa mancha. Aunque estaba al límite de su tiempo disponible para la conexión de los lentes educativos, se agachó al lado de la escupida y la observó con detenimiento.

Se notaba el lugar exacto de la primera gota estrellada. El ácido había carcomido la madera del piso. Había espuma efervescente que todavía tenía carcomía la tabla. Y esa espuma tenía una forma, era una figura: una flecha. Y el punto donde estaba la punta de la flecha era el lugar más húmedo, el que todavía tenía jugo para seguir penetrando la tabla de madera. El resto del dibujo tenía forma de árbol o tridente o mariposa. Esos tres rayos ondulantes se le representaron como desahogos o quizás combustible para la punta de la flecha. Ya no sabía si eran desechos o alimento. Podrían ser señales, la esencia de un viejo dolor traumático para transformar en palabras. La gota seguía clavándose en la tabla haciéndole un agujero cada vez más profundo. Era como si ese elemento fuera algo vivo y siguiera tratando de emitir algún mensaje. Como una creación simbólica para generar algún efecto creativo.

Aurora se quedó mirando la escena.

Se preguntaba si estaría siendo víctima de algún destrozo generado por su invasor. El pulpo o cactus, esa cosa seguía escondido en sus glándulas salivales. Haberse hecho esa pregunta le produjo un vacío en el estómago. Necesitaba desayunar antes de ponerse a escribir. Tomó una fruta de la heladera y la mordió con ganas. La saliva caía a chorros sobre los pedazos cada vez más pequeños de la fruta. Aurora la devoraba, agachada al lado de la marca del piso. Intentaba descifrarla.

Como si fuera una nave inteligente, el intruso que todavía estaba en su boca, salió del escondite. Esquivó cada mordida y se ubicó por dentro de la nariz de Aurora. El estornudo fue instantáneo. Y ese extraño artefacto voló en caída libre y aterrizó sobre la mancha con una precisión milimétrica, como atraído por el líquido amargo de la escupida. Justo cuando ella quiso acercarse a verlo, los lentes de escribir se incrustaron en sus ojos. Como pudo, casi a ciegas, porque enseguida recibió el bombardeo de imágenes en los lentes, intentó llegar a la silla de estudio. El aparato anatómico se ajustó para darle la postura adecuada, y Aurora se relajó resignada a cumplir con las consignas de los lentes.

Durante esa clase soportó síntomas que adjudicó a la falta de su ocupante. Tenía dolores esporádicos en el pecho, y rumiaba ese dolor que era el ardor de un fuego interno, la sensación de una astilla clavada.

Casi al final de su horario de capacitación, esperó que se desajustara la silla anatómica, y se escurrió hasta el suelo desplomándose sobre la alfombra del piso. Estirando los brazos en cruz para acaparar más sostén debajo de ella, esperó el desacople de los anteojos. Los lentes se desprendieron, por fin, cuando se cumplió el último minuto del horario de aprendizaje. Aurora abrió sus ojos desnudos, sin imágenes implantadas, y ver el techo fue lo primero que la calmó. Ahí estaba el ventilador con su ruido monótono por el paso de las aspas. Había aprendido mucho, pero ya estaba dudando del método y sus consecuencias.

¿Podría levantarse? ¿Tendría la fuerza para salir de ese estado de agotamiento?

Se sentía caduca, obsoleta, seca. Las clases la exprimían. Los lentes estrujaban sus emociones y las transformarían en relatos. Ella escribía esos relatos. Y el historial de cada clase le mostraba esas creaciones. Pero a qué precio. Los lentes estaban ocasionando efectos en su cuerpo, ya no solamente dolores. Creaban algo que Aurora había visto y había expulsado fuera de su cuerpo. Algo real. El intruso sería milimétrico, pero era un objeto real. Ese método de trabajo generaba artefactos internos. Sin duda, la empresa usaba procedimientos riesgosos para enseñar a escribir.

Al recuperar fuerzas, Aurora se incorporó y fue directo al intruso que había expulsado esa mañana. A simple vista no vio nada. Por ahí estaba equivocada y no había estornudado un objeto. Quizás era algo sutil, algo más de ese líquido amargo. Dio dos pasos rumbo a la cocina y, como queriendo pisar ese espacio de duda, puso su pie izquierdo encima de la marca del piso. Apoyó el talón y presionó. Lo refregó contra la mancha y algo la pinchó. Aparentemente, había destrozado un objeto, al intruso. Y era tan pequeño que, cuando se miró el pie para ver alguna herida, sólo percibió una chispa. Un brillo pegado que trató de sacarse y pudo. Acaso lo había matado. Eso era algo, algo ajeno. Sin duda, debía tener cuidado. Pero sus ganas de aprender a escribir atentaban contra la idea de renunciar a las herramientas, a la empresa y a sus métodos de enseñanza. Quizás pudiera resistir y continuar. Los dolores eran síntomas que trataría de reconocer como alarmas. Y teniendo la terapia para solucionar los efectos colaterales, suponía que podía seguir aprendiendo sin consecuencias graves para su salud.

