Efímera auroraVoz y verbo

Pánico

Pánico

Por:
Diego Alfonso Landinez Guio (Bogotá 1987)

Ya casi no respiro. Desesperado, golpeo con mis dedos el esternón, como cavando para desenterrar un tesoro maldito

I

E

El vértigo ha logrado arrancarme de la parálisis, esa fiera hambrienta que me acecha cada noche. Con espanto, me libro de un peso amenazante que le infunde a mi imaginación el horror de las pesadillas diurnas. Sin embargo, no ha amanecido. Me encuentro en medio de unas tinieblas a las que no se acostumbran mis ojos. Es muy extraño. Creí haber dormido bastante, tras soportar un insomnio impenitente. Intento respirar con calma, mas el espectro de un mal insaciable impide tranquilizar mis sentidos.

Me levanto con cautela para no tropezar con el desorden habitual de mi cuarto. Siento el frío penetrante en mis pies, pero me obligo a caminar hasta sostenerme en la pared. El malestar llega a mí con más fuerza. Me arriesgo a derrumbarme, porque no quiero quedar postrado mientras la angustia me devora desde dentro. Pase lo que pase, quiero afrontarlo de pie.

Mientras me repongo un poco, intento recordar en qué momento pude conciliar el sueño. Creo que fue más bien un desmayo, en el que mi cabeza se rindió a la embestida de mis pensamientos. Al final, sucumbí a la lesión que me causó su repetición incontrolable. Ahora estoy seguro de que la razón es un cuchillo por el que aniquilamos nuestra animalidad, pero en lugar de que esto nos haga más racionales, nos convierte en seres enfermos que arrastran con cadenas la inminencia de su tumba. Nuestro mayor encanto se convierte en el defecto que nos vuelve miserables.

Me mantengo en pie con dificultad. Mi respiración se entrecorta y un dolor agobiante se instala en mi pecho. Conozco esa sensación. Ha vuelto. Me abraza con pasión y me asesta sus golpes. Indefenso, recibo sus caricias incisivas. Un dolor agudo y punzante se apodera de mí y se extiende hasta oprimir mi garganta. Ya casi no respiro. Desesperado, golpeo con mis dedos el esternón, como cavando para desenterrar un tesoro maldito. Pero todo es inútil. Mis rodillas chocan contra el piso y el hielo de la noche me acoge en su seno. Tomo en mis brazos a la nada, mientras caigo. Una vez más, puedo dormir.

II

L

La estridencia de un trueno me despierta. Sigue tan oscuro como antes, solo que ahora llueve. El agua cae como si el odio del cielo se desatara contra mí. La noche aún no termina conmigo, pero al menos logré dormir con la felicidad de la que pueden ser capaces las rocas. Me siento agotado. Las pesadillas vuelven a mí, fundidas con las heridas que no se cierran. Dudaba que hubiera alma, pero ahora veo que no es más, ni menos, que la prolongación de las marcas que dejan las cicatrices, se forma como la maleza, creciendo en los cortes que cartografían el cuerpo. Ahora sé que el problema no es reconocerse como un pedazo de carne, sino que se pudra lentamente con los fermentos del espíritu.

Esta es una noche atemporal. Me encuentro en ella como en un calabozo que me hace entender por qué hay condenados que no logran esperar al patíbulo. No hay destino más grande que aquel del que uno mismo dispone. Ya no sé si aquello que me atormenta y me hace daño es real. Mi mente se ha cubierto de una bruma que me impide tener plena conciencia de lo que ocurre. Vuelvo a mi cama con frustración. La desazón se apodera de mí una vez más y con igual intensidad, haciendo deslizar de mis ojos la amargura. Al final, he sido vencido. Quizá eso sea lo único real, como real es el horror que me embarga. Quizá el único consuelo que me queda sea saber que para mí hoy ya no hay consuelo. Al menos, el peso total de la derrota me permitirá volver a dormir con la esperanza de que mañana brille el sol o la luz perpetua.

El autor

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Diego Alfonso Landinez Guio

Filósofo

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