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Murmuración espasmódicaVoz y verbo

No hay nada más triste que lo tuyo

No hay nada más triste que lo tuyo

Luisa Fernanda Luque Collazos (Bogotá 1987)

Tecnóloga en mercadeo y publicidad. Actualmente reside en Palmira, Valle, donde trabaja como ilustradora freelance. Su trabajo literario ha aparecido en publicaciones de la Universidad Nacional y Universidad Autónoma.

 

La ventana brilla con un blanco hiriente pero también resplandece como una promesa. Lucia acostumbra a apoyar su cuerpo contra el inmenso ventanal, siendo las puntas de sus pies las únicas anclas a tierra; ella imagina que algún día el vidrio perderá consistencia y sacara su mano a través de él, como quien cruza una cascada.

Desde la carrera séptima, una mujer que brilla como luciérnaga, por la cantidad de bolsas amarillas que carga del Almacén Éxito, es observa por Lucia; el tapabocas que cubre su rostro, oculta el desprecio que le produce la escena, —malditos snobs con su indecencia— vocifera la mujer, humedeciendo la tela con su rabia. Lucia lo ha notado, ha advertido la gélida mirada de la mujer luciérnaga, igual que la de los sujetos que planean robarla.

—Es una desgracia— susurra Lucia, —todo es una desgracia— y se aleja de la ventana.

En la calle se escuchan los gritos angustiosos de la mujer luciérnaga, y dos disparos, pero Lucia ya ha cerrado la puerta.

Son las once de la mañana y el sol que se mantiene tímido, entre las tinieblas de una ciudad contaminada, este brinda a duras penas, quince grados centígrados de temperatura. El edificio de Lucia se estremece por las corrientes de aire que chocan en los cerros, pero sus inquilinos apenas si lo notan, bajo las cálidas capas de yeso blanco y ladrillo rojo. Sin embargo, más arriba del ostentoso Edificio de Rosales, un par de hermanos, de menos de doce años se acurruca bajo una roída manta de tigre, para huir de los  vientos que se cuelan por las grietas del latón.

Lucia se encuentra en el baño, todo lo que conoce del frío es la helada seda que se desliza por su piel blanca; el agua caliente corre y empaña los azulejos azul petróleo, los cuales tienen un hermoso patrón tridimensional de rombos.

—Duele— dice Lucia apretando los brazos contra su pecho, —todo duele— y se pierde en la nube de vapor.

Se escucha un trueno en los cerros, más no hay relámpago, es el techo de latón que el viento se ha llevado. Y Lucia seca artificiosamente su cabello.

El reloj marca la una menos un cuarto, un muchacho de diecinueve años cruza a toda velocidad los carriles con su bicicleta, en la espalda carga un Rappi-mercado del Gastronomy Market; pan de avena Vie Sané, crema de maní Crunchy, Mermelada Bone Maman y té de Matcha; todo suma una pequeña fortuna. Entre tanto, Lucia termina de enmarcarse los ojos con delineador negro, su rostro de porcelana difiere mucho de la piel del Rappi-tendero, que tiene tanto puntos negros como mofles que le han ahumado la cara.

Lucia abre los estantes en búsqueda de algo para preparar, pronto llegará Antonio almorzar. Al otro lado de la puerta principal se escucha el timbre del vecino y dos voces intercambian opiniones, pronto alguien empieza a gimotear.

—Nada— suspira Lucia, mientras alista los espaguetis y la carne molida, —absolutamente nada—.

Pedazos de vidrio sobresalen de la bolsa plástica como diminutos crucifijos sanguinolentos, y lágrimas corren por la etiqueta que debía decir Muerte Lenta. El Rappi-tendero ha equivocado las marcas, con uno de los clientes más ingratos; el pobre chico no llora por el pago, llora porque no ha podido meterle la mano a quien lo a pordebajeado.

El timbre suena, es Antonio que está en la puerta, Lucia lo sabe porque no podría ser nadie más. Su mano tiembla pero no duda en abrir la puerta de par en par, frente a ella se alza Antonio, perfumado con Dolce&Gabbana y un traje económico de Arturo Calle; los ojos de Lucia se desvían levemente hacia el chico agazapado del pasillo, pero vuelven rápidamente hacia Antonio.

—El almuerzo está listo— dice Lucia besándole la mejilla, Antonio apenas si presta atención, tan solo se sienta en el comedor y clava el tenedor en la pasta, una risa estridente sale de sus labios mientras gira el cubierto.

—¿Puedes creerlo? ese pobre imbécil, allí tirado, llorando como una nena— dice Antonio, mientras salpica el mantel blanco con saliva rojiza. Lucia apenas si levanto la mirada, la cual fue como un destello en el cielo, como la luz de un vehículo a las doce de la noche; nada realmente importante, aun así visiblemente notorio.

—¡Cómo te atreves perra!— grita Antonio, mientras la sujeta por la muñeca, —te ha gustado aquel mariconcillo, ¿a qué si?, las mujeres de tu calaña siempre están viendo a quien tirarse—. Lucia esquivaba la mirada, de reojo solo ve la cara de un mandril que le grita; hace tiempo que había aprendido a no responder.

Él está bien, yo estoy mal, repite en su mente Lucia, mientras Antonio la zarandea como una muñeca de porcelana con las extremidades desquebrajadas.

Las bolsas de basura se apilan en cuarentena, Antonio arroja sobre ella el filtro de uno de sus cigarrillos, sube a un coche que lo espera con destino al Palacio de Nariño.

Las bolsas simplemente se apilan.

 

 

Luisa Fernanda Luque Collazos

Ilustradora

Tecnóloga en mercadeo y publicidad. Actualmente reside en Palmira, Valle, donde trabaja como ilustradora freelance. Su trabajo literario ha aparecido en publicaciones de la Universidad Nacional y Universidad Autónoma. En este momento se encuentra trabajando con el Teatro Madretierra en la adaptación a cuento ilustrado de su obra insignia Amacayacu.

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