Desesperación vitalVoz y verbo

El soldado

El soldado

Por:
Eugenio Barragán Fuentes (España, 1975)

Por suerte, el suplicio durará poco tiempo, la cuerda de la caja de música aminora el impulso de los resortes y las últimas notas del vals se enlentecen.

E El resorte de la garita se activa con un chasquido. El soldado entreabre la puerta con un pequeño empujón, una capa de mugre se acumula sobre las baldosas. Las bisagras chirrían por el óxido. El morrión se inclina con la última sacudida. Sale. Sube el escalón marcialmente y espera firme sobre el pedestal, sin apenas fuerzas. Experimenta multitud de sensaciones tras el largo encierro. Desentumece las articulaciones poco a poco con movimientos rotatorios, un momentáneo vértigo amenaza su estabilidad. Levanta un brazo, recupera el equilibrio. Siente dolor sobre un costado y se lo palpa. Ha descansado en mala posición, no recuerda por cuánto tiempo, pero siente los músculos entumecidos.

Baja la estrecha escalinata de suaves escalones, con la mirada al frente. Alza el brazo izquierdo marcialmente, con cada paso. El sonido de la marcha retumba en el interior de sus tímpanos, con la sensación, esa extraña sensación de sentirse hueco. Siempre divaga, las ideas bullen en el interior de su cabeza. Algunas veces, piensa que traspasan su piel y se evaporan en el aire sin poder evitarlo. No puede precisar: si es porque pisa sobre suelo de ébano o la suela de las botas es un conglomerado de roble. Siempre retorna la eterna duda, justo en el momento antes de actuar. Es todo uno, perderse en el detalle insignificante de las múltiples cosas que le rodean, sin encontrar ninguna solución aparente.

No se siente cómodo con el vestuario. Un perfeccionista nunca lo es e, irremediablemente, se atusa los rígidos y largos bigotes postizos, que se le introducen por las fosas nasales. A pesar del esmero con que trata el uniforme, hace tiempo que nadie cuida su atrezo y las hebras se deshilachan. Recuerda que, en alguna parte, tiene el uniforme de repuesto. El cosquilleo en la nariz es irritante, tanto que no puede evitar rascarse con el cañón de la carabina. Un movimiento de brazos, dos, tres, y el picor desaparece. No sabe hasta cuándo volverá a aparecer.

La brisa de la tarde se cuela por la claraboya, refresca el enrarecido ambiente de la sala, arrastra unos papeles sobre la pelusa de la alfombra. El resplandor de la luz sobre los objetos muestra una apariencia fantasmagórica. La hiedra trepa por los cristales. La sombra de las hojas se proyecta al azar sobre las paredes, al ritmo caprichoso del viento, como si fueran sombras chinescas.

Pestañea, no una, sino varias veces. La melodiosa voz que escucha, como si fuera un rumor, acaba de recitar un cuento. Uno, de las decenas que se sabe de memoria. La pausa es molesta por la incertidumbre, no sabe si seguirá la declamación de otra historia. Suena un clic, los engranajes se activan, el rumor de detrás del telón indica que es su turno. Las puertas se abren de par en par. Las bisagras chirrían por el óxido. Las cortinas se descorren.
La ansiedad vuelve a instalarse en su cabeza y, como si fuera una ceremonia, se alisa el abrigo de color rojo. Ajusta la funda de la espada a la pierna con la brida. No desea que le moleste con algún impetuoso giro. El morrión de plástico es una mala imitación de la de piel de oso. Tironea del barboquejo hasta que topa con las orejas. Mesa la pluma de adorno y coloca la borla para que pueda contornearse con los movimientos. Saca los guantes del bolsillo y se los coloca con parsimonia. Ni siquiera se mira las botas, han perdido el lustre y toda la elasticidad tras años de actuaciones. Ya ni recuerda el número que gasta.

El mecanismo se activa, la cortina se descorre, la luz del foco colgado del telar se cuela tenuemente y la piel de las botas brillan por un momento. El soldado camina por el sendero silueteado por unas piedras blancas e irrumpe en el escenario circular con un extraño ruido de carraca de fondo.

Nadie aplaude. Sólo percibe una respiración pesada y el golpe de la pipa sobre la superficie de la mesa.

Su enigmática pareja espera tumbada sobre la cama, ataviada con suaves prendas blancas y zapatillas doradas. Los rizos de su cabeza se deslizan graciosamente sobre su frente.

El soldado se acerca, besa sus labios con elegancia. La bailarina abre los párpados, se reincorpora sobre el lecho de hojas secas y caminan hacia el centro de la pista. El soldado sujeta la bailarina por la cintura con el brazo derecho y ambos levantan el izquierdo. En ese instante, comienzan a bailar el vals “La bella durmiente”, siempre con la misma melodía, y los mismos movimientos giratorios y acompasados.

