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Qué sentido tiene ser humanista en tiempos de pandemia

¿Qué sentido tiene ser humanista en tiempos de pandemia?

Nathalia Roa Garcés (Bogotá, 1991)

Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Autónoma de Colombia y candidata a Magíster en Humanidades Digitales de la Universidad de los Andes.

 

Al igual que el artículo de Zollner publicado en el Boletín Mensual en donde lanzó la pregunta sobre la ilustración y por el que más tarde Kant escribiría uno de sus más conocidos textos, este ensayo pretende emancipar las voces de los titulados en humanidades sobre lo que ahora, en el confinamiento o posteriormente a él, significa la existencia. La pregunta central es clara: ¿cuál es la función de los humanistas en este momento en el que un aislamiento obligatorio nos ha llevado a una crisis social y económica?

Para leer esta reflexión debe darse por sentado que esta es mi postura, que no prescindo de la primera persona, y que, por supuesto, busco persuadir a mi lector de ella, pero que eso no implica que le estoy acusando si acaso piensa diferente, al contrario, si su parecer dista del mío por favor no dude en alimentar esta discusión. Desde esa base, permítame decirle que la primera crisis a la que me llevó esta contingencia fue la del sentido y la pertinencia de lo que he leído y estudiado en los últimos diez años de mi vida frente a los casos particulares con los que me encontraba. ¿Cuál era la relevancia de mis estudios literarios ante una madre soltera que perdía su trabajo y quedaba sin una fuente de ingreso? ¿Qué podía yo aportar a un hombre a quien le disminuían su salario porque en teoría no estaba trabajando? ¿De qué servía todo lo que yo sabía a una anciana que dependía de su negocio?

Aun así, las cosas comenzaron a cobrar sentido cuando la misma historia iba dándome las respuestas, las lecturas de Hanna Arendt, Viktor Frankl y Boccaccio me llevaron a reconocer que la función del humanista cobra sentido justo frente a la calamidad. La tragedia es la materia de creación de las mejores reflexiones y obras de arte, por lo que es en este preciso momento en donde nuestra voz debe emerger.

Sin embargo, al dirigir mi mirada hacia mis pares, me encontré con que las discusiones, ahora virtuales, luchaban a toda costa por ignorar las decenas de vicisitudes del exterior. Los intentos más cercanos por reconocer que algo estaba sucediendo se vieron en quienes procuraron crear contenidos virtuales como conciertos, lectura en voz alta, obras de teatro, etc., de hecho, la oferta se ha acrecentado tanto que no tardó en volver la agobiante sensación de no tener tiempo suficiente para todo ello.

Disfrutar de la cuarentena y crear o participar de los contenidos artísticos virtuales que se han generado no supone algo malo, lo preocupante es que todo esto parece no estar dejando tiempo para la reflexión y la crítica de los temas que esta coyuntura ha evidenciado o producido. Lo diré escuetamente: el silencio de los humanistas en Colombia ante esta situación me preocupa porque como literata creo que es parte de nuestra función. El peligro de esta actitud y del desconocimiento de nuestra labor en la sociedad es que, sean tiempos de pandemia o no, nuestra respuesta ante los actos inhumanos o la irracionalidad, termina siendo una actitud pasiva, nos convertimos en expertos en el arte de ignorar.

He pensado en lo perjudicial que puede ser para nosotros mismos estar en silencio frente a las decisiones tomadas por el gobierno bajo este estado de emergencia. Parece importante pensar en las posibles consecuencias de las leyes o prohibiciones que hoy aceptamos, es más, que incluso pedimos se nos impongan, como, por ejemplo, nuestra preferencia entre un aislamiento «obligatorio» por sobre uno «inteligente». Bastante nos hemos burlado de la idea de este adjetivo; sin embargo, su incoherencia no radica en sí mismo, sino en la imposibilidad que tiene nuestra sociedad para acatarlo.