Al día siguiente, todo se desarrolló de la misma manera. Se acoplaron los lentes y ella recuperó el nivel de escritura que tenía antes de los dolores y la terapia. Es más, la falta de dolores hizo que pudiera cumplir con su clase en un plazo menor. Entonces salió de su casa y caminó un poco. Quería retomar ese hábito que antes disfrutaba. El problema eran los lentes literarios: tuvo que llevarlos puestos, aunque ya sin imágenes inspiradoras, por haber concluido las tareas, pero acoplados hasta que se cumpliera el horario de clase.

Durante la caminata, percibió el aire más denso en una dirección. Había una tensión eléctrica que parecía estar en el rumbo que había tomado. Por tener que atravesar esas pantallas incrustadas, veía poco. Pero siguió guiada más por su olfato que por su vista.

El aire húmedo se hacía intenso y definido. Era salado. Había algo salado en esa dirección.

Lloró. Lloró sin saber por qué lloraba. Y descubrió que no estaba triste; estaba vacía de emociones, seca.

Quiso sacarse los lentes. Con la certeza que eran los culpables de su llanto, intentó arrancárselos. En los ojos inundados por la sal de sus lágrimas sentía dolor, y también la presión del empuje de los lentes que para no resbalarse se incrustaban más. Aurora hizo tanto esfuerzo para poder quitárselos, que cada lente explotó, y los pedazos salieron expulsados.

Después de aclararse la vista, la inmensidad del mar chocó con ella. Ese impacto visual, esa emoción directa, era totalmente diferente a lo que le generaban las pantallas que tenía todo el día delante de sus ojos. Extrañaba este mundo, el mundo natural que la había inspirado y que le había ofrecido la vocación de escribir. Extrañaba esa mirada propia que había perdido por querer aprender a escribir. ¿Qué tenía que aprender?

Una alarma la desconcentró: era del servicio de reparación de los lentes. Dos operarios bajaron de una camioneta con el logo de la empresa a interceptarla. Ahí mismo intentaron revisarla para asegurarse de que no quedaban heridas en sus ojos.

—Tranquila, Aurora –dijo el técnico mirando sus ojos con una luz–. Tuvo suerte. El desacople no dañó la retina. Y le recuerdo que no puede salir de su casa con los lentes de la empresa. Mañana los tendrá reparados para seguir con las clases. No se preocupe.

Aurora volvió a su casa sabiendo que ya no quería lentes. Ya no iba a seguir con ese aprendizaje.

Quizás no fuera cierto que existiera la tecnología para generar el impacto de una emoción natural. Quizás no fuera cierto que existiera una técnica que inspire a escribir. Lamentablemente, comprobó que ella era parte de esa búsqueda no lograda, era parte de un experimento aún fallido. Por no confiar en ella misma, había caído en esa trampa. La empresa Tecnología y Literatura le exigía el cumplimiento de su contrato de capacitación: seis meses de clases. Porque para romper el contrato debía pagar un resarcimiento económico que no podía afrontar.

Rendida ante la empresa tecnológica que la estaba usando para experimentar, solo pudo defenderse transformándose en una experta en la terapia meditativa. Pudo mantenerse intacta expulsando a cada intruso que generaban sus lentes. Su piso de madera conservaba las marcas de cada batalla ganada. El día que recuperara su libertad literaria, haría un cuento con cada evento. Se ilusionaba con la idea de que sus ojos desnudos vieran historias en esas marcas, de que su propia visión fuera capaz de crear literatura.

Soy argentina y vivo en Buenos Aires. Tengo dos cuentos que integran las antologías de Pórtico: “Futuro imperfecto” (2018) y “Paisajes perturbadores” (2019). También publiqué cuentos en Pasadizo a lo extraño: antología New Weird iberoamericana (2019), en Dioses de arena (2019) de la colección Panteones de la editorial Cuervolobo, en Nexus-6: relatos replicantes (2019) y en Una casa para siempre (2018) de la editorial Micrópolis.

Mis cuentos fueron publicados en las revistas digitales: Ficción Científica, Axxón, Sinestesia, Outsider, miNatura, Fantastique, NGC 3660, Teoríaómicron, El Narratorio, El Ojo de Uk, Tóxicxs, Teresa Magazine y Metahumano.

Próximamente mi cuento “Blanca May” será publicado por la revista Círculo de Lovecraft en el No. 17 –homenaje a Stephen King– y mi cuento “Bebé” en la revista Aeternum, en su antología Extra-humanos.

Tengo dos libros publicados: Cuentos (2013) e Impulso (2019).

 

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