fbpx
Murmuración espasmódicaCatas y degustaciones

El ruido en los silencios

El ruido en los silencios

Jaime Zárate León (Bogotá, 1962)

Escritor, y estudiante de crítica literaria autodidácticamente y materialista filosófico como base de pensamiento. Escritos publicados en la revista literaria digital Monolito (2017) El hombre que desaparecía juguetes; en el fancin The Bogoyorker (2017) El tío Cachifo y en el fancin Pésima reputación (2019) Letras rojas.

En estos días de calles solitarias, un citadino (que tiene la responsabilidad de transportar a los trabajadores de una planta procesadora de alimentos) posee el tiempo suficiente para preguntarse por los sonidos del campo en medio del poco ruido circundante, y lo primero que se le atraviesa en la mente, es la imagen de un campesino doblado sobre su amada tierra, surcándola a manera de un acto carnal de amor, y por una extraña razón y dado los eventos que traen los días de una pandemia, los iguala a los trabajadores de la salud. —El azadón tiene el mismo valor que el estetoscopio— piensa el citadino.

Es entonces, que este hombre tras el volante, toma nota de: ¿a quienes se refiere como citadinos y a quiénes como campesinos? Citadinos son: los obreros, los oficinistas, los gerentes, los gobernantes, él mismo. Y campesinos, son en éste momento no solos el hombre con el azadón, el fuste o el machete, son al día de hoy también; la mujer del tapabocas y la bandeja con medicamentos o, jeringas en sus manos, el hombre del estetoscopio colgado al cuello o, la mujer que hace la limpieza trapero en mano en el hospital, por mencionar solo algunos.

Se pregunta, ¿qué tiene que ver el inusual escaso ruido de la ciudad y el siempre acogedor sonido del campo? Medita un momento y pues, llega a una conclusión, por demás demoledora: levantar muros, llenar formularios, dar órdenes o mal mandar, o ir y venir tras ese volante, que tiene entre las manos en una rutina sofocante, y todos aquellos que en medio del encierro al que lo somete la naturaleza, comparado todo esto; con la labor del que produce alimento, o cuida de nuestra salud; ellos, todos esos campesinos, sustituyen el fusil para convertirse en los abanderados de la sociedad que hasta hace poco, carecieran de valor. «No importa qué tan urbano sea tu cuerpo, siempre dependerá de la tierra», leyó en Facebook y como autor a Samai, (no conoce a esté Samai, cabe aclarar), frase y letras le resuenan en sus oídos mientras el semáforo cambia de rojo a verde.

Se cuestiona éste citadino a medida que avanza rumbo a su destino, de qué nos sirve tanto avance, tanto lujo, tanta información de la buena o de la mala; tanto entretenimiento, tanta soberbia al pasar al lado del que nos estorba, en una loca carrera sin sentido. No es el hombre y sus estúpidas guerras quien nos aquieta y nos somete a sus miedos, desesperanza e inutilidad. Es la naturaleza, con una pandemia, la que nos alerta una vez más; de lo frágiles que somos y, de la permanente estupidez de todo lo que hacemos. Y son precisamente ellos, esos campesinos, hoy, quienes nos alimentan, nos protegen, nos cuidan (por cierto, ni un instante han dejado de hacerlo) y nos brindan una esperanza válida, portando la bandera que no es la de la guerra, sinónimo de muerte, sino de la vida misma.

A medida que se acerca a las puertas de su ir cotidiano, recuerda una frase que escribió en una supuesta novela aun no terminada, y que incluso, no sabe si es propia o la leyó en alguna de tantas lecturas que hace, ahora que le dio por ser viejo. «Ayer, hoy y mañana, así fue, es y seguirá siendo este mundo. Y sin un mecánico que lo pueda arreglar». Y se hace otra pregunta. ¿Podrá el hombre superar su estupidez? y la respuesta recurrente, se la responde la susodicha frase. No hay mecánico que pueda arreglar la maquinaria que el hombre ha montado, en principio para hacerse la vida mejor, pero que a medida que avanza, esa maquinaria se ha descompuesto en su esencia fundamental; —hacerle la vida más sencilla— y hoy el encierro se lo demuestra. Esa maquinaria lo está devorando completamente y el peor escenario es, que él, el hombre así, está a gusto.

