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Murmuración espasmódicaVoz y verbo

Un esplendoroso mundo

Un esplendoroso mundo

Eduardo José Viladés Fernández de Cuevas (España)

Escritor, dramaturgo, director de escena y periodista con más de 24 años de carrera. Ganador de prestigiosos premios internacionales de teatro y literatura, Eduardo Viladés cultiva el teatro largo, de medio formato y de corta duración, así como la narrativa.

«Es el momento de enseñar a los niños a entender el mundo». Con este montón de mierda me he levantado hoy. Enciendo el ordenador y lo primero que veo en el portal de Internet de un conocido periódico es una entrevista a un terapeuta alemán con ínfulas de Freud que considera que, tras el coronavirus, el mundo cambiará igual que lo hizo después de la epidemia de peste bubónica de finales del siglo XIV.

Al mismo tiempo, recibo una invitación de una revista con nombre pretencioso para que escriba algo relacionado con la terrible actualidad que estamos viviendo. Casi me da una embolia cuando leo que la proclama es murmuración espasmódica. Espasmos ha sido lo que he experimentado al leer las características de la convocatoria, los mismos que sufro todos los días al contemplar desde una ventana desde la que me gustaría tropezar cómo es la basura que me circunda. Lo que pasa es que no suelo edulcorarla con frases de peluquería o contenido almibarado para que algún gafapasta de turno realice una entrada favorable en mis redes sociales o me eleve al estatus de pensador.

El mundo está tan podrido que hay que poner ganchos melifluos a escritores de tres al cuarto como yo para alejarse del coluvie que nos rodea. Las personas sinestésicas experimentan de forma automática e involuntaria la activación de una vía cognitiva adicional en respuesta a estímulos concretos. Lo único que yo veo activado es la mala hostia que se me pone cuando llego a fin de mes y no tengo un duro en la cuenta. Y no es adicional, creedme, ni cognitiva ni gilipolleces varias de filosofía de arrabal sacada de Wikipedia. Es muy real intentar ir al supermercado y caer en la cuenta de que no te queda más remedio que pedir un mendrugo de pan al vecino porque no hay dinero. Tampoco tiene nada de adicional, pero mucho de real, llevar sin trabajo más de siete años después de haber estudiado trescientas carreras, cursos, seminarios y másteres. Así que no me toquéis los cojones con proclamas basadas en la hermandad, la confraternidad, el bien común y su puta madre porque estoy cansado. No lo hagáis ahora aprovechando la pandemia del coronavirus porque no me lo creo y porque es mentira, porque aplaudir unidos en comandita no hará que haya más curro, porque desafinar entonando Resistiré no supondrá que la sentina en que vivimos amanezca impoluta y limpia. Porque sois todos unos imbéciles con existencias de portal que jamás os habéis ayudado los unos a los otros, presas del tremendismo barato de Telecinco que os hace ser más humanos y empáticos, palabras ambas descubiertas hace dos semanas.

Yo animo a los críos a que no estudien. Críos y no tan críos. Una amiga mía, por ejemplo, de 30 años, acumula cursos y seminarios por doquier, hace uno a la semana por Internet y cree, ingenuamente, bendita juventud, que la llamarán de la NASA para trabajar. Lo más seguro es que la llamen de la beneficencia. Que se meta a puta o drogadicta, es lo que yo siempre le digo, que aproveche que aún es joven y tiene las tetas bien puestas para ganar algo de pasta. Y que mientras estén taladrándole el coño esnife un poco de coca o popper para que se haga más llevadero. No me hace caso y sigue amasando cursillos, gran error, porque cuando empiecen a caérsele las carnes no la contratará ni la madre superiora para que le haga un dedo y tendrá que conformarse con el Satisfyer, y eso no da ingresos.

Mi exceso de libertad ha sido el salvoconducto para soportar el dolor ante el planeta que me ha tocado vivir, heredado lleno de roña por nuestros antepasados y camino de la hecatombe gracias a todos nosotros. La desdicha es mi estado natural, desdicha y arrogancia porque no me queda otra, veo a mis congéneres desde un pedestal que yo mismo me he creado y me dan asco, me encantaría escupirles o lanzarles una losa encima, muy pesada, aplastarles como cucarachas. Por la concordia y el amor, por la paz y el cariño terrenal. Creo que diría algo así en voz alta al tirar la piedra desde las alturas, como si fuese un pantocrátor mayestático cagando trozos de hierro, una de las plagas de la humanidad, una plaga creada a mi antojo. Ni coronavirus ni hostias, una buena losa de varias toneladas de peso y la gente sabría lo que sintieron los dinosaurios cuando se extinguieron, que todos se aterran por una gripe de tres al cuarto, que se lo digan a los que vivieron la peste negra hace siglos, ahora se descojonarían ante este catarrillo que se cura con agua y paracetamol.

