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Voz y verboSilencio de la realidad inasible

El tiempo de Ícaro

El tiempo de Ícaro

Luisa Fernanda Luque Collazos*

 

       En el mundo se producen ciento cincuenta millones de latas de Coca Cola por hora, ciento sesenta y ocho mil personas pisarán un aeropuerto hoy. Una persona común andará una media de cinco mil pasos diarios, diez mil transacciones con tarjeta de crédito ocurren en este preciso segundo en el mundo; por último, cincuenta y seis mil personas morirán en promedio cada año. El mundo va frenético e imparable. ¿Tú por qué serías diferente?

      ‒ ¡Vieja! me han dado el trabajo, comienzo mañana mismo‒ gritó Miguel estrellando el auricular contra la base del teléfono, ‒ Que alegría mijo, al fin se nos hizo el milagro ‒ exclamó su madre mientras se limpiaba las manos en el delantal, impregnándolo con olor a changua. ‒Sí, ya con esto podre acabar de pagarme la universidad.

       ‒ Me alegro. Ya es hora que deje ese trabajo de mensajero. Se me hace trizas el corazón cada vez que se va en esa moto ‒ susurró la madre de Miguel mientras lo envolvía delicadamente entre sus brazos fofos y cálidos. ‒ Te preocupas de más ‒ responde él, ‒ eso es lo que hacen las madres.

      Las noches siempre son abrumadoras, el silencio y la oscuridad abismal permiten que el alma hable y el cerebro se nuble con imágenes ansiosas. El reloj marca las diez de la noche y a pesar de que Miguel Martínez se obliga a dormir, la excitación lo impide; su mente hace castillos en las nubes con el salario que va a ganar, ya se ve como todo un graduado al frente de su propia empresa, “en las autopartes está el dinero” se dice a sí mismo.

       “Una casa para mi vieja y otra para mi mujer” enumera Miguel, a la vez que deja escapar una tímida risita sobre la almohada. Aun no tiene novia pero pronto la tendrá, y así es como comienza una nueva lista de atributos femeninos, con los que pierde la noción del tiempo; hasta las dos de la mañana que llega Morfeo con su sueño más pesado.

        Falta un cuarto para las siete y con apenas cinco horas de sueño, Miguel siente la voz de su madre llamarle con insoportable gorgoteo, como el de un grifo a medio cerrar ‒Mijo, despiértese ya se le va a hacer tarde‒ repite ella. ‒Cinco minutos más‒ reprocha él. Pero su madre tampoco tiene tiempo así que de un tirón le arranca las sabanas, ‒oigan a este holgazán, despiértese ya que van a ser las ocho‒ dejado que el chiflón acaricie a Miguel. ‒Jueputa, se me hizo tarde‒ grita Miguel dando un salto de la cama. Apenas si se enjuaga los dientes y se atraganta con una taza de café. ‒ Cucha me voy, deséeme suerte.

        ‒Más bien apúrese, que se le hizo tarde.

       Sin perder un minuto más, Miguel sale de la casa, tan rápido que parece que condujera el diablo; su madre lo mira partir desde la puerta y cubre su mejilla con la mano extrañando el beso de la mañana.

        Entre buses y carros, Miguel hace miles de maniobras para no llegar tarde a su primer día como mensajero en una pequeña empresa de carga y paquetería, pero pesé a casi matarse en el intento, su viaje dura diez minutos más de lo anhelado.

        ‒Señor Martínez, ya vio que hora es. Son las nueve y diez, como le dije en la entrevista, aquí necesitamos gente comprometida‒ exclama el señor Riaño apuñalado a Miguel con la mirada, ‒Si señor Riaño, no volverá a ocurrir‒ contesta Miguel encogiéndose de hombros, ‒eso espero, no me haga escribirle su primer memorando.

       ‒No señor, no será necesario.

       El señor Riaño siempre ha sido un hombre estricto, sí de él hubiese dependido no habría nacido a las siete y cinco de la mañana, sino a las siete en punto, aun así hubiese preferido nacer a las seis.

      Mientras Miguel recibe los sobres y paquetes a entregar, se da cuenta que no tiene su planilla de ruta, lo que lo hace dirigirse a la oficina de Milena Suárez, la encargada de ese menester.

