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Murmuración espasmódicaCatas y degustaciones

Todas las cartas de amor son ridículas

Todas las cartas de amor son ridículas (Fragmentos)

Diego Maenza (Ecuador, 1987)

Autor del poemario “Bestiario americano”, libro que condensa mitos urbanos y leyendas de todo el continente, y de la novela “Estructura de la plegaria” que aborda temas sensibles como la pederastia y el aborto (traducida al portugués, italiano, inglés, francés, alemán y ruso).

Diego Maenza.
Todas las cartas de amor son ridículas
Editorial: Tektime (April 27, 2020)
ISBN-10: 883540519X

 

Capítulo uno

Mi nombre era Eloísa y ya no soy joven. No después de todo lo que ocurrió. Incluso con el paso de los años y pese a la juventud de mis células, me encontré carcomida por una vejez espiritual que he conservado hasta hoy y que nunca abandonó mis venas. El cuerpo a veces es el reflejo del alma y en otras ocasiones su tortura. Porque nacimos en un tiempo y en un espacio en el que la belleza es sinónimo de desdicha, aunque se empeñen en decir lo contrario.

Yo era delgada y bella, grácil y frágil como la gacela que muestra su esbeltez sin percatarse de que hienas hambrientas y lobos famélicos acechan desde las sombras.

Hoy, contándote esto, joven amiga, puedo incluso saber lo que pensó cada uno de ellos en el momento del incidente. El primero, el gordo, se había fijado en mis delgadas y morenas piernas que se mostraron apetecibles para su voracidad de rapiña. El segundo, el más fornido, se fijó en mis senos nacientes, pequeños botones que sobresalían en mi blusa y que incitaron al hombre a morderlos durante toda la faena. Y al tercero, al jovencito, le despertó el apetito la vistosidad luminosa de mis glúteos torneados y firmes a base de aeróbicos y danzas contemporáneas. Todos eran unos cerdos.

 

 

Tristeza

La tristeza procede de los pulmones y se inhala hasta provocar una metástasis cerebral. Es de color gris, porque produce debilidad y aburrición. Se aparece con un sonido monofónico y una sensación de entumecimiento. Su distintivo astral es la Planta porque es estática y melancólica. En las cartas del Tarot la identifico con El Ermitaño, retirada del mundo en aislamiento voluntario. En el zodiaco occidental la interpreto con el signo Sagitario, de naturaleza filosófica y ajena a las pasiones humanas. En el zodiaco chino la exhibo en La Cabra, afable y contrita. La tristeza es Plata y cae en Otoño cuando un gran Sapo eructa putrefacción.

 

 

Carta veintidós

Los libros se me atiborran en una esquina como hormigas que se pasean en busca de su alimento. Las goteras son implacables. Una sonata de Hensel cruza mis oídos y me estremece. Pienso en ti. Todo sería distinto sin ti. Todo es distinto contigo. El aquí y el ahora. Deshecho las teorías sobre el espacio y el tiempo cuando con solo pensarte se aniquilan estos conceptos.

Ahora es Caccini la que vuela por la íntima habitación, pero ni siquiera la buena música posee esa facultad de extrapolar la existencia, de hacer converger lo bueno y lo malo como solo lo consigue el contacto de tu piel. La inasible sensación de escapar del mundo. De sentir esa emoción casi marihuánica que transforma el lugar más reducido en paraíso esplendoroso. Tocar tus labios con mis dedos, delinearlos suave, dulcemente, tiernamente, fogosa, cálidamente. Sentir tu mirada cerrada en la receptividad de tu boca. Adhiriendo deseo. Clamoroso.

Tocar mi cuello, bajar como por un lago de cisnes y sortear las colinas de mis pechos para no mancharme de placer. No aún. Tocar mi estómago. Mi ombligo, el centro de mí. Adormitarme las ganas, para no desechar las expectativas. Para volverme más osada.

Y me tiendes como si recostaras mi cuerpo sobre la hierba, despreocupada, libre. Y miro las nubes que poseen las formas de tus manos atrevidas que viajan hasta el último confín de mi piel, hasta el hueco más chiquito. Las veo, con los ojos cerrados, como es la única forma de verlas.

Impúdica, desvergonzada me abalanzo, ya no soy el recipiente de caricias sino la dadora, la estigmatizadora de placer, la que se cansó de recibir las golosinas de un par de dedos y quiere darte el almuerzo de su boca.

Schumann suena. La palpo con tranquilidad. Sin la estridencia de Maconchy, sin la magia delicada de Boulanger, sin sus pausas y silencios, como mis manos, calmas, reducidas a la mínima expresión. Me agoto, me diluyo, me derramo. Mi cuerpo vibra al compás de mi respiración agitada, extasiada.

Vuelvo en mí para mirarte, ojos que irradian insaciedad, ternura desmedida llevada a los confines de su resistencia. Cadencia de mis caderas inaguantables que exclaman: ¡sed! ¡apetito!

Entonces, solo entonces (en este momento suena Strozzi) te introduces en mí, se fusionan nuestros secretos y el grito se abre y se comprime al nacer. No deben escuchar nuestros misterios. Dentro de mí todo es distinto, te sientes abrigado por la calidez de mi vientre devorador que abarca tus sueños y tus anhelos.

Dormitas es un vaivén de sudor y pecado que te purifica como agua bendita o como proclamas antiheréticas, como exorcizando a la apatía, al dolor, a la vida.

