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Limpio

Juan Keller (Argentina, 1970)

Músico, escritor, nihilista. Líder de la banda Las Flores del Mal con la cual grabó los discos Plasma (2002), Orgánico (2011) y Bi (2014).

 

Podría decirse que las ratas son la antítesis de un obsesivo de la limpieza y el orden como yo. Pero no. ¡Categóricamente no! Mucho de lo que se afirma sobre las ratas parte del prejuicio o el desconocimiento. No son animales particularmente sucios, no más que un hámster doméstico o un zorro silvestre. No transmiten más enfermedades que las aves hogareñas. Entre vivir en un basural y un ambiente limpio eligen siempre el último.

Y la identificación de estos roedores con la suciedad no es el mayor error que la gente común comete. El error más generalizado es afirmar que no son animales inteligentes. Las ratas, convenientemente entrenadas, son seres obedientes y confiables que pueden prestar servicios de suma utilidad. En nuestro laboratorio hemos determinado la dosis justa de clorhidrato de cocaína que, combinada con choques eléctricos administrados en el suelo del campo de pruebas, impulsan a grupos de ratas a cumplir objetivos específicos. Este logro, que parecía imposible algunos años atrás, ha sido posible gracias al apoyo incondicional del Ministerio de Espacios Públicos y Ciclovías.

Después de largos años de trabajo gris, el Ministerio me puso a cargo de un proyecto afín a mi perfil y mis expectativas: el Programa de Erradicación de Desechos Orgánicos Urbanos. Formé entonces un grupo compuesto por chicos y chicas de buena familia, preparados, sanos, no fumadores y caucásicos. Y fue una de nuestras becarias quien encontró la punta del ovillo que permitió encaminar el proyecto. La joven me avisó del desafortunado incidente donde parte de la droga decomisada en un procedimiento judicial fue ingerida por roedores. Fuimos al depósito policial y encontramos a un grupo de unas cincuenta ratas literalmente caminando por las paredes. Los agentes y suboficiales que fallaron en el control de la sustancia tuvieron que atrapar y encerrar a los animales para que pudiéramos estudiarlos. Roedores y uniformados sufrieron heridas menores.

La Rattus Norvegicus, comúnmente llamada rata parda, es un animal difundido en todo el planeta. Viajó con Colón y habita tanto en hoteles de lujo como en los asentamientos más precarios. Mezclamos a las díscolas ratas del depósito con otras que trajimos de distintas partes de la ciudad. Nuestro objetivo era claro: educar su olfato. Trajimos frazadas, colchones y cartones de la calle, las habituamos a su olor y no les permitimos comer esa mugre: castigamos severamente (electricidad) y eliminamos (estricnina) a las más rebeldes que consumieron alguno de esos objetos. Después de ser estimuladas con cocaína, aquellas que superaban la prueba de rastrear y encontrar la suciedad eran recompensadas con deliciosos trozos de carne cruda. Mientras Dios jugaba a los dados mi equipo empujaba los límites de la naturaleza. Usando la disciplina y no la genética transformamos una legión de animales históricamente asociados con la suciedad en un eficiente agente de limpieza urbana.

No puedo privarme de afirmar que pocas veces en la historia de la ciencia un primer experimento resultó tan exitoso. Subimos a las chicas (me resulta irresistible llamar así a nuestras ratas, aunque a algunos miembros del equipo esto parece generarles algún rechazo) en un camión especialmente acondicionado. Negro, sin identificaciones, paredes gruesas con aislación acústica. Tardamos media hora en llegar desde el laboratorio hasta Plaza San Martín donde nos informaron de la existencia de una situación irregular.

En el trayecto estimulamos a las ratas con luces fuertes, sonidos ensordecedores, tenue espolvoreo de cocaína (¡y ellas esnifaban con tanta pasión!) y pequeñas corrientes eléctricas que recorrían el piso metálico. El propósito era hacerles subir la adrenalina y alterar su visión y oídos. Que dependieran mayormente de su olfato domesticado. Además, llevaban cuarenta y ocho horas sin comer. Subimos el camión a la plaza y lo estacionamos cerca del cantero central. Bastó entreabrir la compuerta trasera para que quinientas chicas famélicas salieran disparadas del transporte. Corrieron a toda velocidad arrugando sus hocicos. Olfatearon al indigente y se deslizaron sobre las baldosas húmedas como una única ola de pelos con conciencia propia. El hombre de unos cincuenta años dormía cubierto por cartones y trapos. Un usurpador de espacio público que ocupaba ilegalmente un banco para descansar a deshoras.

Las chicas formaron una masa uniforme de unos veinte centímetros de altura alrededor del mendigo. Esta concentración sirvió de apoyo para que algunas formaran columnas vivas por las que accedieron al improvisado lecho. Se escuchó un ruido agudo como el de un tintineo de monedas. Eran los centenares de mandíbulas que mordían con fruición. No creo que el hombre haya sufrido mucho. En un lapso menor a diez minutos (9 minutos y 53 segundos según mi cronómetro) las ratas devoraron por completo al vagabundo. En el bullir de los pequeños cuerpos, los movimientos del vagabundo no pudieron ser percibidos. Su esqueleto quedó inmaculado y cubierto por los harapos. Las chicas tienen apetito selectivo: carne sí, trapos no.

Hubiera querido abrazarlas por ser trabajadoras tan eficientes… pero mejor no. Noté en algunas pequeñas heridas. Fueron productos de una ocasional dentellada entre compañeras. Los becarios las curaron con amor, asco y dedicación.

El programa sumó fondos: compramos cuatro camiones y entrenamos a sus respectivos escuadrones de limpieza. Una vez finalizada nuestra labor en la capital, nos encargamos de las ciudades cercanas y próximamente lo haremos en las provincias. El proyecto se trasladó con éxito a varias capitales del exterior que actualmente lucen limpias y acogedoras. En otros países supe que se pusieron objeciones a este programa de índole moral. ¿Moral? ¿Desde cuándo las elucubraciones teóricas impiden el orden y el progreso?

Aquí, el espacio público es pulcro y libre de miserias. Los bancos de hormigón, las rejas de las plazas, las baldosas que remplazan el césped, el cemento que sustituye a la arena, los árboles de plástico, las flores artificiales importadas de China, los juegos vacíos y las ciclovías desiertas forman un paisaje digno de una foto turística. Todo luce como debe ser. Inmaculado. Limpio.

Debo confesar que las chicas tienen un pequeño problema de incontinencia. Después del banquete (y muchas veces antes de volver al camión), defecan. Se deshacen de los restos del deshecho demasiado pronto. Pero para todo problema existe una solución. Estamos entrenando cucarachas (¡fabulosos coprófagos de digestión lenta!) para hacerse cargo de estas heces. Les informaré en cuanto el proyecto esté avanzado.

Juan Keller

Músico y escritor

Músico, escritor, nihilista. Líder de la banda Las Flores del Mal con la cual grabó los discos Plasma (2002), Orgánico (2011) y Bi (2014). Como solista, realizó una serie de EPs titulados Híbridos compuesta por siete volúmenes a la fecha. Administra el sitio www.sondarecords.com  Ha publicado textos en diarios Los Andes, El Otro, Revista Extrañas Noches, Revista Marabunta y en la antología de ciencia ficción Paisajes Perturbadores.

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