        ‒Señorita Milena, ¿usted cree que hicimos bien al contratar a ese tal Martínez?, al parecer no es de confiar‒ refunfuña el señor Riaño dejando caer sus pesados dedos en el teclado, ‒pues señor, si no rinde toca buscar otro.

       Desde una silla de espera, contigua a la oficina del Señor Riaño, Miguel escucha como esos dos se referían al desgraciado que habían contratado; con cada palabra que salía de la boca de ese par, los castillos de Miguel se iban desmoronando en el cielo.

      ‒Disculpen los interrumpo, no me han dado mi planilla de ruta, me dijeron que la señorita Milena la tenía‒ susurra Miguel desde la puerta, ‒ ¡Ah, sí!, tenga chino y vuele, que el tiempo es dinero.

       ‒Martínez, recuerde que está a prueba‒ gruñe el señor Riaño en tono amenazante, ‒sí señor, ahora me voy señor. ‒ dice Miguel, dejando la oficina cual fuego artificial.

       Son las diez de la mañana, al otro lado de la ciudad, una mujer corre histérica por su apartamento, su nombre es Carolina Delgado, una agente de cuentas de una prestigiosa compañía de publicidad, que se le ha hecho tarde, todo por dejar para lo último la presentación que tiene con un cliente.

       ‒Que mierda, maldito creativo, mandarme los ajustes faltando diez minutos para las diez, si yo se lo envié a las nueve y media, cuanta mediocridad. Para mayor colmo no tengo nada que ponerme, jueputa vida. Realmente es el estrés el que habla, Carolina tiene más de veinte pares de zapatos y ocho trajes de sastre. La ropa vuela de un lado para otro, camisas, brasieres y pantalones, salen despedidos del armario; una vez que ha decidido que ponerse, solo le quedan treinta minutos para llegar donde su cliente estrella.

     Carolina pide un taxi por teléfono, ya que no confía en tomar uno en la calle, le han contado tantas historias trágicas, que ya la pobre sufre de una leve esquizofrenia hacia los taxis que circulan libres en la calle. Su solicitud telefónica tarda pocos minutos. Pronto el citófono suena y ella baja a toda prisa desde su apartamento en el noveno piso. ‒La clave es 74‒ dice Carolina sin siquiera saludar al taxista, ‒ ¿A dónde vamos, señorita?‒ responde amablemente el taxista pasando por alto la descortesía, ‒A la treinta con décima, pero vuele que ya se me hizo tarde.

       Son las diez y diez, y Carolina debe estar a las diez y media donde su cliente, el taxista con maña, se va abriendo paso por las congestionadas calles de la metrópolis, a la que no le sobran calles cerradas y choques de automóviles.

     ‒Pero señor, acelérele me quedan veinte minutos para llegar‒ reprende Carolina mientras se limpia las manchas de labial rojo que opacan sus dientes, ‒señorita, yo trato pero fíjese usted en el tráfico‒ contesta el taxista señalando el trancón. ‒Excusas, ustedes siempre con excusas a su mal servicio‒. El taxista que conoce bien el estigma de su gremio, se aguanta las ganas de devolverle las palabras y le sube sutilmente el volumen a la radio, con la esperanza de no escuchar más las quejas de la pasajera iracunda.

        “Primer acto: una banana no acepta plata. Segundo acto: una banana no acepta plata. Tercer acto: una banana no acepta plata. ¿Cómo se llama la obra? PLATA-no”, suena en la radio un mal chiste, seguido de risas forzadas. Al taxista le causa gracia el chiste y deja salir una pequeña risilla, que exaspera a Carolina, quien mira el reloj cada cinco segundos.

      ‒Que mierda de tráfico, eso pasa cuando hay muchos carros‒ apunta Carolina, mientras el taxi avanza lentamente por la calle. Al final logran salir de la congestión vehicular, que ha generado el choque entre un taxi y un particular, el golpe no ha sido grave, apenas si se ven las ralladuras en el bumper del particular, pero tanto taxista como conductor, se han puesto a discutir airadamente, sin importarles la congestión que han creado. ‒Pobrecito mire como le volvieron el carro, y tenía que ser un taxista, obvio pondrá cara de perro y se saldrá con la suya. Típico.

      El taxista sigue tratando de hacer caso omiso, todos andan tan acelerados, que medio metro de espacio se convierte en una pista de arrancones. Solo quedan nueve minutos para que Carolina no llegue atrasada a su cita.

       Entre tanto, Miguel lleva las dos primeras entregas de su ruta, el tráfico no ha sido misericordioso con él y va muy atrasado para su tercera entrega, serpenteando se abre paso entre los vehículos, pero hay puntos en los que no hay espacio de avanzar. En la mente de Miguel las palabras de su jefe le pesan, siente que sus sueños se difuminan en el aire, pero trata de mantenerse optimista y aprovecha cada pequeño hueco para adelantar. ‒Animo Miguel, nada está perdido‒ se dice a sí mismo, ‒mi caballo de metal jamás me ha defraudado, si corto por la treinta, estaré ahí en par patadas.

       Sin prestar mucha atención gira violentamente en una intersección, que de no ser por la habilidad del conductor que iba en ese carril, podría haber quedado ahí mismo en el pavimento.

        El celular de Miguel no deja de sonar, es el señor Riaño que marca insistentemente, como suele hacerlo cuando coge a alguien entre ojos, Miguel mira el identificador de llamadas cada vez que suena, pero el usuario no cambia, no piensa contestarle, sabe que si lo hace solo recibirá quejas y eso es lo que menos necesita ahora, entre ese tráfico del demonio.

      Miguel no piensa ni en su madre ni en su jefe mientras conduce, el solo mira su reloj de vez en cuando para ajustarse al tiempo de entrega, solo le quedan escasos minutos para entregar el tercer paquete que ha sido marcado como urgente, en su planilla de ruta.

        ‒Señor, acelérele un poco. Solo me quedan siete minutos para llegar‒Carolina se pone más histérica al ver que en su identificador de llamadas aparece el nombre de su cliente. ‒Mierda, mínimo llego más temprano. Después de dos llamadas perdidas de parte de su cliente, un número nuevo aparece en el identificador, es el número de su jefe, Carolina entra en pánico y guarda su celular en el bolso. ‒Me van a despedir, me van a despedir‒, dice mientras observa el semáforo. De repente, suelta un alarido que asusta al taxista ‒acelérele que está en verde.

      El taxista asustado mete el pie en el acelerador, con tan mala fortuna que se lleva a un motociclista en la acelerada, perdiendo el control del taxi va a parar contra un poste. Se escuchan llantas chillar estrepitosamente por el derrape de un vehículo, que gira sin control golpeando violentamente el lado izquierdo del taxi, mientras Miguel, sale despedido hacia un lado del camino.

       Todo demora menos de una fracción de segundo, pero para Miguel y Carolina el tiempo se ha detenido. El mensajero siente que vuela por el aire con un extraña sensación de frescura, aún no sabe qué pasa, su cuerpo se siente liviano, casi libre. Su mente se niega a aceptar el choque y solo ve la vía frente a él, ‒lo conseguiré‒ se dice, mientras ve sus manos extenderse para entregar el dichoso paquete, una hermosa mujer lo recibe y le lanza una sonrisa coqueta. Esa podría ser su mujer. Aun con sus ojos cerrados, Miguel ve a su jefe dándole palmaditas en la espalda, felicitándolo por un trabajo bien hecho y, a su lado esta su madre con una deliciosa cena caliente, ‒huele a carne encebollada, la famosa carne de la vieja‒ dice mientras su cuerpo gira en el aire.

       El iris de Carolina se llena de luces centellantes por los vidrios que vuelan, pero no solo el cristal parece flotar en el aire, las palomas que siempre detestó, se veían más gloriosas en esa cámara lenta, que se manchaba con tintes rojos, y después la nada.

 

 

 

Luisa Fernanda Luque Collazos.
Colombiana. Palmira, Valle del Cauca​

Luisa Luque estudió Mercadeo y Publicidad pero actualmente se desempeña como escritora e ilustradora independiente. Su trabajo literario está influenciado por los thrillers de la década de los noventa, sus historias reflexionan siempre sobre la moral desde el sarcasmo y tono de la novela negra. Parte de sus trabajos gráficos puede ser visto en Instagram: @loislure

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