El soldado no puede disfrutar del momento, súbitamente, el apestoso humo de la pipa impregna su ropa de terciopelo. El único espectador se deleita con la danza, sentado en un sillón de ojeras. Algunas veces, tararea la melodía con voz grave; otras, sólo presta atención a los portarretratos colocados sobre una mesa, abandonados al polvo, las telarañas, la soledad, y algún eco de risas y alegrías. El soldado no distingue las más pequeñas. El resto son de bodas de diferente tamaño, una en blanco y negro, y el resto en color.

El hombre retrepa en el sillón, con dificultad. La novela, olvidada sobre su regazo, cae al suelo. No susurra el estribillo, ni siquiera dirige a la imaginaria orquesta con el movimiento del dedo índice. Coloca la mano sobre la cara, como si se ausentase de la distracción. Gira la cabeza y enciende la lámpara de la mesita, de brazos torcidos como escaleras de caracol. Los filamentos de la única bombilla alumbran débilmente el rincón, que la penumbra del atardecer devora lentamente.

El soldado mira de reojo al hombre y se pregunta: ¿Por qué habrá crecido? Cuando era joven animaba el frenético baile con gritos y movimientos de sus manos acompasados. Tras cada actuación, desmontaba la caja de música con un fino destornillador. Limpiaba con agua y jabón cada una de las figuras y, ahora, sólo se aflige con la mirada perdida en los recuerdos de la casa. Antes, el público era más numeroso.

La pareja se desliza sobre la pista con movimientos sencillos, va y viene, gira y rueda a sesenta compases por minuto, con una cadencia perfeccionada en cientos de bailes anteriores. Sin poder evitarlo, un remolino de preguntas surge del pensamiento del soldado: ¿Dónde estarán los niños que los animaba a que ejecutarán continuamente la pieza de baile? ¿Dónde se habrá metido la mujer que les pintaba con aquel pincel tan fino y que conseguía hacerles cosquillas sobre su piel de cerámica?

El hombre sigue el baile por la pista circular, cada vez más viejo para todo, incapaz de esbozar una sonrisa con los músculos faciales anquilosados. Pasa las manos sobre la calva y se levanta. Ha refrescado, siente frío. Trastabilla con el pliegue de la alfombra y se apoya sobre las estanterías de la biblioteca para no perder el equilibrio. Carraspea con fuerza, se saca la pipa de la boca, exhala el humo y vuelve a toser. El tupido bigote del soldado atrapa el penetrante olor, como también el morrión, la pálida tez de la princesa, ¡todo!, aunque el hombre abra la ventana y la débil corriente de aire se cuele en el cuarto. ¿Por qué el hombre seguirá fumando? Por suerte, el suplicio durará poco tiempo, la cuerda de la caja de música aminora el impulso de los resortes y las últimas notas del vals se enlentecen.

El hombre apaga la luz, vuelve a toser, casi parece atragantarse. Desaparece por la penumbra del pasillo, en dirección a la cocina para cenar algo y acostarse pronto. Es su ritual, desde hace tiempo.

La bailarina se separa, contempla por un momento a su pareja, con un rubor en la mejilla. Tan cerca y, a la vez, tan lejos, en ese espacio. El soldado se reclina y musita una especie de gemido, como si fuera una despedida. La bailarina regresa a la mullida cama. Baja la cabeza, apoya la barbilla sobre la palma de su mano y finge que le atrapa un pesado sueño. los débiles rayos de luz del atardecer deslumbran al soldado y entrecierra los párpados. La bailarina se acuesta sobre el colchón, coloca los brazos sobre su pecho, envuelta en el lecho de hojas marchitas y mira hacia el escenario.

El soldado se embelesa con el gentil movimiento, hinca la rodilla en el suelo y admira sin disimulo, con sus grandes pupilas desteñidas, toda la belleza de la bailarina. La cortina avanza lentamente, a trompicones, un polvo fino inunda el ambiente.

El soldado atraviesa las bambalinas, sube los escalones lentamente y se guarece en la garita hasta que el mecanismo de la máquina se paraliza del todo. La puerta se cierra lentamente y vuelve a encallarse, ni siquiera la fuerza, sin ánimos para nada. El cansancio le invade y sólo desea dormir, y soñar con que despierta a su bella durmiente, para desaparecer por la claraboya y buscar un refugio seguro en ninguna parte.

El autor

Eugenio Barragán

Eugenio Barragán Fuentes

Psicólogo y escritor

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