A esta polémica, el historiador israelí Harari ha generado ya toda una literatura que puede servirnos de punto de partida. Harari dice que si una sociedad confía en sus gobernantes y en la ciencia puede llegar a seguir las recomendaciones sin necesidad de una vigilancia extrema[1]. Si este ideal fuera posible en países como el nuestro, la fuerza pública sería más útil en el cuidado de la comunidad que en la represión. Desafortunadamente, nuestra poca credibilidad de los medios de comunicación y de los agentes del estado —desconfianza que se han ganado con años de corrupción, mentiras y falta de profesionalismo— evita que, justo en estos momentos en donde se necesita comunidad, confiemos.

Por otro lado, la abrumante caída económica de las librerías, los teatros, las salas de cine, los gimnasios y los centros deportivos me parece un aspecto que nos debe llevar a repensar la financiación del arte y el deporte. Hace poco vi un meme en el que con algo de tragedia se mencionaba cómo las materias a las que menos se les dedica tiempo en las jornadas estudiantiles son las que están salvando de la depresión y el aburrimiento al mundo: el arte y la educación física.

Si bien, nos dimos cuenta de la absurda cantidad de dinero que se dedica al fútbol en comparación con la destinada al área de la salud; en el caso particular de Colombia es muy poca (casi nula o desigual) la financiación estatal a los deportistas y artistas. Si hacemos un mapa de los escenarios dispuestos para la promoción y enseñanza deportiva, veremos que en su mayoría son espacios de poblaciones privilegiadas. Sobre el arte, permítanme recordar la recomendación que desde el siglo pasado la UNESCO dio a los países latinoamericanos en donde les hablaba sobre la importancia de crear garantías económicas a los artistas de tal manera que en una contingencia tuvieran una estabilidad que pudiera solventar su integridad, recomendación que hasta la fecha Colombia desatiende[2]. ¿No es acaso esto también materia que nos compete teniendo en cuenta la cercanía con el mundo artístico que muchos de nosotros tenemos?

Es cierto que es importante darse espacios para no pensar en esto, para cerrar los ojos y sentirse a salvo en la torre de marfil, yo misma muchas veces al día me dejo caer en la cama harta del tema. Sin embargo, así como el médico está llamado a ejercer su profesión muy a pesar de las amenazas que recibe de sus propios vecinos, o un tendero debe despachar su negocio en constate riesgo de contagio, o como exigimos al congreso reanudar las sesiones, es importante preguntarnos sobre nuestra función crítica o artística en tiempos de pandemia. Porque, ¿dónde entonces ejercer nuestra profesión si no es en el mundo que nos rodea? si esperamos que regrese la «normalidad» para continuar con nuestra postura crítica, ¿para qué postura crítica? Las discusiones, y esa es la propuesta de este ensayo, deben materializarse: arte o discurso, pero hacerse tangible. Pensar y escribir muchas veces parece no llevarnos a nada; aun así, las leyes, la historia, la filosofía, las religiones, la política, la literatura, el arte y la educación son producto de esas dos simples cosas.

 

Notas:

[1] En este artículo puede leerle https://www.lavanguardia.com/internacional/20200405/48285133216/yuval-harari-mundo-despues-coronavirus.html. Desde mi punto de vista, lo que propone Harari es un ideal y supone también una peligrosa confianza en la ciencia; sin embargo, su reflexión menciona un punto central: cómo se podría construir confianza en las autoridades, pues esto no sólo nos afecta en este momento, sino en todas las decisiones políticas que tomamos.

[2] El 22 de abril el sector de las artes visuales y escénicas reunieron 900 firmas y escribieron una carta abierta a las entidades del gobierno encargadas de gestionar los procesos de la cultura en Colombia, en ella se encuentra detallada la problemática de este sector y algunas recomendaciones, puede leerla en este enlace: http://esferapublica.org/nfblog/carta-del-sector-de-las-artes-plasticas-y-visuales-para-el-gobierno-nacional-las-entidades-nacionales-responsables-de-trabajar-en-favor-de-la-cultura-y-la-opinion-publica/

Nathalia Roa Garcés

Literata

Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Autónoma de Colombia y candidata a Magíster en Humanidades Digitales de la Universidad de los Andes. Se ha dedicado a la investigación de la literatura infantil tanto en digital como en físico y ha ejercido como docente. Ha publicado textos en el Concurso Estudiantil Fernando González, en la Revista Grafía y previamente en la Revista Sinestesia.

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