Y la cena es continua, imperecedera (el espacio-tiempo ya no existe), cuando te permites ser el creador y destructor de todo. Jacquet se suma, se yergue potente con su música poderosa, como mi cuerpo; sin más, mi criatura sublime camuflada por mis labios (no los de mi boca) emerge con la audacia de tu saliva y el deseo se condensa más y más, cada vez más, hasta estallar en un nirvana lúbrico y estentóreo que sacude mi cuerpo en epilepsia orgásmica.

Y vuelves a mí, Fausta, mujer infernal que te desquicia, te pierdes, arremetiendo en mis pezones de estrellas, mi sexo de algas y mi culo de flores.

Descubro al eterno enamorado de mis caricias, de mis vaivenes potentes, de mi chillido animal y de mi vientre voraz, saciable solo en el agotamiento. Entonces mi cuerpo, cualquier parte, bebe de la hostia de tu ser, cuando Boulanger se apresura, corre, diluye la música, la dilata, y yo solo la escucho mientras te veo, mientras te oigo, y aquella música es como si tu voz fuera.

Tu bestia ahora duerme la siesta del amor. Y esta vez es Martines quien le otorga unas cuantas lisonjas a mis tímpanos. Música larga, templada, con el ritmo preciso del descenso. Cuando ya no deseas más mis fluidos, el aroma virginal de mis líquidos, el olor de fruta madura que emanan mis nalgas de porcelana y felpa, el sabor semilácteo de mis senos jóvenes y jugosos, reposamos el instante del amor; porque es aquí donde estamos luego de la batalla ardorosa de la carne. Somos nuevamente nosotros. ¿El tiempo vuelve a correr? ¿El espacio vuelve a existir?

Volvemos a ser dos, semejantes en espíritu (en materia) con nuestros atributos propios que deseamos mostrarnos ávidos, como siempre. He aquí el mayor instante del amor, del abrazo tierno y vehemente, de las caricias ya no de placer sino de ternura.

Volvemos a ser tú y yo, ya no somos el gran cuerpo aunado por nuestros genitales, confusos en saber quién penetra a quién y quién es penetrado, quién sorbe y quién es sorbido, quién es, puesto que uno y otro fuimos uno solo. Ahora estamos aquí, siendo ambos. El postre es lo que toca. El sabernos diferentes pero unidos por algo mucho más fuerte que los líquidos que segregamos. Del amor, que es lo que verdaderamente queda luego de penetrarnos. No solamente tus espermatozoides y mis flujos. Queda el amor…

Y yo escucho una por una a Jacquet, a Martines, a Hensel, a Schumann, a Caccini, a Strozzi, a Boulanger, a Maconchy, y ninguna, créeme que ninguna, me muestra mejor música que la de tu cuerpo, que la de tu voz, que la de mis alaridos silenciosos, o del clamor húmedo que entonas desde mi vagina.

Queda el amor… Después del coito. Es amor, verdadero amor.

Y volvemos a ser dos, ya no uno. Para volver a desear saciarnos hasta el desperdicio y la locura, hasta la vehemencia más descarada y obscena, y luego de ello poder encontrar la paz que da el amor, la sensación de saberse al lado del cuerpo amado, ya sin desearlo dentro de uno, aunado consigo mismo, sino simple y llanamente estar ahí.

Y pasará el tiempo y luego, cansados de darnos ese amor silencioso e intocado, nos volveremos a rendir ante nuestra carne.

Entonces caemos en el círculo vicioso, en nuestro eterno retorno, en nuestro particular ouroboros de amor. Indecible, perfecto, sublime.

Volveremos a cruzar nuestros cuerpos, para luego de ello, sin estorbos de la carne, poder amarnos a plenitud.

Fervorosamente tuya.

 

 

Capítulo doce

Fui otra. La que abrieron y profanaron, la que golpearon y mancillaron, la que rajaron como a un florero de porcelana roto ya imposible de reparar. Mis lágrimas fueron las de todas las mujeres que abusaron los hombres con máscaras, esas que se colocan cuando entran a sus hogares o a sus trabajos pero que se quitan cuando muestran su ser original. Los monstruos que me violaron no portaban antifaces, los simulacros sobre su piel eran sus rostros verdaderos. Las máscaras se las ponían cuando socializaban en su entorno. En mi desvarío vi a un verdugo flagelar a una doncella condenada por adúltera, vi a otro partirla con una sierra desde su vagina, a una multitud lapidar a una dama, vi a una filósofa arrastrada por el populacho, vi a una de mis hermanas colocada en la silla sin fondo, a otra sometida a la caminata de la vergüenza, a otra marcada con un hierro incandescente, vi a miles de mujeres incineradas simultáneamente en miles de hogueras, vi a otras mortificadas en mazmorras modernas por haber buscado el aborto luego de la violación. En medio de esa charca de inmundicia en la que me bañaban en mi interior, me trasladé a otro tiempo.

 

 

Autor del poemario “Bestiario americano”, libro que condensa mitos urbanos y leyendas de todo el continente, y de la novela “Estructura de la plegaria” que aborda temas sensibles como la pederastia y el aborto (traducida al portugués, italiano, inglés, francés, alemán y ruso). Su libro de relatos “Identidades” ha sido publicado por la editorial española Alféizar, y su más reciente trabajo es el libro de cuentos “Engendros”, ganador en 2019 de un concurso del Ministerio de Cultura de Ecuador.

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