Hace mucho tiempo que he convertido la soledad en mi estado ideal, elegido, desvinculado de cualquier compromiso, lo que me permite aislarme de todo y de todos cuando siento la necesidad de hacerlo, es decir, siempre. Por eso la gente feliz me cansa porque no me la creo, porque me paso por el forro de los cojones ese sentimiento de tranquilidad de Heidi de saldo. La única novedad permanente es la muerte, ahora avivada en tiempos de coronavirus, no hay mal que por bien no venga, me parece perfecto que una enfermedad ponga los puntos sobre las íes. Observo de nuevo la convocatoria y no sé si tomarme una infusión de cicuta, estilo Sócrates, o tres gin-tonic. Murmuración espasmódica. Su puta madre. Yo no murmuro, yo chillo, grito, me desnudo en medio de la calle, me pedo en una conferencia de Estado, meo a la abadesa del monasterio, a la mojigata de turno que me da lecciones de moral, me corro encima de una numeraria e insulto al policía para que me detenga y pueda trajinármelo en las duchas. Espasmos tengo continuamente, como he dicho antes, nada más sonar el despertador y percatarme del lodazal que me rodea. Seguro que mi amiga de los cursos encontraría algo relativo a esto porque en la actualidad se enseña de todo con tal de engañar al personal y timarle. Una de las cosas que más me sorprenden del confinamiento gubernamental, totalmente desmesurado, son las contradicciones. No solamente las referentes a la hermandad y amor que los humanos, de repente, nos profesamos, sino las relacionadas con el día a día. Una amiga de mi madre, que lo único que ha hecho en su vida es bregar con la dependienta de Intimissimi para elegir bragas, fuma como una cosaca, es medio alcohólica, jamás ha probado una pieza de fruta ni bebido un vaso de agua mineral, come a deshoras y apenas duerme porque se queda hasta las mil viendo culebrones asiáticos en Netflix. Ella considera que tiene un tipo de escándalo, cuando en realidad está mal hecha, aunque eso es ya problema de genes, y que su piel reluce como el sol del mediodía. Ciertamente, está ajada por la falta de agua y vitaminas y tiene ese color de cutis cetrino que se pone a los cadáveres tras el rigor mortis, muy estilo coronavirus, aunque quizá en su caso estaría más cercano al escorbuto. Aunque no ha realizado ninguna travesía en barco desde España hasta América en pleno siglo XVI, sin naranjas ni mandarinas, la amiga de mi madre vive en un estado constante de existencia insalubre. Sus dientes, negros como el tizón a pesar de férulas y aparatos millonarios, son prueba de ello. Pues bien, con la crisis del corona, se ha convertido en adalid de la defensa del bien común, sale a los balcones como una loca para aplaudir y denuncia a los transeúntes que caminan por la calle vulnerando el estado de alarma.

Fuma menos, puta, y come mejor. Me parece un sinsentido que haga eso porque no le doy más de dos años de vida a esa mujer, debería lamer a alguien de los que denuncia para ver si acaba antes en el hoyo aprovechando que ahora las morgues funcionan a pleno rendimiento.

En cierto sentido, me gustaría teletransportarme al pasado. Es una pena que Bill Gates no haya inventado todavía una máquina así. Creo que iría a la Antigua Roma. Eso sí, prohibiría gente feliz y menor de 40 años. Tanto entusiasmo ante el hedor que nos circunda hace que pierda los estribos cuando interactúo con la chiquillería.

La realidad puede alterarse si se pone en ello suficiente empeño. La verdad es aquella que uno quiere, aun cuando no coincida con la de otros ni con la verdad oficial…

¡Ya voy, un minuto!

Me están llamando a voz en grito. Si mi madre estuviese viva pensaría que era ella. Se caracterizaba por hablar en un tono muy elevado. Se murió ayer y hoy la enterramos. Mi padre se fue hace dos semanas, ambos por coronavirus. Me salté el confinamiento y les contagié. No sé si quemarles, creo que sale más económico. Lo pensaré sobre la marcha.

Eduardo José Viladés
Fernández de Cuevas

Escritor, dramaturgo, director de escena y periodista con más de 24 años de carrera. Ganador de prestigiosos premios internacionales de teatro y literatura, Eduardo Viladés cultiva el teatro largo, de medio formato y de corta duración, así como la narrativa. Sus obras teatrales se representan en varias ciudades españolas, México, Colombia, Perú, República Dominicana y Estados Unidos. Colabora asiduamente con sus ensayos, relatos y obras de narrativa con las editoriales Extrañas noches (Buenos Aires), Lado (Berlín), Otras Inquisiciones (Hannover), Canibaal (Valencia), Odisea cultural (Madrid), Actuantes (Madrid) y Viceversa (Nueva York). Compagina su labor como dramaturgo, escritor y director de escena con el periodismo, área en la que cuenta con más de dos décadas de trayectoria profesional en diversos países del mundo como reportero, editor y presentador de TV. También es experto en periodismo cultural y documentales de sensibilización social, un artista polifacético.

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