De qué nos sirve esta sociedad con todo y sus avances, si la realidad nos somete a un encierro preventivo, inédito para casi todos, pues la última pandemia a que hace referencia la historia, con una magnitud semejante data de 1918, es decir, apenas más de cien años. No conoce nuestro conductor, personalmente, a algún viejo que le dé cuenta de tal suceso y, tiene que buscar una reseña en la historia, para tratar de entender cómo opera en la psicología del ser humano; el encierro, y comprende después de una breve indagación, que no hemos cambiado mucho. El miedo, la desinformación y las malas decisiones de sus gobernantes, se repiten sin piedad. No hay mecánico que pueda arreglar este mundo, —se repite el hombre—. Los únicos que estuvieron en ese entonces y están hoy son esos campesinos.

Las rejas se abren y saludan al guarda con un gesto militar a través de la ventana de su puerta, mientras ingresa al patio. Sus pasajeros descienden parsimoniosos, aburridos y preocupados. Una jornada más les espera. Y el futuro queda tras esa reja. No saben que es el peor de los mundos, ¿qué encontrarán a su regreso a sus hogares? es la pregunta que el hombre al volante ve en sus rostros.

El citadino, en resumidas cuentas, —piensa él—, como la sociedad, y la humanidad entera, tiene el reto de enfrentar una realidad distinta a la que tenía antes de la pandemia del 2020. Los infectados suman millones, los muertos cientos de miles y no para la cuenta. Y los gobiernos como gallinas locas, navegan en su incompetencia, tratando de salvar el pellejo. La gran potencia por ejemplo, ha demostrado que no lo es tanto, pues se ha comportado como una más, de esas mal llamadas naciones del tercer mundo.

Mientras salen del turno que han trabajado en la noche, para regresarlos a sus casas; este citadino que soy yo, regresa los pasos en su mente, y de nuevo aparece el campesino, ayer olvidado y menospreciado, hoy recobrando importancia, ¿y mañana qué? Se dice tal cual lo ha visto en éste recorrido y llega a una conclusión, que en resumidas cuentas el hombre no ha sabido enfrentar estos retos, solo ha salido de ellos, más mal, que bien librados, pues a las claras, no ha aprendido nada en lo social. En lo científico, el avance es muy grande, pero los complejos; religiosos, de raza, o el dominio que ejerce el dinero en su afán consumista,  no lo dejan encontrar un camino sostenible para su presente, su futuro o su herencia sobre esta, su casa llamada tierra.

El campesino como la tierra misma, deberán ser cuidados, valorados —no es retórica ambientalista—,  o de lo contrario en la próxima pandemia, y como están las cosas, no habrá quién nos proteja, nos cuide, nos alimente y nos de esperanza en el encierro. Que sean como hoy, nuestro soporte vital, (se le atraviesa una idea amarga a este citadino: la calidad de las universidades, y a quienes están educando hoy,  siente un estremecimiento fatal, al verse cuidado o alimentado por youtubers e influencers, —que susto (…)— y es en éste momento, cuando sabe a ciencia cierta el valor de ese campesino).

Los fusiles quedan aquí tan obsoletos como los terraplanistas. No desconoce, y ya lo ha pensado; el ser humano es estúpido y le gusta armar guerras para jugar a los soldaditos, so pretexto de cualquier ilusa idea, eso es lo de menos. Pero ante la potencia de la naturaleza, solo somos dientes de león llevados al capricho de sus fuerzas.

Somos muchos, afortunadamente para los engranajes de la maquinaria moderna, para sostener esa maquinaria que humea como fósil ferroso, una máquina que cada día demanda más y más consumidores. Insaciable como es, solo parará como consecuencia de un efecto físico, ya que sobrealimentada se quedará atascada en su propio aceite. Somos muchos y tendremos que ser menos, para que esa máquina no nos devore, y con nosotros, a la única casa que tenemos. Tal vez así, podremos cumplir con ese sueño de Carl Sagan, el de viajar a las estrellas.

Se aproxima el regreso. Los operarios, taciturnos, de la misma manera como llegan a la planta, salen a buscar descanso en las sillas del vehículo. En los rostros se refleja el cansancio, no solo físico, sino el mental. Este citadino, está seguro que de sus familias (hijos, madres, maridos, don o doñas segundas; nadie se queda fuera) no se han desprendido ni un segundo durante esas largas horas de sus jornadas de trabajo. Y antes de emprender el regreso, este citadino se pregunta  ¿Valen tanto las pendejadas materiales que teníamos antes de la COVID-19?

Jaime Zárate León

Escritor

Escritor, y estudiante de crítica literaria autodidácticamente y materialista filosófico como base de pensamiento. Escritos publicados en la revista literaria digital Monolito (2017) El hombre que desaparecía juguetes; en el fancin The Bogoyorker (2017) El tío Cachifo y en el fancin Pésima reputación (2019) Letras rojas.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: