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Murmuración espasmódicaVoz y verbo

La sinfonía de la supervivencia

La sinfonía de la supervivencia

Lizeth Barón Ruiz (Tunja, Colombia, 1991)

Estudiante de Licenciatura en Idiomas Modernos de la UPTC, apasionada por el arte desde temprana edad. Escribe e ilustra ocasionalmente, de forma incipiente.

 

Un vaho espinoso impregna el sábado; las voces gastadas de los vendedores ambulantes palpitan en el viento. El humo ruidoso penetra en los ojos, raspa la garganta; la impotencia se asfixia en la disonancia de los olores citadinos. Esto ocurre al unísono de los pasos grises y extraviados que circulan por las calles.

El aliento de la noche abraza a la ciudad. La artesana suspira sumida en sus preocupaciones, solo había vendido un par de aretes a 15.000 pesos.

—¡Por fin bajé bandera! Al menos conseguí lo de la comida de esta noche y lo de los buses del lunes—. Pensó al recoger sus cosas del andén.

Durante las dos horas de camino, entretiene su angustia observando tras la ventana del bus; se fija en la mirada pálida de los indigentes, en la sonrisa traslúcida de las prostitutas, en la indiferencia con la que el mundo percibe el sufrimiento ajeno y trata de engañar al propio.

Un tufo escarlata amenaza en silencio el anhelo de la subsistencia.

Es un lunes como cualquier otro; ella va de pie en el bus, cuidando su mercancía. Después de una hora de recorrido, el bus desvía su ruta. Los pasajeros se alteran, el conductor les explica que las vías hacia el centro están bloqueadas. Todos se bajan en la estación M.

En la estación muchos reniegan, otros pelean con la policía, y algunos aprovechan para robar. El susurro áspero del pánico se convierte en un alarido brillante que se posa en el lugar.

—¡Auxilio!— grita la artesana en la entrada. La multitud corre a mirar qué pasa; ella junto a otros transeúntes tratan de ayudar a aquellos que convulsionan en el suelo. Una persona llama a la ambulancia. La mujer sale de allí, saca de la maleta uno de sus tableros, recorre las calles tratando de vender algo.

Al caminar percibe los reflejos de un olor carmesí que se mece en el ambiente.

De imprevisto cientos se desploman, convulsionan, tiemblan hasta el punto de perder la conciencia; otros gritan, corren asustados; los «curiosos» sacian su morbo observándolo todo sin perder detalle; los más descarados toman fotos y videos en contraste con los apáticos que pasan de largo. Nadie trata de ayudar a los moribundos que se retuercen en el suelo.

La mujer camina hacia su casa intentando acallar el malestar de la culpa.

—¿Hubiera podido hacer algo? ¿Por qué no hice nada? ¿Soy una mala persona por buscar mi bienestar en lugar de haberlos ayudado? ¿Será que la solidaridad y el altruismo pueden existir en medio del miedo y de la lucha por sobrevivir? ¿Hasta qué punto nuestra naturaleza justifica los defectos humanos?—. Se pregunta.

Llegando a su casa, se encuentra con su vecina. Van a la tienda.

El señor de la tienda y su nieto saludan a las mujeres, ellos conversan acerca de lo sucedido en la mañana mientras el anciano les fía lo del almuerzo.

La vecina encubre su desesperanza e insatisfacción con trivialidades (en el fondo no sabe cómo sobrevivirá en esta crisis vendiendo dulces en la calle); la artesana medita en la diferencia entre el egoísmo y la supervivencia. El anciano encubre su temor ante el futuro tras una sonrisa y buenas intenciones.

Todos ahogan el eco turbio de su ser bajo el colorido rechinante del optimismo empalagoso y el estoicismo rebuscado.

Las señoras agradecen al vecino y se despiden. La artesana invita a almorzar a su amiga. En la tarde la mujer hace pulseras para la venta con el poco material que le queda. Luego descansa un rato, apaga su grabadora, enciende el televisor y escucha el anuncio presidencial.

«Se declara la cuarentena a nivel nacional debido a la pandemia generada por la mutación del enterovirus a71. Este se contagia por aire y tacto; los especialistas recomiendan utilizar tapabocas, geles antibacteriales, desinfectar las superficies con alcohol y el aislamiento social para prevenir la enfermedad».

El caos latente se funde con el aroma opaco del estupor. Ella llama a su amiga.

—Esos de la droguería son unos aprovechados, todo está por las nubes. No tenemos para comer esta noche, mucho menos para eso— comenta la vecina.

—Ay amiguita en la adversidad se revela lo que la doble moral niega además en la cultura de la malicia indígena y el oportunismo qué más podemos esperar— dice la artesana.

Terminan de hablar y las mujeres buscan entre sus cosas algo que sea útil. La vecina encuentra retazos; cose tapabocas para ella, su amiga, el señor de la tienda y su nieto. La artesana tiene alcohol.

Van a la tienda, al señor le entregan dos tapabocas y un poco de alcohol. Por último se reparten entre ellas lo que queda. Desde ese momento los vecinos no vuelven a verse.

La virulencia ardiente de la pandemia despierta el esplendor pútrido de la atrocidad humana, aquella que moldea a la sociedad y se disfraza bajo muchos nombres.

Los corruptos despilfarran los recursos públicos para «sobrevivir» con opulencia, perjudicando a los centros de salud y a la población vulnerable. El alza de los impuestos, la ineptitud gubernamental, el desempleo y la pobreza reavivan las voces sangrantes del desespero.

Una multitud de figuras voraces invaden la ciudad.

El señor de la tienda y su nieto se esconden al escuchar cómo el resplandor salvaje de la violencia saquea su casa. El hedor ocre del pánico paraliza el cuerpo del anciano. La penumbra amarga de la pérdida desdibuja la ilusión. El niño llora.

El frenesí violáceo y ensordecedor de la barbarie extingue la vida de la vecina. Se llevan lo poco que había conseguido con tanto esfuerzo, incluyendo su tapabocas.

Un estruendo deforme sacude la puerta de la casa donde vive la artesana. Los destellos de la humanidad se quiebran mientras el perfume árido de la miseria cubre a los más inocentes…

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Lizeth Barón Ruiz

Estudiante de Licenciatura en Idiomas Modernos de la UPTC, apasionada por el arte desde temprana edad. Escribe e ilustra ocasionalmente, de forma incipiente. Ha publicado algunos de sus trabajos en La Masa literaria de México, Nefelismos de Venezuela y en la primera edición de 2019 de El Mono Verde, “El derecho de vivir en paz” de la asociación teatral Manticore en Gran Canaria, España.

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